PARA QUÉ SIRVEN

LAS HUMANIDADES

Por: Camilo Noguera Pardo

Director y fundador  de la Revista Colombiana de Estudios Hispánicos; Director académico del Centro para el Desarrollo Humano Integral de la U. Sergio Arboleda 

 

El prestigioso filósofo español José Ortega y Gasset, cuya pluma y erudición han sido corroboradas por la historia del pensamiento occidental, describió la tragedia de la incultura que resulta de una educación excesivamente pragmática y especializada: «falta a nuestra época la conciencia de la cultura (…) es la incultura del sabio médico, del sabio ingeniero, del sabio jurista, la ignorancia de lo general que padece el sabio de lo especial». Cuánta razón tuvo Ortega y cuán premonitoria fue su reflexión, especialmente ahora en que los gobiernos, tanto o más que los sistemas educativos y la opinión popular, insisten en una educación mercantil, tutora de las ciencias duras y apática de las artes liberales, en las que reside la educación humanística.

El pensamiento de Ortega no es arcaico. Todo lo contrario. Su actualidad es tal que reconocidos pensadores del siglo XXI y academias de altísima calidad han venido articulando pedagogías y discursos cuyo propósito es defender a las humanidades y su inclusión en todo currículo educativo, con la convicción de que las humanidades permiten el florecimiento humano y facultan a los individuos para pensar contra la barbarie. Sin embargo, lo que resulta evidentemente escandaloso es el hecho de que gobernantes, políticos, rectores, decanos e incluso padres de familia insistan en desconocer el criterio de los expertos y estimulen a mirar a las humanidades como simples ornamentos. Esto, sin duda, es la consecuencia más inmediata de la desnaturalización que actualmente sufre la educación; desnaturalización que se resume en transar la universidad y su espíritu de academia por empresas, cuya única apetencia es percibir la mayor cantidad de ingresos, fabricar la mayor cantidad de títulos, graduar el mayor número de estudiantes y figurar en los primeros lugares de los rankings, independientemente de si estos cumplen o no con criterios serios y adecuados para evaluar la calidad académica y la pertinencia social.

Una de las consecuencias de lo anterior es, como lo prueba reiteradamente la experiencia, el surgimiento de democracias débiles, corruptas y violentas, conformadas por ciudadanos incapaces de entender adecuadamente un programa de gobierno y, precisamente por eso, víctimas fáciles de la influencia mediática.

Las humanidades deben ocupar un lugar privilegiado en todo proceso formativo. Es necesario formar para la ciudadanía, no para la chequera. La falta de ética es una garantía de crueldad para cualquier sociedad. Nuestra realidad nacional requiere, especialmente ahora que se debe transitar de la violencia a la reconciliación, desarrollar capacidades ciudadanas específicas en los individuos, las cuales no florecen, sino después de un contacto permanente y serio con las humanidades.

De manera que si aún hoy alguien se preguntara ¿para qué sirven las humanidades?, le daría aquí una brevísima enumeración: las humanidades facultan al ser humano para desarrollar su pensamiento crítico y capacidad de análisis, su imaginación narrativa, su respeto por la diversidad, su comprensión por lo minoritario, su sensibilidad artística, su inteligencia lingüística, su inteligencia interpersonal, su inteligencia histórica y su inteligencia intrapersonal. Todas estas facultades forman para la ciudadanía y el ejercicio democrático maduro, garante de las libertades de expresión y protector de los derechos humanos, ambas condiciones ineludibles para construir el horizonte civil, combatir la apatía cívica y su individualismo extremo, así como la mercantilización de la vida social, el pragmatismo educativo y la corrupción política, entre tantos otros malestares de nuestro tiempo.

 

Originalmente publicado en el diario El Espectador, Colombia, Noviembre de 2016