RAFAEL NÚÑEZ Y SU PERMANENTE VIGENCIA

Por: José Hofmann Delvalle

 

Rafael Núñez, es, luego del Libertador, el genio político más importante que ha dado la República. Gracias su mente universal y creadora, Colombia, en medio de una geografía, población y caracteres dispersantes, ha dado pasos certeros para constituirse en una nación, entendida ésta como un conjunto “de grupos humanos que por regla general comparten un territorio, un poder estatal, una religión, una lengua y un mismo sistema económico”

En efecto, al repasar el pensamiento y, lo más importante, la obra gubernamental de Rafael Núñez, se delinea un estadista cuya acción estuvo encaminada a dotar a Colombia de todos los elementos esenciales de una nación, conforme la anterior definición elemental: un territorio delimitado claramente, controlado por unas autoridades efectivas capaces de imponer autoridad estatal en todo el territorio, dirigidas por un solo centro de poder, cuyos habitantes se encontrasen unidos por unos mismos principios básicos y un sistema económico en el cual todos se encontrasen inmersos.

No es una conclusión personal o subjetiva susceptible de debate a nivel historiográfico. El propio Regenerador, reconoció esta finalidad sin empacho en uno de sus escritos, así: “(…) El país no pasará de ser una simple expresión geográfica, mientras no cuente en su seno con suficiente número de fuerzas capaces de converger a un mismo y deliberado fin (…)”.

Tal proyecto lo trazó y ejecutó, luego de 11 guerras civiles de carácter nacional, mientras que los miembros de su generación, muy especialmente los patricios del Olimpo Radical inspirados en el Ideologismo Francés, instauraban “repúblicas aéreas” a decir del Libertador, por medio de instituciones de estirpe liberal indudablemente bien explicadas en los libros, probablemente exitosas en otros países, como lo eran el federalismo, la debilidad extrema del poder presidencial, la laicidad como nuevo dogma junto con la negación sistemática del reciente pasado católico - hispánico, el Estado gendarme, el laissez faire - laissez passer, etcétera, pero que en nada consultaban la realidad concreta de Colombia.

Así, la debilidad del poder central, indujo en la práctica al debilitamiento del proyecto nacional y, en su lugar, el fortalecimiento de intereses particulares de carácter feudal en cada una de las regiones.

Sentar las bases de un verdadero Estado - nación en el territorio asignado a la actual república de Colombia, fue el objetivo de su empresa creadora, la cual llevó a término con éxito

En efecto, la exacerbación del localismo y los intereses particulares a él asociados, tuvo de manera hábil como punto de referencia o marco teórico el federalismo que se practicaba desde su fundación en los Estados Unidos de América, pero en realidad sirvió para encubrir intereses de orden particular que beneficiaban a determinadas familias, incluso –y podría decirse muy especialmente-, a aquellas que ahora abrazaban como suya la causa del radicalismo liberal, pero seguían teniendo como fuente de su poder tanto poder tanto político como económico, la tenencia y el uso extensivo de la tierra.

Al respecto, anota uno de los nuñistas y observadores más calificados de la historia colombiana:

“(…) Había una economía de archipiélagos, inconexa, desordenada, desorganizada y anárquica. Puede observarse una manifiesta contradicción entre las instituciones vigentes, definidas en las constituciones promulgadas periódicamente y la realidad social (…) Dicha contradicción, se encontraba teóricamente  fundamentada en el romanticismo, (…) pero estaba destinada a esconder la realidad de un mundo económico feudal, en atraso, pero pródigamente retributivo a sus usufructuarios (…)”.  (De la Espriella, 24).

En síntesis, lograr que, en palabras del propio Núñez, “la vigorosa generalidad prevaleciera sobre la enervante particularidad” para sentar las bases de un verdadero Estado - nación en el territorio asignado a la actual república de Colombia, fue el objetivo de su empresa creadora, la cual llevó a término con éxito, enfrentándose para ello con pequeños en estatura política e intelectual, pero múltiples y poderosos enemigos, concentrados en lo que se conoció como los ‘patricios del Olimpo Radical’ y sus herederos, quienes no habiéndolo podido derrotar en la arena política, decidieron ensuciar con saña su imagen pública en vida, y, después de muerto, empequeñecer y distorsionar su memoria, hasta lograr casi desaparecerla en nuestros días. Para ello, utilizaron una serie de insultos y lugares comunes como traidor, ladrón, dictador, etcétera.

Sin embargo, la mezquindad siempre termina rindiéndole honor al talento. La obra de Núñez permanece, aún en contra del deseo inconsciente y consciente de muchos constituyentes de 1991, en institutos jurídicos aún vigentes y, podría decirse, ya definitorios de la nacionalidad colombiana, de tal importancia como las facultades del Presidente de la República como jefe de Estado, jefe de Gobierno así como Suprema Autoridad Administrativa; el concordato con la Iglesia Católica; la centralización política con descentralización administrativa; el Banco de la República; la intervención del Estado en la economía, entre otras.

Éstas fueron y son instituciones tan importantes que se defendieron por sí mismas ante el inexorable paso del tiempo y están incorporadas hoy a lo que es la nacionalidad colombiana. Por eso fueron revalidadas y se encuentran plasmadas, en contra del querer de muchos de sus autores, en la actual Carta Política. ¿Dónde en cambio, está el legado institucional de sus adversarios y ‘patricios radicales liberales’ como Aquileo Parra, Santiago Pérez, Manuel Murillo Toro?

No existe, lo suyo fueron experimentos románticos propios del Romanticismo del Siglo XIX y de pequeñas naciones subdesarrolladas, los cuales llevaron al absurdo, hoy por fortuna inconcebible, de que cada hoy pequeño departamento, entonces llamado de manera rimbombante “Estado Soberano” tuviera su Constitución, moneda y ejército, además de sus propias pequeñas guerras con otras republiquetas por el estilo, frente a las cuales el gobierno central, con sede en Bogotá, no podía intervenir, primero por la debilidad inmensa de las atribuciones con las cuales estaba investido el Presidente de la República durante su brevísimo período de 2 años y, segundo, se decía en ese entonces, en virtud del principio de Derecho Internacional Público ‘de no intervención en la vida de los Estados’. Tal fue el estado de cosas, trágico y risible a la vez, que instauró a nivel institucional el Radicalismo Liberal, frente al cual insurgió Núñez y que le valió, desde entonces, la leyenda negra que lo coloca como un ‘traidor a la noble causa de la libertad’, cuando no un retrógrado o vil dictador.

Conforme a lo expuesto, ¿Si entendemos, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, como visionario a aquel “que se adelanta a su tiempo o tiene visión de futuro”, conviene preguntarse: ¿quién termina siendo la vanguardia ideológica en esta trama histórica?, ¿Núñez, cuyas instituciones todavía están vigentes, aún a pesar de los deseos de sus malquerientes, o los Liberales Radicales, que se le enfrentaron y crearon su leyenda negra? A juicio de éste humilde observador, resulta claro que Núñez.

Una vez establecida la importancia histórica de la obra de Rafael Núñez, vale la pena ahondar en aspectos claves de su pensamiento, aún con plena vigencia y aplicabilidad, los cuales debe rescatar la Nación colombiana para salvarse de la actual crisis en que se encuentra sumergida desde hace tiempo, en virtud de diversos factores por todos conocidos.

*Este artículo es un resumen del artículo original publicado en la Revista Colombiana de Estudios Hispánicos, Vol. III