¿QUIÉNES SON LOS MÁS DIGNOS?

Por: Jaime Nubiola

 

Mi colega José María Torralba ha escrito un sugestivo artículo en La Tribuna de «El Español» a propósito del proyecto de ley de regulación de la eutanasia que está tramitándose en España. Lo ha titulado «Dignidad humana y autonomía personal en la nueva ley de eutanasia» y en él destaca el contraste entre dos interpretaciones opuestas de la dignidad humana. Mientras que para los promotores de esta legislación la dignidad de un ser humano consiste únicamente en su autonomía, en su capacidad efectiva de autodeterminación, para quienes se oponen a este proyecto legislativo la dignidad de un ser humano es intrínseca, esencial, independiente de sus capacidades personales.

 

Quizás el ejemplo más gráfico que me viene a la cabeza para entender este contraste podría ser el caso de un bebé recién nacido y el entusiasmo que suscita de ordinario entre padres, hermanos y demás parentela. No solo el padre y la madre, sino que todos se desviven en carantoñas y cuidados —al menos por un rato— con el nuevo ser que ha llegado a la familia. Después los cuidados se hacen a veces muy onerosos, pues requieren una atención permanente, también durante la noche. El nuevo ser humano no tiene ninguna capacidad de autonomía ni de autodeterminación, pero a nadie se le ocurre pensar que no es digno de ese cuidado casi constante. Al contrario, si preguntáramos a quienes le quieren, todos nos dirían espontáneamente que ese nuevo niño es digno de todos esos cuidados —¡se los merece!— porque es un ser humano: encierra una plenitud maravillosa que, si se le cuida, se desarrollará como la semilla que con un poco de agua se transforma en un árbol frondoso. Lo que nos están diciendo es que la dignidad humana no es autonomía e independencia, sino más bien fruto del cuidado, de la atención y del amor. Ese niño inerme no solo es digno, sino que nosotros mismos nos hacemos más humanos, más dignos, al cuidarlo.

El ser niño, enfermo o anciano no degrada la condición humana, sino que la expresa quizás en su sentido más hondo: nos necesitamos unos a otros.

Me impresionó, ya desde el mismo título, el libro del filósofo escocés Alasdair MacIntyre Animales racionales y dependientes publicado en español por Paidós hace algunos años (2001). Frente a la imagen individualista moderna del hombre aislado y solitario, en plenitud de facultades, MacIntyre destacaba algo que, por otra parte, es obvio para todos: los seres humanos somos dependientes de los demás, particularmente al comienzo y al final de nuestra vida. El ser niño, enfermo o anciano no degrada la condición humana, sino que la expresa quizás en su sentido más hondo: nos necesitamos unos a otros. No somos náufragos en una isla desierta, sino que los seres humanos somos familiares, somos sociales: nacemos, nos desarrollamos, vivimos y morimos en una comunidad. Más aún, el cuidarnos unos a otros nos dignifica a todos porque es lo que nos hace realmente humanos.

 

Me parece que el problema de la eutanasia surge, sobre todo, del confinamiento de unos seres humanos en situaciones de extrema dependencia de unas máquinas que les mantienen artificialmente en vida en unos hospitales. Hay que dejar morir a las personas en su casa: mis padres, ya mayores, nos pidieron a sus hijos que no les lleváramos al hospital pues ya no había terapia para sus dolencias; preferían morir en su casa y en su cama con los cuidados paliativos —a mi juicio excelentes— que les ofreció el Servicio Catalán de Salud. Copio lo que escribe en estos mismos días el poeta Jesús Montiel: «La muerte ha sido expulsada de nuestros hogares. Se la ha sacado a rastras para encerrarla aquí, en estos edificios con profesionales y máquinas. [...] Hace falta enseñar la mortalidad, devolver la agonía a un lecho rodeado de familiares».

Como decía la filósofa Corina Dávalos, «los grandes fracasos de la historia de la humanidad proceden de negar la dignidad incondicional e inexpropiable de cada persona humana»

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Para cualquiera de nosotros los más dignos de cuidados y de cariño son los ancianos, los enfermos y los niños: se trata precisamente de todos aquellos que se ajustan menos a los parámetros modernos y que tantas veces —como insiste el papa Francisco— son descartados. El origen de la dignidad es la propia condición humana: somos más humanos cuanto más nos cuidamos unos a otros y no simplemente cuanto más autónomos e independientes somos, tal como argumentan algunos defensores de la eutanasia. Como decía la filósofa Corina Dávalos, «los grandes fracasos de la historia de la humanidad proceden de negar la dignidad incondicional e inexpropiable de cada persona humana». Y explicaba: «cuando se dice que alguien no tiene dignidad porque es judío, negro, mujer, porque tiene dos minutos de vida intrauterina, es extranjero, es un enfermo terminal o dependiente, siempre deviene en tragedia».

 

En estos meses de pandemia se ha agudizado nuestra conciencia de la importancia de los cuidados y del acompañamiento de los enfermos. Todos sabemos que la muerte es el final natural de la vida: ni es un fracaso de la ciencia médica ni un supremo acto de libertad, es algo que a todos nos llegará y que nos gustaría pasar sin ser una carga pesada para nuestras personas queridas, pero sí acompañados de su apoyo y de su cariño.

 

Pamplona, España, 1 de noviembre 2020.