LA PRIMERA Y ÚLTIMA HORA DEL AMOR

Conocerla, para Alejandro, fue algo curioso. Siempre escuchó a los demás hablar del "amor a primera vista" pero, tanto para él como para la mayoría de las personas, no resulta lógico que con una mirada a la izquierda, en un instante, pudiera enamorarse perdidamente. Con todos sus prejuicios, aquel día confirmó esa posibilidad, y otra, que podía volverse a enamorar.

 

Dicen que la verdadera muerte es el olvido, y que por esa razón la memoria, o mejor, la ausencia de ella es el arma más cruel. Lo contrario al olvido es el recuerdo. Una casa se construye siguiendo un orden, primero los planos, luego las bases, columnas, paredes, vigas, etc., al igual que un recuerdo, empieza por algo muy básico, un momento preciso, una situación concreta que sigue un curso de extrema casualidad o planeada exactitud hasta implantarse en la cabeza. La casa puede ser destruida fácilmente, pero los recuerdos de lo vivido en ella no tanto. 

 

Un día de sol mañanero, alrededor la risa y los gritos y uno que otro llanto de niños jugando, eso debería significar sosiego, alegría o ternura, pero en la última hora del amor, amarga el corazón a tal grado que, en el caso de Alejandro, al trasladarse con su mente a ese tiempo y lugar, no escucha nada distinto a un cristal quebrándose en decenas de trozos.

 

Las lágrimas se asoman y empañan sus ojos, sabe que la decisión es injusta, "el amor no es para cobardes, un cliché cierto”, se dice, mientras la escucha hablar.

 

La adora, abandonar siete años, con, y en una persona no es sencillo, pero se enamoró y no precisamente de ella.

 

Se odia porque sabe bien que le dolerá, la lastimará. Sabe también que, a diferencia de él, ella lo ama, pero ¿se puede renunciar a amar por ser amado? “No, claro que no”, le dicta su mente. Amar llena el alma, más aún si es recíproco y es consciente de que a ella no se lo da, o que él no se sabe, o no se puede dar.

 

Toma su mano y la gira poniéndose cara a ella, fijo en sus ojos busca algo a lo que aferrarse o algo para desprenderse, no lo encuentra. "Es injusto, es cruel, es cobarde" pensó, "pero alargarme en preguntas y respuestas hará más insufrible su dolor".

 

La besa tristemente, depositando en sus labios el cariño que por ella tuvo, le quita la mirada y la pone en la ventana, la vuelve a mirar, le tiemblan las piernas, los brazos, la voz… Solo atina a decir:

 

- Me enamoré...

FELIPE ARIZA