¿QUIÉN ES LA VERDAD?

Por: Enrique García-Máiquez

 

Los filósofos Fabrice Hadjadj y Fabrice Midal protagonizan una disputatio que se convierte en una invitación al lector en búsqueda de la verdad.

En honor a la verdad, hay que partir de la pregunta del título de Qué es la verdad (Homo Legens, 2020) de Fabrice Hadjadj y Fabrice Midal, para no llevarnos a engaño. Es posible, si no, que el lector que acudió a estas páginas siguiendo la saludable e imperiosa costumbre de leerse todo lo que sale de la pluma de Fabrice Hadjadj se quede con la sensación de haber alcanzado solo la mitad de su objetivo: un Fabri Jadj. En cambio, si se toma en serio el reto que plantea el título, se dará cuenta de que se ha llevado a las manos un libro redondo.

Que es una mesa redonda. El volumen transcribe la celebración de una disputatio al estilo medieval entre el ya mentado Fabrice Hadjadj y Fabrice Midal, experto francés en budismo, celebrada en 2010 en la ciudad de Ruán y organizada por la asociación Disputatio y el Centro Teológico Universitario, durante las Fiestas Juana de Arco, nada menos. A los hadjadjadianos quizá nos fastidie a bote pronto ese protagonismo compartido con el tal Midal y con los moderadores del debate. Sin embargo, Hadjadj también es un Hadjadj con todas sus jotas y haches aspiradas cuando escucha y cuando interroga. Y así nos da la primera lección: la verdad es tan grande que nadie la abarca del todo. Hay que buscarla con (en, entre, bajo, alrededor de) los demás.

Eso exige sacrificios en el tono: en estas páginas encontraremos a un Fabrice menos febril, más comedido en sus habituales juegos de palabras (aunque los tiene jubilosos) y menos suelto en sus exuberantes digresiones. Escuchar –nos dice sin palabras, escuchando– exige mucha entrega de uno mismo. Se le nota que ha clamado el mismo miserere que él proclama necesario: «A menudo, filósofos y teólogos deberíamos entonar este Miserere: “¡Señor, perdónanos por haber hablado de ti como de una abstracción! Haz que en mi boca no se oiga una dialéctica, sino un diálogo. Haz que no dé solo la impresión de un profesor, sino también la de un enamorado”».

La verdad se obtiene en los rostros concretos que se miran y a través de voces que se escuchan

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Philippe Maheut, vicario general de la Diócesis de Ruán, advierte oportunamente en las palabras preliminares: «La verdad se obtiene en los rostros concretos que se miran y a través de voces que se escuchan. Es precisamente eso en lo que consiste una disputatio, que reúne cara a cara a dos protagonistas que no pueden avanzar juntos sino a costa de la mirada y de la escucha. Más incluso que ser un medio pedagógico debido al genio de la Edad Media, la disputatio es un camino a la verdad porque pone cara a cara rostros y voces».

Pondera Hadjadj esta importancia con una de sus frases rotundas y memorables: «La voz es la palabra hecha carne y la expresión de una persona». Más adelante, se hace y nos hace una advertencia que estas páginas no perderán jamás de vista: «Si la respuesta a la pregunta nos llevara a un sistema universal que anulara las singularidades, si la verdad correspondiera a una gran inteligibilidad anónima que aboliera la consistencia de las personas, estaría falseada desde el origen».

Enseguida reconocemos que Midal tiene, además, sus momentos. Como no lo esperábamos, nos regocijan como un regalo sorpresa. Por ejemplo, cuando habla de que solo la poesía dice la verdad en cuanto que integra la voz del poeta como elemento esencial de su discurso. Píndaro sabía que, como poeta, era un súbdito de la Reina Verdad.

Nos regala una maravillosa etimología del término griego ‘aletheia’. Se traduce demasiado deprisa por «verdad», pero originariamente significa «sin Leteo». «Leteo es, en la mitología griega, el río donde las almas, al beber de sus aguas tras la muerte, pierden contacto con lo que fueron. Pierden la relación con la memoria. Ser tocado por las musas es ser ‘a-leteado’: recordar lo que es, verlo vivo en sí mismo. […] Somos tanto más lo que somos en la medida en que decimos la verdad», constata.

Lo que importa es redescubrir el sentido del nombre propio, la irreductibilidad del nombre propio que designa a una persona única

Poesía, memoria, voz y diálogo cara a cara como presupuestos de la verdad. No es extraño, por tanto, que Fabrice Midal concluya: «No puede tener relación posible con la verdad sino quien se mantiene resueltamente al margen de la esfera del entretenimiento hoy dominante». La sociedad lúdica (que diría Philippe Muray) aleja del propio yo y extravía la intimidad personal. Es un guante que Hadjadj no podía dejar de recoger… para contraatacar. Porque tampoco podemos permitirnos aburrir a nadie, objeta. ¿Cómo pensar de tal modo que la cuestión de la verdad sea tan viva «como un partido de fútbol y tan fuerte como una mujer guapa?».

Hay que reflexionar con el atractivo que se atribuía Georges Bataille, haciéndose eco de una tradición erótica de la filosofía que viene desde Platón: «Pienso igual que una joven que se quita la ropa». Hadjdaj ha escrito siempre de esa manera (metafóricamente). Aquí propone darle a la reflexión sobre la verdad su entidad de «dramatis personæ, en sus dos dimensiones, según se insista sobre la palabra “drama” o sobre la palabra “protagonista”». En cuanto drama, «la verdad no debe reducir mi deseo de felicidad, pero tampoco debe oscurecer en nada mi lucidez ante la muerte; así, la verdad solo puede revelarse en ese lugar de extrema tensión, en el sitio mismo de este desgarro».

El drama gira en torno a las personas y va de los propios intervinientes al ejemplo central de Jesús, que expone el excelente glosador bíblico —casi un jasídico— que siempre ha sido Hadjadj. Cuando Pilato pregunta a Jesús: «¿Qué es la verdad?», solo está interesado en las relaciones de poder. Por eso el elocuente silencio de la respuesta, una advertencia a todos los que pretendamos disertar sobre la verdad.

Pero sí hay una respuesta, como añade Hadjadj. O dos: «Dicen nuestros catequistas moralizantes: “Escucha lo que te dice Jesús y estarás en la verdad”. Pero Jesús dice lo inverso: “Quienquiera que pertenece a la verdad escucha mi voz”». La segunda observación de Hadjadj es aún más deslumbrante. A la pregunta de Pilato «¿Qué es la verdad?», responde… ¡el propio Pilato!: «He aquí el hombre». Hadjadj lo subraya: «Todo se decide ahí, en el paso de una pregunta abstracta a una presencia concreta, en convertir una solución teórica en una llamada de carne y sangre».

Este libro no sería tan redondo como vengo avisando si de este punto álgido no se volviese a la ordinaria noria de intervenciones de la mesa redonda de dos intelectuales. A fin de cuentas, las dos respuestas de Jesús implican dejar la responsabilidad al hombre de aquí, para que escuche (más que diga) la verdad. El problema del yo, tan acuciante en un diálogo con un budista y, para más inri, entre franceses —los franceses, desde Pascal y su «El yo es odioso», están condenados a discutirlo— encuentra en este libro una original solución.

No puede tener relación posible con la verdad sino quien se mantiene resueltamente al margen de la esfera del entretenimiento hoy dominante

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Hadjadj lo encara con otro bellísimo comentario bíblico-filológico: «La noción de ese “no yo” [del budismo] es problemática en sí misma, sobre todo cuando es una persona, un yo, quien la proclama. […]  Cuando Cristo dice quién es, dice “Ego sum”. En cambio, [san Pedro en su negación] no responde que “no formaba parte” o “yo no pertenezco”, como se lee en algunas traducciones, sino literalmente, siguiendo una forma griega y latina, “No soy” (Non sum). […] Se podría decir, apoyándonos en un recurso propio del francés, que el “Je suis” (“soy”) del verbo “être”, “ser”, implica siempre también el “Je suis” (“sigo”) del verbo “suivre”, “seguir”. […]».

El antropólogo René Girard habría recibido alborozado este feliz hallazgo de Hadjadj, que tan bien concuerda con su advertencia de que el ser humano solo puede ser él mismo (ser su yo) imitando a Cristo. No solo para ser, sino para seguir. Apuntan tanto los místicos santa Teresa de Jesús y el maestro Eckhart como el filósofo judío Martin Buber que el yo tiene que estar abierto de vuelta al tú más concreto. El prójimo es el catalizador del yo.

Así, incluso la coincidencia de los nombres propios de ambos Fabrice no deja de ser un feliz simbolismo. ¿Vivir no consiste en fabricarse el nombre propio? Para Fabrice (Hadjadj), «lo que importa es redescubrir el sentido del nombre propio, la irreductibilidad del nombre propio que designa a una persona única. […] Cuando se habla del paraíso en el Canon de la misa, no se dice: “Haznos entrar en tu luz admirable para que desaparezcamos en ella como una gota en el océano”, sino que el sacerdote pide: “Admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires”, para recitar luego los nombres propios de una lista que el fiel sabe abierta, que podría alargarse cientos de horas y en la que debería […] oír al final su propio nombre…».

Este libro responde a su pregunta. No se queda en el «qué» ni habla tanto de la verdad como la escucha, y avanza, mano a mano, hacia un Quién que devuelve su pregunta a cada uno. Somos invitados a una búsqueda, a un diálogo, a un reconocimiento y a un reconocer al prójimo. A un drama personae apasionante, en verdad.

Originalmente publicado en El Debate de Hoy: https://eldebatedehoy.es/noticia/cultura/12/06/2020/que-es-la-verdad/

Publicado en El Metropolitano por autorización expresa del autor.