TENER CORAZÓN

Por: Jorge Yarce

Entiendo aquí el corazón como centro de la afectividad de la persona y símbolo elocuente del mundo emocional y del ser espiritual. El dicho clásico dice que “no se da lo que no se tiene”. Tener corazón significa ante todo capacidad de dar. Si el amor es el fin principal de la persona, la brújula de la persona es su corazón porque señala la orientación definitiva de su ser. Tener corazón no es dejarse llevar sensibleramente por cualquier emoción. Es dar sabiendo a quien se da, primeramente, a quienes son parte de nuestra vida: padres, esposa, hijos, amigos, personas relacionadas con nuestro trabajo.

 

Darse es comunicarse entregando lo mejor de sí y apartando lo menos adecuado para los demás. Es una entrega con sentido de totalidad, sin reservas egoístas. Como afirma la vieja tonada: “corazones partidos, yo no los quiero. Si doy mi corazón, lo doy entero”. Dar, en ciertos vínculos, esperando reciprocidad, como en el amor a otra persona. Pero un dar que no exige necesariamente esa reciprocidad, cuando me doy en una tarea, en un trabajo libremente o porque me comprometí con ello. Lo ideal es que los demás perciban que yo quiero ser, en primer lugar, desde mi corazón, que impulsa la inteligencia y  las otras potencias de mi ser a la acción: memoria, imaginación, voluntad e involucra el sentimiento, pero haciendo de lado la sensiblería y el ser blandengue en mi comportamiento. Corazón firme para darlo con sentido y plena conciencia de que tener corazón y expresarlo es el mejor regalo que podemos dar a los otros.

 

Lo contrario a tener corazón es dejarse endurecer por las dificultades de la propia vida y del trato con los demás. No alejarse, ni apartarse de los demás: pasar por alto muchas cosas, sin darles importancia, ni guardar rencores o reclamos afectivos, que se ponen de presente intempestivamente o de mala manera: mostrar amargura desde la intimidad, en lugar de afirmar la ternura.   Recordar siempre que la persona es, por excelencia, el ser de la ternura, de la caricia que acoge y estimula, que es fruto del amor sereno y verdadero.

 

Pero teniendo presente que,  cuando acariciamos, no tocamos, que es algo distinto, sino que estamos frente a la intimidad del. Otro. No se acarician las manos o el cuerpo: en realidad, si pudiéramos hablar así, se acaricia el alma y el ser entero, respetando la intimidad y la unidad inefable del otro, cuyo ser no podemos poseer aunque poseyendo su cuerpo lo poseemos en la relación sexual: el ser del otro es algo que es imposible de poseer o de dominar como si fuera un objeto. La persona es un sujeto que no se puede objetivar, sino comprender que va mucho más allá de mi mismo y eso no lo puedo evitar, ni atajar. Sería una esclavitud del ser del otro, totalmente inaceptable. Los otros se podrían convertir en un verdadero infierno para nosotros, como afirma Sartre “El infierno son los otros”. Mejor pensar con Marcel que “la metafísica es el prójimo”, lo más cercano, su ser, es decir, la dimensión más profunda y espiritual de la persona.

El amor de verdad enciende, ilumina la vida, purifica y salva. En cambio, lo apagan las malas pasiones, las faltas de memoria de las horas buenas del corazón.

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“Dame tu corazón y te daré ojos para ver” reza el proverbio árabe. El camino más derecho, como dijimos antes, es abrir el corazón, y entregar lo mejor de nuestra vida con él. Este es el camino de la felicidad verdadera. Ella no es tanto un destino como un camino que se va haciendo al andar. Casi podemos decir a los demás o a quienes queremos: si quieres que te ame desde mis más íntimas fibras, dame tu corazón y verás que así es mejor y más fácil lograr que nos amemos, con un amor que penetra en nuestro ser, que no da temor, sino temblor, es decir, vibración en el alma, sacudida interior que conmociona y alegra la vida.

 

La auténtica felicidad es tener un corazón enamorado, que hace que el amor se prolongue y, nada extraño, que surja la promesa del “para siempre” que hace pasar el tiempo, no al revés que es cuando el tiempo hace pasar el amor, por los olvidos, indiferencias o incomprensiones, en una palabra, la falta de amor. El amor de verdad enciende, ilumina la vida, purifica y salva. En cambio, lo apagan las malas pasiones, las faltas de memoria de las horas buenas del corazón. Si nos descuidamos el corazón, como advierte San Agustín, puede convertirse en una fábrica de fantasmas (“me dijo o no me dijo”, “se olvidó de mí, “no me quiere”, “soy un incomprendido”, etcétera). mejor si no nos dejamos invadir por quejas, lamentos y  ojalás o por  lo que pudo haber sido y no fue, y entregamos nuestro corazón sincera y audazmente, de modo que los demás, más bien, puedan decir de nosotros las palabras del verso de Pedro Salinas: “El amor que te sobre/se lo reparten/los seres que tu tocas/ que tu miras/que nunca tuvieron amor antes”.

 

Tener corazón es vivir a la otra persona desde dentro de sí, sin condiciones ni limitaciones, en cierta manera declararse no beligerante frente a ella, sino concordante, “rendirse -dice el poeta citado antes- a la gran certidumbre, oscuramente, de que otro ser, fuera de mí/me está viviendo”, está procurando corresponder, y se vuelve, de alguna manera, necesario para mí, y yo para él, de modo que podríamos afirmar, con toda razón,  que nos necesitamos porque nos amamos; no al revés, lo que sería un amor interesado, sujeto a condiciones, a gustos y a ganas circunstanciales,  o a que se posean determinadas cualidades físicas o espirituales.

 

A la persona le ayuda a  tener corazón pensar en Cristo-Hombre, que nos amó hasta dar su vida. La fe en Él nos hace penetrar profundamente en el corazón humano, que es trasformado por ella, haciéndolo capaz de amar más, de amar mejor, y nos vuelve capaces de querer vinculado el amor al querer de Dios, es decir, dándole perspectiva de eternidad. Y a que le perdamos el miedo a darnos sin medida, a querer a los demás sin disminuir el amor, sino llevándolo más allá. Y en el trato con ellos a estar cerca, a sentirlos y vivirlos plena y gozosamente. Así lograremos ponerle el sello más importante y definitivo al proceso del amor: la fidelidad, que es expresión elocuente de la felicidad misma.

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