¿QUÉ HACER CON CHINA?

Por: Samuel Gregg

 

Las crisis no son sólo oportunidades que, parafraseando a Rahm Emmanuel, nunca deberían desperdiciarse. También son momentos de aclaración. Los acontecimientos imprevistos pueden hacer pedazos hasta el consenso más fuerte sobre un tema concreto. La pandemia del coronavirus es un momento así en las relaciones de Estados Unidos con China.

Hasta hace relativamente poco, la mayoría de los 'policymakers' occidentales calculaban que una constante integración de China en la economía mundial sería de mutuo beneficio económico para China y las naciones occidentales. El comercio con otros países y el consecuente aumento de las libertades comerciales dentro de China, se sostenía, suavizaría el carácter autoritario del régimen, generaría delicadamente espacio para otras libertades internas y ayudaría a amansar los impulsos externos más agresivos de China.

Sin embargo, ese consenso se ha venido abajo desde hace algún tiempo. Esto quedó señalado en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 publicada por la Administración Trump. En ella se afirmaba que muchas políticas se habían "basado en el supuesto de que el trato con los rivales y su inclusión en las instituciones internacionales y el comercio mundial los convertirían en agentes benignos y en socios de confianza". Pero el documento agregó: "En su gran mayoría, esta premisa resultó ser falsa".

Un efecto importante de la pandemia del coronavirus ha sido confirmar que la integración económica no ha cambiado de forma sustancial la naturaleza del régimen chino. La pregunta se vuelve entonces: ¿a dónde va Estados Unidos de aquí en adelante frente a China? Más puntualmente, ¿qué debería hacer Estados Unidos respecto a su relación comercial con China?

Foto: La Vanguardia

China no es nuestro amigo

Las evidencias de que la entrada gradual de China en los mercados globales no ha producido los resultados esperados por muchos occidentales son abrumadoras. En ninguna medida de libertad política, religiosa o civil puede describirse a China en un proceso de liberalización.

El viejo carácter autoritario del régimen chino se acentuó cuando Xi Jinping reemplazó a Hu Jintao como secretario general del Partido Comunista y presidente de la Comisión Militar Central en noviembre de 2012, y luego como presidente de China en marzo de 2013. Xi pronunció entonces varios discursos sobre el asunto del "rejuvenecimiento" de China. El significado práctico de dicho rejuvenecimiento se tradujo en una mayor centralización de la autoridad política, represión de la disidencia interna, restricciones radicales de las libertades religiosas -ya limitadas-, el encarcelamiento masivo de grupos "sospechosos" como los musulmanes uigures y un aumento del control del Partido sobre las fuerzas militares y de seguridad chinas.

Ese patrón se aplica generalmente a la economía china. Cuando China se adhirió a la Organización Mundial del Comercio en diciembre de 2001, se esperaba que se orientara en dirección a la liberalización del mercado que, se supone que deben seguir los miembros de la OMC. Pero China no ha seguido ese camino hasta ahora, un hecho que ha sido recientemente confirmado por el Índice de Libertad Económica 2020 de Heritage Foundation, que clasificó a la economía china como "en su mayoría no libre". De hecho, China se comporta cada vez más de forma parecida a un estado mercantilista del siglo XVIII: el Partido Comunista Chino no sólo integra el poder económico y militar a una escala que eclipsa la de la Francia de Luis XIV, sino que también lleva a cabo políticas que se han calificado de "colonialismo con características chinas".

El continuo aumento de las fuerzas armadas de China y el constante incremento de su presencia militar en el Mar de China Meridional ha ido unido a una creciente integración de la política militar, estratégica y económica. Si bien las actividades de inversión y construcción de China han disminuido en todo el mundo en términos generales desde 2016, las inversiones en infraestructura en el extranjero de las empresas chinas continúan siendo impulsadas en cierta medida por preocupaciones estratégicas y militares.

La pandemia del coronavirus ha acentuado la preocupación por el hecho de que las cadenas de suministro de los Estados Unidos estén demasiado vinculadas a la economía china.

Esas inversiones siguen concentrándose en zonas en las que Beijing pretende tener más influencia: África, Asia Central, Oriente Medio y el Sudeste Asiático. La misma dinámica se manifiesta en la Iniciativa "Belt and Road Initiative" (Iniciativa de la franja y la ruta, en español). A pesar de la retórica internacionalista de Xi de "comunidad con un destino común", la iniciativa BRI implica que el régimen chino tome decisiones de inversión extranjera impulsado principalmente por las necesidades geopolíticas en lugar del bienestar económico. Esas "necesidades" incluyen el control de corredores estratégicos en Asia central y sudoriental. Los medios para lograrlo son el desarrollo de infraestructura y las inversiones son realizadas por empresas que pertenecen parcial o totalmente al Estado chino.

También hay un amplio conocimiento de que, como lo ilustró un análisis reciente, las empresas tecnológicas chinas "que no son totalmente propiedad del Estado" pero que tienen "profundos vínculos con el aparato de seguridad del Estado chino" funcionan de manera que se confunden los "imperativos comerciales" con "los imperativos estratégicos del Partido-Estado". El robo de propiedad intelectual extendido y bien documentado que llevan a cabo estas empresas es un ejemplo de este patrón de comportamiento.

Foto: XL Semanal

No es de confianza

En conjunto, estos hechos ilustran que la entrada de China en los mercados mundiales no ha hecho que Beijing "se parezca más a nosotros" en aspectos muy importantes. Las numerosas pruebas de que el régimen ha engañado y sigue engañando al mundo sobre el impacto del coronavirus en su propia población y economía, ponen de manifiesto que no se puede confiar en los funcionarios chinos. Un gobierno que miente sobre algo tan devastador como una pandemia puede asumirse con seguridad que está dispuesto a mentir sobre cualquier otra cosa.

Esto tiene implicaciones para lo que ha sido el punto de inflexión más importante en las relaciones entre Estados Unidos y China en los últimos cuatro años: el comercio. En 1980, el comercio entre Estados Unidos y China valía sólo 5 mil millones de dólares. Sin embargo, cuarenta años de comercio creciente entre los dos países han derivado en que China haya sido clasificada sistemáticamente como uno de los tres principales socios comerciales de Estados Unidos desde 2004.

Durante algún tiempo, sin embargo, muchos estadounidenses han insistido en que la relación comercial favorece a China de manera desproporcionada y ha afectado negativamente a determinadas industrias y regiones de Estados Unidos. Otros, y yo también, hemos discutido la economía de ese argumento y la particular lógica de causa y efecto que implica. Sin embargo, la pandemia del coronavirus ha incrementado la preocupación de que las cadenas de suministro de los Estados Unidos están demasiado entrelazadas con la economía china. Así, cuando la economía china se ve en dificultades, como ocurrió cuando el coronavirus obligó a Beijing a cerrar varias ciudades chinas, las empresas estadounidenses se vieron obligadas a buscar alternativas.

No obstante, es precisamente en esos momentos cuando se requiere el acceso a mercados abiertos y competitivos. Estos hacen que sea más fácil y más rentable para las empresas estadounidenses cambiar las cadenas de suministro en caso de emergencia. El proteccionismo hace que esa adaptación sea más lenta, difícil y costosa.

Un problema muy distinto es la creciente tendencia de las empresas chinas a invocar la posibilidad de una represalia directa por parte del gobierno chino cuando sienten que no se salen con la suya. Esto se puso recientemente de manifiesto cuando el presidente de Huawei Technologies Inc. -una empresa que se considera creíblemente propiedad del régimen chino- advirtió en marzo a los Estados Unidos lo siguiente: "esperen que el gobierno chino adopte contramedidas si limita aún mas el acceso del gigante de la tecnología a los proveedores".

La razón por la que se impusieron esas restricciones en primer lugar es porque Huawei fue acusado de crimen organizado y robo de secretos comerciales a principios de este año. Pero eso, a su vez, es síntoma de una problemática más amplia: la expectativa de que Huawei siempre cumplirá con las órdenes de Beijing cada vez que el régimen crea que esto hará avanzar las agendas estratégicas y militares de China. Huawei y otras empresas tecnológicas chinas han sido acusadas de ayudar a las fuerzas de seguridad del régimen a llevar a cabo la represión dentro de China. ¿Por qué, es razonable preguntarse, la sumisión de Huawei al régimen no continuaría más allá de las fronteras de China?

El desenredo es costoso

Dados estos múltiples problemas, no debería sorprendernos que algunos ahora crean que la economía de Estados Unidos debe ser radicalmente desligada de China. Eso, se sugiere, cortaría el nudo gordiano en el que creen que gran parte de la economía y la seguridad nacional de Estados Unidos se encuentra ahora atada. Un vistazo al bienestar a largo plazo de Estados Unidos, sin embargo, sugiere un enfoque diferente.

¿Realmente es a largo plazo del interés económico de Estados Unidos retirarse, de repente, de un mercado de 1.400 millones de personas, y una economía que es y seguirá siendo, nos guste o no, una de las más grandes del mundo? ¿Alguien cree que el hueco resultante no será llenado por empresas de otros países?

Estados Unidos no debería responder al mercantilismo chino adoptando políticas similares a las de Beijing.

En 2018, China era el tercer mercado de exportación más grande de Estados Unidos en general y su cuarto mercado de exportación agrícola. El grueso de los bienes estadounidenses exportados a China consistía en manufacturas de alta tecnología como aviones, maquinaria eléctrica e instrumentos médicos y ópticos. Esto es bueno para los exportadores estadounidenses y para los estadounidenses que trabajan para estas empresas. Dicho de otra manera, los costos y las oportunidades perdidas para los negocios estadounidenses de la retirada masiva de una economía que representa "el 16 por ciento de la actividad [económica] mundial", "el 40-50 por ciento del crecimiento marginal mundial", "la clase media más grande del mundo", "cuatro de los 10 bancos más importantes del mundo" y "el mayor mercado de comercio electrónico", no deben ser ignorados ni trivializados.

Un 'reset' inevitable

En términos más generales, debería ser posible para las empresas estadounidenses continuar comerciando extensamente con China mientras el gobierno de los Estados Unidos aborda simultáneamente los desafíos de seguridad nacional asociados. De todos modos, este sería un ejercicio delicado. Tres cosas deben tenerse en cuenta.

Primero, Estados Unidos no debería responder al mercantilismo del siglo XXI, al estilo chino, adoptando políticas similares a las de Beijing. En un artículo sobre política exterior de 2018, Tanner Green expuso las múltiples formas en que la búsqueda de BRI ha sido muy contraproducente para China. Entre otras cosas, esto comprende: 1) un escaso rendimiento de las enormes inversiones realizadas por las empresas chinas dirigidas por el Estado que participan en dicho proyecto; 2) importantes reacciones políticas contra la presencia de China en países como Birmania, Pakistán, Malasia, Bangladesh, Sri Lanka y las Maldivas; y 3) quizás lo más revelador, la intensificación de la corrupción en los círculos políticos y empresariales chinos en una nación que ya está inundada de corrupción. Estados Unidos no tiene motivos para atraer problemas similares sobre sí mismo.

En segundo lugar, las actividades económicas legítimas deben distinguirse de las que no lo son. La competencia, por ejemplo, es una cosa. Robar es un asunto completamente diferente. Las empresas y los ciudadanos chinos se dedican a robar activamente la propiedad intelectual en los sectores de servicios y conocimientos de la economía de los Estados Unidos. No es sólo que tal robo sea erróneo en sí mismo o que socave directamente a las compañías de manufactura de alto valor agregado de Estados Unidos. Mucha de la tecnología robada será usada para mejorar las fuerzas militares y de seguridad chinas.

Abordar este problema requiere que el gobierno de los Estados Unidos continúe enfrentando el liderazgo de China sobre este tema, y que procese fuertemente a los nacionales chinos y a las empresas que se dedican a estas prácticas. Muchos estadounidenses, sospecho, se sorprenderían al saber que, hasta 2018, hubo relativamente pocos procesamientos de este tipo. Ahora se han intensificado y, como muestra la reacción de Huawei, a China no le gusta.

El tercer aspecto del restablecimiento de la relación comercial tiene menos que ver con China y más con Estados Unidos. Necesitamos un debate serio sobre qué productos y servicios tienen realmente una dimensión de seguridad nacional y cuáles no.

Los comerciantes libres, desde Adam Smith en adelante, han reconocido que la seguridad nacional es una excepción política legítima a la liberalización del comercio. Pero tomar esas determinaciones es más fácil de decir que de hacer. Por un lado, productos muy sencillos, como, por ejemplo, las mascarillas quirúrgicas, pueden convertirse repentinamente en necesidades. Ningún país querría estar a merced de un régimen como el gobierno chino para el suministro de estos y otros productos médicos en tiempos de crisis.

Al mismo tiempo, las concepciones elásticas de seguridad nacional se extienden invariablemente para racionalizar todo tipo de intervenciones gubernamentales injustificadas en la economía. También ofrecen oportunidades para un amiguismo generalizado, ya que diversas empresas insisten en que hacen una contribución indispensable a la seguridad nacional y, por lo tanto, merecen protección arancelaria, subvenciones u otro tipo de apoyo gubernamental de esa naturaleza.

Por difícil que sea hacer esas evaluaciones, son sin embargo esenciales para cualquier replanteamiento de la relación comercial entre los Estados Unidos y China, un replanteamiento que sólo se hace más urgente por el comportamiento de China durante la pandemia del coronavirus. Estados Unidos no puede pretender que China se convierta inexorablemente " igual que nosotros". Debe rechazarse el determinismo económico que subyace en tales afirmaciones. Los Estados Unidos tampoco pueden pretender que la retirada sistemática de un mercado de 1.400 millones de personas no represente la pérdida de enormes oportunidades económicas para las empresas estadounidenses, cuyo costo sería asumido por muchos trabajadores estadounidenses y por todos los consumidores.

La armonización de estas realidades requerirá sutileza de pensamiento y una clara comprensión de las características. Pero si alguna vez hubo un momento para el verdadero arte de gobernar -económica y políticamente- respecto a China, es seguramente ahora.

Traductor: Jair Peña Gómez

Publicado originalmente en Acton Institute: https://blog.acton.org/archives/115895-what-to-do-about-china__trashed-2.html