CARO Y LA PALABRA COMO ARMA POLÍTICA

Por: Jonathan Delgado

“Sería necesario desnaturalizarnos para poder vivir bajo un gobierno absolutamente libre; sería preciso mudar nuestros hábitos y costumbres y hacernos austeros y desprendidos de nuestras viles pasiones o renunciar a la quimera de nuestros proyectos”.

Simón Bolívar al Mariscal Sucre, abril 26 de 1825

 

Es mejor ser políticamente incorrecto y honrar a la verdad, la libertad debe tener límites, la igualdad solo es viable ante la ley justa, la propiedad privada es un derecho fundamental, por eso no nos dejemos engañar por los promotores de la barbarie que ante la imprecisión de sus argumentos por incapacidad de aceptar la realidad, pretenden romper lo evidente y negar aquello que vive en las palabras y el uso del lenguaje, ya que ante la falta de argumentos para rebatir el entorno siempre recurren, como herramienta a la tendencia de todo pensamiento bizarro que depende de una teoría para justificar lo injustificable.

Muchos académicos del nuevo orden han pretendido desdibujar y deslegitimar la figura de Miguel Antonio Caro, pues es innegable que a nivel latinoamericano era la persona con más alto sentido estético en cuanto al uso de las palabras, él no permitía desnaturalizar la realidad, y esa cualidad que caracterizaba al fundador del Tradicionista la destaco Malcom Deas al evidenciar que del adecuado uso de las palabras se construía: “la verdadera hegemonía conservadora”[1], del que dependía el correcto uso del poder, porque valga la aclaración ser conservador implica conocer la realidad viviente representada. Cualidad destaca en la monografía de grado de Alejandro Quintero Mächler titulada “Miguel Antonio Caro, satírico y satirizado”[2], aunque la ironía en mi humilde opinión siempre la sufrieron los detractores políticos del hombre que jamás salió de Santa fe de Bogotá.

Así sin el ánimo de menospreciar a don Rafael Núñez el hombre de mundo, se logra intuir  el -escalofrío- que debió sentir un liberal resignado y consiente como lo era él, al medirse y confrontarse con un hombre como don Miguel Antonio, pues era casi que incuestionable que los fariseos, apostatas y herejes y los hijos de la falsa libertad e igualdad, no tenían más remedio que ceder ante el pensamiento político que demostraba el vínculo entre él -lenguaje, la moral, la literatura y el antecedente hispanoamericano-, algo que debió ser muy espinoso para un hombre tan lleno de “cosmos anglosajón” y de formación materialista.

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La evidente superioridad intelectual, la precisión en el manejo del lenguaje y el juego del poder que lograba don Miguel, frente a sus adversarios políticos era de temer, toda vez que dejaba en evidencia el oscurantismo liberal sobre el que suelen sustentar de manera supina la argumentación del “Olimpo Radical”, pues sabia y era consciente de la gabela y el contexto que cada palabra tenía como arma política, algo parecido a lo que fue expuesto por don Nicolás Gómez Dávila en uno de sus escolios en los siguientes términos: “El liberalismo resulta desfavorable a la libertad porque ignora las restricciones que la libertad debe imponerse para no destruirse a sí misma”.[3]

Y valga la afirmación socarrona, ya que los “Liberales Radicales” y su Constitución de 1863 eran el reflejo mímico de Núñez frente a una: "“Atenas suramericana” sin Acrópolis ni Partenón"[4], donde el mayor representante y prodigio era Miguel Antonio Caro, en otras palabras, en una ciudad liberal el que más brillaba por su erudición era promotor de la “Santa Fe”, de Bogotá, un católico convencido, el fundador del Partido Conservador.


Tanto temor infundía el conocimiento de Caro que al gobierno liberal de Aquileo Parra en un acto dictatorial expropio el periódico “El Tradicionista”, lugar donde las mentes más brillantes y valientes de la época, promovían la creación de un partido católico para la república muy lejos de la propuesta radical del poder dominante de ese entonces.


En ese orden respetado profesor Mario Huertas, en atención a su última columna para este medio creo que nos obliga el momento histórico de exponer de forma descarnada y cruda la verdad sobre el “Olimpo Radical y su fruto la Constitución de Rionegro” así como otras cosas, toda vez que es el punto forzoso de encuentro entre don Miguel Antonio Caro y Rafael Núñez, periodo histórico apenas comparable por el daño causado al país por la Constitución del 1991 y el Proceso de Paz de La Habana a Colombia, que no trajeron ni paz, ni orden, ni justicia, ya que son golpes de estado disimulados vestidos con una falsa democracia. Sobradas razones y hechos notorios saltan a la vista para hacer la anterior afirmación.


Nota: Liberales ultracatólicos no existen, así como la ausencia de la guerra no significa que exista paz, porque la historia nos lo enseñó en los campos de concentración de Hitler y los procesos de purga de Stalin, ambos hijos del socialismo, el totalitarismo, el materialismo y el vulgar igualitarismo.

[1] Deas, Malcolm, “ Miguel Antonio Caro y amigos: gramática y poder en Colombia”, en: Del Poder y la Gramática y otros ensayos sobre historia política y literatura colombianas, Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1993.

[2]Quintero Mächler  Alejandro “Miguel Antonio Caro, satírico y satirizado” Monografía de grado Director: Sergio Mejía Departamento de Historia Universidad de los Andes Bogotá Mayo, 2009

[3] Gómez Dávila, Nicolas, Sucesivos Escolios a un Texto Implícito, Instituto Caro Y Cuervo Santa Fe De Bogotá 1992, pág. 127

[4] Montaña Cuéllar, Diego, Colombia, País formal y país real, Editorial Latina, Bogotá, 1977, pág. 23. Más allá del comentario sarcástico de Montaña Cuéllar, sí se ha afirmado que la ciudad capital sufrió un ritmo más rápido de cambio en las décadas de 1870 y de 1880, cambio que se venía acelerando paulatinamente desde los cincuentas. En 1865, por ejemplo, se terminó de instalar el telégrafo eléctrico. El ejercicio de las letras y en general la vida intelectual florecieron. Citando a Jaramillo Uribe, “Mas a pesar del lento cambio de la civilización material, Bogotá conoció en este lapso una de las épocas más brillantes de su vida intelectual. La prensa, la educación y las tertulias literarias florecieron como nunca”. Jaramillo Uribe, Jaime, “Perfil histórico de Bogotá”, en Ensayos de historia social, Ceso, Uniandes, ICANH, Colciencias, Alfaomega, Bogotá, 2001, pág.  210.  El mote de “Atenas Suramericana”, que tantos debates ha suscitado acerca de su precisión y conveniencia, salió de los labios del español Marcelino Menéndez y Pelayo, admirador de Caro y de Cuervo.

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