TEMPRANO MEJOR QUE TARDE

Por: Jorge Yarce

Este es un tema que conviene plantearse muy temprano antes que sea tarde. Y el momento actual es un gran momento para tomar decisiones (querer en presente) y hacer propósitos (querer de cara al futuro). Primero, dedicarnos a nosotros mismos, enriquecer la mente y el corazón para que nuestra intimidad sea un pozo de agua fresca donde podemos saciar nuestras ansias de felicidad. No basta buscar la felicidad, sino  que es necesario saber en qué la ponemos.

 

Temprano debemos preguntarnos: ¿Quién soy yo realmente?, ¿qué busco en la vida?, ¿cuál es mi proyecto de vida?, ¿para quién vivo yo?, ¿para mí mismo o para los demás?, ¿es el amor el núcleo central de mi actuar?, ¿vivo preso del tener cosas y alcanzar?, ¿cuáles son mis valores y virtudes?, ¿cuáles mis defectos y limitaciones? Sin eso claro, se nos hace tarde, nos coge la noche en nuestro propio conocimiento y en el de los demás.

 

Segundo, querernos a nosotros mismos, y conocernos bien, y darnos cuenta de si vivimos encerrados en nuestro yo o nos importa la gente y el mundo que nos rodea. De pronto descubrimos, tarde en la vida, que nos domina el yo. Casi que nuestra vida es como el juego del Yo-Yo. Pareciera que estuviéramos formateados (por la familia, la escuela o la vida social) para que sea así. Si, en cambio, estamos formados, entonces la mente y el corazón se abren a los otros, sin dejar de pensar en lo propio. En la relación con ellos, sobre todo de amistad, hay un contacto de intimidades que se expresa en el conocerse mutuo, en el darse, en la afectividad sincera, en la preocupación por el otro. Si no, somos muro para los demás, que es esconde nuestro yo, nuestro ser íntimo, nuestra personalidad.

 

En lugar de esforzarme por conocer y entender a los demás, el peligro es encarrarse en sí mismo egoístamente, vivir metidos cada uno en sus cosas, y no conocer bien y valorar a los demás como ellos son, sino como nos gustaría que fueran. A lo sumo nos quedamos en la buena educación y en las formalidades sociales, pero no nos adentramos realmente en el mundo del otro. Hay que sincerarse, y que los demás sepan lo que pienso y cómo soy emocionalmente. Por ejemplo, si soy de buen o mal carácter.  Si me hago aceptar y querer con virtudes y defectos, sobre todo si se dan cuenta de que vivo para ofrecerles lo mejor de mí mismo, no lo peor.

 

A los amigos de verdad se les invoca para compartir con ellos lo grande y lo pequeño, y cuando estamos lejos de ellos, se les evoca y recuerda con el corazón. Siempre se les lleva en el corazón, a pesar de los pesares, en las buenas y en las malas, porque encuentran siempre comprensión, disculpa, perdón y olvido, saber tender el manto sobre sus errores, sin recriminación y aceptando lo bueno sin adulación. Y siempre con lealtad, guardándoles la espalda.

A los amigos de verdad se les invoca para compartir con ellos lo grande y lo pequeño, y cuando estamos lejos de ellos, se les evoca y recuerda con el corazón.

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Una introspección seria y profunda sobre cómo vivimos la amistad, nos arrojará muchas luces para mejorar en distintos aspectos: conocer al otro, saber las fechas importantes en su vida, estar al tanto de su contexto familiar y de los avatares de su profesión. Saber corregir con cariño, delicadeza y oportunidad. Si, igualmente, ellos saben de nosotros esas mismas cosas y encuentran una disponibilidad y acogida permanentes.

 

No podemos ser impenetrables, con campos vedados a nuestros amigos, o con reservas innecesarias, salvo que se trate de secretos profesionales. No caer en el orgullo y la frialdad, sino, al contrario, manifestar una apertura real -mental y emocional- ante ellos y ante sus problemas. Interesarse y gozar con la vida de quienes nos rodean o están cerca por razones de amistad. De ninguna manera guardar rencores o resentimientos frente a ellos. Al contrario, ser bálsamo para ellos.

 

No podemos permitir que se nos haga tarde para buscar ese conocimiento de los demás y la búsqueda de la empatía con ellos, no importa que sus ideas u opiniones no coincidan con las nuestras. Mostrar frente a ellas tolerancia y respeto. No enterarse por terceros de lo que le pasa a nuestros amigos y que deberíamos saberlo nosotros primero. Ni dar pie a habladurías o dimes y diretes sobre su conducta. Reaccionar enseguida, con lealtad y sinceridad y acudiendo al interesado para aclarar cualquier cuestión. Conocer sus necesidades y colaborarles cuando sea posible, es muy importante estar muy cerca de ellos en la enfermedad, el dolor y las penas personales o familiares.

 

Lo más importante después de conocerse a sí mismo y tener claro el propio objetivo de vida, es que nuestros amigos sean los primeros en darse cuenta y en recibir los beneficios de que nuestra vida tiene como meta principal servir a los demás. “Si no vivimos para servir, no servimos para vivir”, dice san Agustín. Y eso se demuestra con hechos y obras de servicio, con disponibilidad, ayuda y solidaridad. Servir a los amigos y nunca servirse de ellos sin contar con ellos.

 

Si todas las fuerzas de nuestra vida se enfocan en el servicio a los demás, material, intelectual, espiritual o de cualquier otro tipo, nuestra vida tendrá un Norte claro, que nos ayudará sin duda, a conocernos mejor a nosotros mismos. Todo eso nos guiará permanentemente y podremos afrontar exitosamente los momentos de crisis porque no estamos solos, ni vivimos solo para nosotros sino, que tenemos el soporte necesario que nos brinda el amigo para salir adelante de cualquier bache que se nos presente.

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