REGALAR TIEMPO

Por: Jaime Nubiola

 

Hace un par de semanas recibí de Adalberto Vizconde, desde Chiclayo, Perú, una fotografía de un letrero publicitario que decía "Regala tiempo, regala felicidad". Me dejó pensando ya que tiene una particular aplicación en estos meses de confinamiento por la pandemia en los que el tiempo parece haberse detenido.

 

Ese letrero es, al parecer, un resto de la campaña publicitaria de la pasada Navidad que hizo el conocido centro comercial peruano Real Plaza. Traía a mi memoria un anuncio navideño de Ikea de hace dos o tres años titulado «La otra carta a los Reyes». Primero los niños escribían una carta a los Reyes Magos y después escribían otra a sus padres con lo que realmente querían de ellos: lo que todos les pedían era tiempo, atención, cariño, en lugar de juguetes. Esa segunda carta era la realmente importante.

 

Pues bien, entre los primeros textos que me impactaron en estas semanas de cuarentena domiciliaria estuvo el de mi admirado Jesús Montiel, emocionado por lo tranquilos que estaban sus hijos en su casa al ser atendidos amorosamente por sus padres. Copio: «Durante el confinamiento no han pronunciado una sola queja; al contrario que nosotros, los adultos. Aceptan la situación porque la verdadera normalidad de un niño es su familia. He observado que un niño, mientras se desarrolla en un entorno amoroso —que no perfecto— no ambiciona mucho más. Mis hijos, como tantos niños, aceptan esta vida con menos luz, sin cielo, con el único parque de sus juguetes». Y añadía como explicación: «Nos bastáis vosotros, dicen. Y además lo dicen sin palabras, con el lenguaje de los sabios: las obras. La vida se trata de un regreso a esta sabiduría milenaria que los niños ostentan sin esfuerzo, volcados en el presente que nosotros desatendemos».

 

Los niños nos enseñan a vivir en el presente, a volcar toda nuestra atención en el ahora y en las personas que tenemos en este momento a nuestro alrededor. Nosotros adultos deberíamos aprender de ellos esa actitud de concentrar toda la atención en el momento actual: se trata probablemente de uno de los rasgos de la felicidad que prometía aquel anuncio comercial. El niño feliz no sufre por el pasado ni se agobia por el futuro: se siente seguro donde está si se sabe y se siente querido por sus padres que le cuidan. Esto es lo que tenemos que hacer los adultos si queremos ser felices, pues centrar nuestra atención en los demás es capaz de encender nuestra vida y de llenarla de gozo. El disfrute es señal inequívoca de que estamos haciendo lo que debíamos hacer y de que además lo estamos haciendo bien.

 

En estos tiempos de pandemia y de confinamiento, de enfermedad, de muerte de personas queridas, de penoso aislamiento para tantos, muchos estamos descubriendo que «el servicio es el alma de la sociedad», como escribía el prelado del Opus Dei, Fernando Ocáriz. Me parece que en las actuales circunstancias nos resulta más fácil a todos el descubrir que mediante nuestro servicio generoso a los demás no solo ayudamos a quienes lo necesitan, sino que también llenamos de sentido nuestra vida.

 

Esta misma actitud de servicio a los demás, que salta a la vista en las circunstancias excepcionales de la pandemia, es también la que debería presidir siempre nuestro trabajo profesional en las circunstancias ordinarias de nuestra vida. Su finalidad no es medrar, ganar dinero, ascender en la escala social, sino que el fin de nuestra actividad profesional ha de ser siempre el servicio a las personas que nos rodean, a la sociedad en su conjunto.

 

Frente al hiperconsumismo egoísta que quizás ha presidido el desarrollo económico de las últimas décadas en tantos países, la pandemia del coronavirus nos enseña lo más importante acerca de los seres humanos, la importancia vital del amor y la amistad, la importancia de servir a los demás. Lo que a todos más nos importa, lo que nos hace felices, es querer y sentirnos queridos, y el camino para lograrlo es regalarnos tiempo unos a otros.

 

 

Pamplona, España, 15 de mayo 2020.