PARA UNA DEMOCRACIA RAZONABLE

Por: Jaime Nubiola

Me impresiona cómo los gobernantes de mi país y de muchos otros desprecian sistemáticamente la racionalidad: solo parece interesarles el mero poder, por lo que, lamentablemente, ni siquiera pretenden que sus actuaciones y sus decisiones resulten razonables a la población.

 

Un caso particular de esto son las notorias incongruencias de nuestros gobernantes, al menos en mi país, que pone de manifiesto la gestión de la crisis sanitaria creada por la pandemia del coronavirus. Por ejemplo, el jueves 2 de abril, el ministro español de Sanidad —un filósofo dedicado desde hace años a la gestión política— daba datos sobre el número de infectados y de fallecidos, aun sabiendo que los datos que proporcionaba eran del todo desajustados. Hasta el momento no se han hecho test a millares de infectados, y no se cuentan como fallecidos con el virus a los que han muerto sin haberles hecho previamente el test, entre estos, varios millares de ancianos de centros residenciales. La escena resultaba patética, tratando de defender unos datos que el propio portavoz advertía —sin estar dispuesto a admitirlo— que eran del todo insuficientes.

 

A muchos les llama la atención lo rápido que los políticos cambian de parecer en temas importantes, arrastrados quizá por las circunstancias del momento. Donde antes decían rotundamente "blanco", ahora dicen "negro", sin pestañear y sin aportar ninguna explicación del cambio, aun cuando sus oyentes estén persuadidos de que la realidad se ajusta más a alguno de los muchos y variados tonos de grises.

 

A mí lo que más me impacta es el completo desinterés de los políticos por las razones de quienes piensan de manera distinta a la de ellos: ahí —me parece a mí— es donde se encierra su mayor desprecio de la racionalidad. Quizá se creen ingenuamente que por haber sido elegidos democráticamente son dueños de la verdad —o como ahora se dice «dueños del relato»— y, por tanto, no tienen nada que aprender de quienes tienen opiniones distintas a las de ellos. Sin embargo, si queremos que nuestro sistema democrático sea razonable, hemos de cambiar decididamente esas actitudes dogmáticas. En el Congreso de los Diputados u otras instituciones representativas lo importante no ha de ser el número de votos con los que se cuente, sino las mejores razones que puedan ofrecerse en apoyo de una posición determinada. Esta fue la convicción ilustrada de la que nacieron los parlamentos modernos: como la razón progresa a través del libre intercambio de opiniones, el parlamento sería —copio de un manual de Derecho Constitucional— «un foro de discusión racional que alumbraría la verdad por el peso de los mismos argumentos esgrimidos en el diálogo».

 

En la actual crisis sanitaria, el clamor de la sociedad demandando una acción cooperativa de políticos, científicos y pensadores sociales para estudiar los problemas y arbitrar juntos respuestas comunes es un buen ejemplo de lo que nuestra democracia necesita. En contraste con ese clamor, la imagen del Congreso español con dos docenas de diputados recriminando sus torpezas al gobierno resulta muy ilustrativo de la peor enfermedad que acosa a la democracia española.

 

Precisamente, la intuición central de John Dewey —uno de los grandes filósofos pragmatistas defensores de la democracia— es que las cuestiones sociales no deben quedar sustraídas a la razón humana proseguida colectivamente. La misma razón humana que con tanto éxito se ha aplicado a las más diversas ramas científicas se ha de aplicar también a arrojar luz sobre la mejor manera de organizar la convivencia social y política. Para Dewey la democracia es una forma de vida y un sistema de organización social. La democracia —escribe— “es una concepción social, lo que equivale a decir, una concepción ética, y en base a este significado ético está conformado su significado como forma de gobierno. La democracia es una forma de gobierno solo porque es una forma de asociación moral y espiritual”.

 

«¿Qué piensan los que no piensan como yo?» se titulaba un sugestivo programa de coloquio de una televisión latinoamericana. De eso se trata, de entender las razones que asisten a quienes piensan de manera distinta a la propia, persuadidos de que podemos aprender de ellos.

 

Esta defensa del pluralismo implica una concepción solidaria y multilateral del conocimiento humano. Esto no significa afirmar que todas las opiniones son verdaderas —lo que además resultaría contradictorio—, sino más bien que ningún parecer agota toda la realidad, esto es, que una aproximación multilateral a un problema o a una cuestión es mucho más rica que una limitada perspectiva individual. Las diversas descripciones que se ofrecen de las cosas, las diferentes soluciones que se proponen para un problema, reflejan de ordinario diferentes puntos de vista. No hay una única descripción verdadera, sino que las diferentes descripciones presentan aspectos parciales, que incluso a veces pueden ser complementarios, aunque a primera vista quizá pudieran parecer incompatibles.

 

No todas las opiniones son igualmente verdaderas, pero si han sido formuladas seriamente, en todas ellas hay algo de lo que podemos aprender. Una sociedad solo es democrática si es razonable, esto es, si nadie en ella se considera el dueño de la verdad y, por tanto, está dispuesto a aprender de los demás. Como ha escrito la valiente filósofa chilena Alejandra Carrasco: "La verdad que se cree no es verdad porque se cree, sino que se cree porque es verdad". Esto es así no solo en el ámbito personal, sino también y sobre todo en el espacio público.

 

 

Pamplona, España, 15 de abril 2020.