¿TENER O SER?

Por: Jorge Yarce

Lo anterior se explica por el papel que juega en la vida el tener (tener cosas, tener dinero, tener inteligencia, tener amigos...), pero de ninguna manera “yo soy lo que tengo”, como yo no soy lo que hago, así me la pase haciendo algo todo el día.

 

El ser humano necesita interiorizar lo que hace, en una palabra obrar, es decir, señalar una conducta a sus acciones, que lo conducen no sólo hacia un resultado externo, hacia las cosas que produce o al servicio que presta, sino hacia sí mismo, que retornan a él como un valor agregado, como un incremento que, tomado integralmente, podemos llamarlo crecimiento personal.

 

Son más graves los problemas que engendra la falta de un querer, el no saber exactamente lo que queremos en la vida que los que genera el no tener cosas materiales o dinero. Aquellos problemas necesitan un remedio mucho más complejo que estos otros.

Los problemas del querer son, en el fondo, no saber dónde está o debería estar nuestro corazón. De ahí la relación de esa situación mezcla con los estados afectivos, con los sentimientos, con las pasiones, con las motivaciones, hasta con las simples ganas de vivir.

 

“Un corazón desorientado es una fábrica de fantasmas” (San Agustín). Es decir, una persona que no sabe lo que quiere o que no quiere lo que debe buscar y saber, por mucho que se mueva o que haga, no logrará tener centrada su personalidad.

Si mi principal preocupación es ser lo que quiero ser, el tener se desplaza a un segundo lugar, como también se desplaza el estar: estar bien, estar tranquilo, estar bien alimentado, estar cómodo, estar satisfecho...

En la cultura del tener predominan el capital como patrimonio, el dinero, la rentabilidad, y el crecimiento como aumento de riqueza y de poder, lo  mismo que el afán de poseer y de dominar.

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El simple verbo estar, en español, es un verbo mucho más pobre que el verbo ser. Este tiene una carga profunda que incita a escarbar en lo humano, a acometer la tarea más de difícil, la de autocomprendernos y trabajar en la construcción de nuestra personalidad.

La cultura y los valores personales y la cultura y los valores de las organizaciones, pugnan constantemente entre el tener y el ser. La cultura del tener es materialista y consumista, partidaria del éxito como fruto de resultado económico positivo. La cultura del ser es más bien intimista y espiritual: busca la satisfacción de la persona en términos de sentirse más o menos feliz, aunque no se disponga de muchos bienes económicos, que siempre se necesitan en una cantidad básica para sobrevivir dignamente.

 

Incluso la sobreabundancia de estos tiende a ahogar la agilidad interior de la persona, recorta su libertad por tener que estar constantemente eligiendo entre muchas posibilidades.

El problema principal de la existencia humana no radica tanto en cómo hacer las cosas sino en para qué las hago. Frankl nos recuerda la conocida frase de Nieztche: “Quien tiene un porqué para vivir, encontrará siempre el cómo”.

 

Lo difícil, dicho de otro modo, no es saber de qué se vive sino para qué se vive. En la cultura del tener predominan el capital como patrimonio, el dinero, la rentabilidad, y el crecimiento como aumento de riqueza y de poder, lo  mismo que el afán de poseer y de dominar. Desarrollarse se confunde con ser capaz de poner los medios científicos y técnicos al servicio de la máxima producción económica posible. La institución o la empresa es, en este enfoque, una máquina para buscar resultados, llámense títulos, diplomas, certificados, saber hacer dinero o ser buen negociante, donde no caben las consideraciones altruistas o de orden espiritual. Todo se subordina claramente a los beneficios y la satisfacción individual de tintes egoístas, casi siempre de orden material o sensual.

 

En la cultura del ser, el principal capital son las personas. Ellas son el centro y el eje alrededor del cual se construye la cultura. En ellas el trabajo produce ciertamente beneficios económicos pero éstos se subordinan al crecimiento personal y a la proyección social de la empresa. Y en el caso del estudio, éste se convierte en un instrumento para saber hacer, que mejora a la persona como persona y la vuelve capaz de construir mundo y de contribuir a su comunidad.

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