¡PELIGRO!

Por: Santiago Castro Agudelo

Un reciente informe del Banco Mundial sobre la economía en tiempos del COVID-19 pronostica un crecimiento económico negativo de 4,6% y 2,0% en América Latina y Colombia, respectivamente. Entre otras cosas, sugiere que la dependencia económica de los recursos naturales y la tendencia hacia enfrentar el malestar social con más gasto público, sumado a la gravísima tasa de informalidad y a las protestas violentas, fueron el caldo de cultivo para una situación en la que los gobiernos tienen un difícil marco fiscal para reaccionar ante una crisis, como la que se deriva de la actual pandemia.

 

Palabras más palabras menos, los gobiernos vivían a ras, tratando de enfrentar el descontento de algunos con promesas de más gasto, mientras las fuerzas de seguridad quedaban a su suerte por tratar de hacer valer la Constitución y las leyes. Hoy es un peligro hacer cumplir la ley, pues nunca sabremos en qué momento un togado definirá que la interpretación era otra.

 

El COVID-19 es la cereza de un pastel que se preparó y se horneó mal, muy mal. Por alguna extraña razón, permitimos que en las calles se impusiera lo que se perdió en las urnas, que el Congreso orquestara los peores escenarios de negociación, donde lo mejor era aumentar el gasto público, siempre que cada uno pudiera definir a qué grupo de electores beneficiaría, en aras de mantener su relación clientelar.

 

Es un peligro sugerir que el salario mínimo responda al costo de vida de cada municipio. Es más fácil gritar a los cuatro vientos que se sube para beneficiar a los trabajadores, a pesar de que muchos puedan perder su trabajo por ello. Es un peligro decir que en un municipio rural el salario mínimo podría ser el 70%, o incluso menos, que el salario mínimo de Bogotá y que no tendría porqué haber pagos a las cajas de compensación, que en esos lugares no ofrecen servicios. Es más fácil ofrecer transferencias directas y “condicionadas” para que las familias estén en acción.

 

Es un peligro ofrecer puestos de trabajo formales con ingresos netos de quinientos mil pesos y un horario de 48 horas de trabajo a la semana en municipios donde hay poco o no hay empleo. Es más fácil ofrecer pagos de entre cien y doscientos mil pesos mensuales por hacer poco o nada, siempre que vote juicioso el beneficiario de esa “ayuda”.

 

Gritan a los cuatro vientos que quienes sugerimos salario mínimo diferencial por regiones somos unos inconscientes, pero no dicen nada sobre la mitad de los colombianos que viven en la informalidad y que no encuentran empleo por lo costoso que resulta para las pequeñas empresas emplearlos. Defienden a los pensionados, no a los del mínimo, con pensiones altas y subsidiadas por las nuevas generaciones. Es un peligro decir con franqueza que una pensión de veinte millones de pesos recibirá un subsidio cercano a los 900 millones de pesos por parte de las nuevas generaciones y es aún más peligroso denunciarlo y perder la pensión a la que aspiran, después de una vida dedicada a recibir puntualmente el salario que entre todos les pagamos.

 

Es un peligro reconocer que un país como Colombia no se puede dar el lujo de tenerle a cada congresista una Unidad de Trabajo Legislativo de 50, sí cincuenta, salarios mínimos mensuales. Es más fácil “cuadrar” a los líderes prometiéndoles que en algún momento estarán ahí, con salarios que empiezan en tres SMMLV y van hasta los 15 SMMLV ($2.663.409 - $13.167.045).

 

En últimas, es un peligro ir “a las cosas”, a lo que verdaderamente importa. Es más fácil seguir en lo que un buen amigo mío y un escritor han llamado “Absurdistán”.