REFLEXIONES EN TORNO AL PARTIDO LIBERAL COLOMBIANO

Por: José Hofmann Delvalle

El pasado 16 de Julio, el Partido Liberal Colombiano cumplió 172 años de historia. Junto con el Partido Conservador, construyó la República desde mediados del siglo XIX hasta inicios del siglo XXI, durante un periodo de 150 años y es uno de los 10 partidos más antiguos a nivel mundial.

Por estas razones, vale la pena reflexionar sobre el Partido Liberal Colombiano, analizar su pasado, presente y futuro, máxime cuando quien escribe estas líneas, tiene un lazo sentimental fuerte con esa colectividad, como quiera que fue su militante activo durante varios años y su abuelo, Efraím S. Delvalle, fue presidente del Congreso en 1949, en su condición de gaitanista.

Así, en primera instancia, sea lo primero indicar que el Partido Liberal Colombiano, es casi el único que existe en el mundo con tal nombre.

En efecto, en todos los países del mundo donde existía un partido “liberal”, el mismo desapareció, como quiera que su campo de acción se encontraba circunscrito a una coyuntura histórica muy concreta: la lucha de la ascendente burguesía por consolidar sus fueros y los del individuo por un lado, frente al estado feudal de carácter estamental, por el otro.

Por eso, cuando la burguesía se fortaleció, imponiendo con ello la democracia, las libertades del individuo y la economía de mercado como sistema prevalente en el mundo occidental, los partidos liberales perdieron la coyuntura histórica en la cual crecieron y fueron desapareciendo en diversos países, desde Venezuela y Chile en el siglo XIX, hasta Inglaterra a principios del siglo XX. La discusión alrededor de la libertad y el sistema político a imponer, fue siendo paulatinamente reemplazada por la confrontación por la tenencia de los medios de producción y la lucha de clases.  

Es necesario que el liberalismo, asuma una actitud afirmativa y propositiva frente a los problemas nacionales de nuestro tiempo

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En el caso colombiano, la ausencia de regímenes dictatoriales –con excepción del bastante particular del General Rojas Pinilla- y el tardío desarrollo de una clase obrera en el marco de las relaciones industriales, logró que el Partido Liberal consolidara su vigencia hasta bien entrado el siglo XX y se encuentre en funcionamiento al día de hoy, como caso casi único en el mundo occidental.

En nuestro caso, el Partido Liberal Colombiano, fue lo más parecido al PRI mexicano a nivel latinoamericano. En efecto, desde 1930 hasta 2002, la colectividad roja obtuvo, en forma ininterrumpida, mayorías absolutas tanto en el congreso nacional como en los concejos locales y gobernó desde la terminación del Frente Nacional hasta el fin del siglo XX, con las excepciones de los conservadores Belisario Betancur y Andrés Pastrana, quienes llegaron al poder no como tales, sino respaldados en coaliciones suprapartidistas.

Tal posición, casi hegemónica, empezó a desvanecerse en forma imperceptible en 1978. Desde entonces, elección tras elección, el Partido Liberal Colombiano fue reduciendo en forma paulatina sus guarismos electorales, hasta llegar a tener en 2018 un pírrico 2% en las elecciones presidenciales y una muy reducida bancada en el Senado de algo más de 10 integrantes. Adicionalmente a ello, hechos recientes indican que los resultados de 2022, serán aún peores.

Es decir, el otrora “glorioso” Partido Liberal Colombiano está en proceso de lenta agonía. Para revertir y superar esta situación -común a otras agrupaciones políticas-, sus directivas deberían en primera instancia, aceptar la gravedad de la crisis que se empeñan tozudamente en negar; segundo, recordar, como diría el expresidente Alfonso López Michelsen, que “al liberalismo en su historia lo han resucitado las ideas, no los puestos ni el dinero”.

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Para ello, es necesario que el liberalismo, asuma una actitud afirmativa y propositiva frente a los problemas nacionales de nuestro tiempo como lo son la distribución del ingreso, el abordaje del conflicto armado,  el tránsito de un poder territorial centralizado a un país de regiones, la reforma agraria, la expedición del estatuto del trabajo consagrado en la constitución de 1991, la revisión de las actuales formas de gestión universitaria, la apertura de un debate franco entorno a los derechos reproductivos de la mujer, etcétera.

Tal proceso de construcción programática, no puede hacerse en forma aislada sino participativa, incorporando para ello, dentro de la estructura partidaria, a las redes sociales, los activistas, líderes sociales y ciudadanos del común, debiendo ir acompañada por un esfuerzo tanto dentro como fuera del partido para que se adopte un programa unificado, así como las listas cerradas en la elección a corporaciones públicas, previa implantación de la figura de la consulta popular interna como instrumento principal para tomar y dirimir situaciones políticas.

En el mundo de la centro izquierda o el centro progresista –al que el autor de estas líneas siempre ha pertenecido-, la reciente experiencia del PRI en México, el APRA en el Perú, el Socialismo y la Democracia Cristiana en Chile, así como del propio Laborismo Británico, indica que, si una organización política quiere salir del ostracismo electoral e incluso retomar el poder, resulta indispensable que se renueve ideológicamente tras un amplio proceso deliberativo y sacuda sus viejas estructuras, poniendo la voluntad popular como eje en la toma de sus decisiones trascendentales.

De lo contrario, la estructura política, en este caso el Partido Liberal Colombiano, tenderá irremediablemente a desaparecer en el mediano plazo. No obstante, para quien escribe éstas líneas, así como para un amplio sector de los estudiosos de la ciencia política, la democracia seguirá requiriendo partidos progresistas de carácter ideológico –bien inspirados en el humanismo cristiano o laico- que sirvan como intermediarios entre el ciudadano, sus requerimientos y los entes del orden estatal. Porque lo cierto es, que si las personas no encuentran medios institucionales para tramitar sus reclamos, acuden al peligroso e incierto camino de las vías de hecho, como ya lo podemos notar en la actual conflictividad social creciente y las protestas vandálicas del año anterior.

No en vano, Alfonso López Pumarejo, probablemente el mandatario más reformista del siglo XX colombiano, sostenía “la labor de un gobierno autenticamente democrático es buscar por medios pacíficos y constitucionales, todos aquellos objetivos de justicia que una revolución pretende alcanzar mediante el ejercicio de la violencia”. A quien escribe éstas líneas, le asiste idéntica e irrevocable convicción.

Puntillazo Final. No salió electo Iván Marulanda como presidente del Senado; en todo caso, la victoria moral de antemano es suya y su vida entera, es la comprobación de que la actividad pública en Colombia puede ser todavía ejercida con decoro y dignidad personal. Auténtico heredero espiritual de Luis Carlos Galán.