NI UNA MÁS, NI UNA MENOS

Por: Gloria Díaz Martínez

En los últimos cuatro días se han registrado en el país unos cinco feminicidios, siendo esta la más cruda expresión de la violencia de género. Situación que parece increíble en un país como el nuestro, en el que pareciera que las mujeres estamos cada día más empoderadas y activas en nuestros roles, y por lo tanto, se infiere, más protegidas al amparo de una legislación que está llamada a reprimir con severidad este fenómeno delictivo.

Según el Instituto Nacional de Medicina Legal (INML), a noviembre de 2019 se registraron 796 casos de feminicidio en el país y 23.189 casos de mujeres que se encontraban en riesgo extremo de ser víctimas de este tipo de violencia, ubicadas principalmente en ciudades como Bogotá y Medellín. Por otro lado, según cifras más recientes de esta entidad, 315 mujeres han sido asesinadas en lo corrido del 2020, sin contar 91 casos que están aún por determinar.

El Instituto también reveló que entre enero y mayo del año en curso se han registrado 16.473 casos de mujeres que fueron víctimas de violencia intrafamiliar, delito tipificado en el artículo 229 del Código Penal Colombiano como una conducta de maltrato físico o psicológico que puede ser contra cualquier integrante de la familia. Adicionalmente, la mayoría de los casos han tenido lugar en Bogotá, Antioquia, Cundinamarca y Valle del Cauca, regiones que concuerdan con el estudio realizado a finales del año pasado por el INML, en el que se alertó principalmente a Bogotá y Medellín, acerca de la concentración de casos de mujeres en riesgo extremo de ser víctimas de feminicidio.

Sin embargo, una de las realidades que más preocupa es que estas no son las únicas cifras y menos aún las definitivas o verdaderas, ya que muchas conductas que se consideran feminicidas o tipificadas como violencia intrafamiliar, conforme a la descripción legal de los delitos, no son consideradas como tales por las autoridades encargadas de su investigación y juzgamiento, dejando por fuera una cantidad de casos significativa, y generando un subregistro que puede llegar a ser de hasta 2 millones de víctimas.

Como mujeres nos merecemos un mundo donde seamos libres del miedo a ser violentadas, violadas y asesinadas, un mundo en el que seamos protagonistas en la toma de decisiones respecto a nuestra vida, nuestras ciudades y nuestra sociedad.

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En los casos más recientes como el de Heidy Johana y su hija de cuatro años en el barrio de Kennedy en Bogotá, así como el de Daniela Quiñonez, una estudiante de 23 años de la ciudad de Medellín, ha quedado claro que la intención del delito se deriva del machismo de quienes han decido perpetrar los hechos.

En este sentido, los feminicidios, y en general todas las violencias contra las mujeres, son delitos que, tanto en el momento en el que ocurren los hechos como en los posteriores a estos, tienen lugar una serie de condiciones de desigualdad, invisibilidad, e incluso, en algunos casos, de ineficaz acceso a la justicia. Definitivamente, el alto grado de impunidad y el machismo siguen siendo alicientes para que el crimen no ceda.

Es concerniente decir que estamos frente a un problema estructural que afecta indiscriminadamente todas las capas sociales en todas sus dimensiones. Según cifras proporcionadas por la  Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada tres mujeres en el mundo (35%) ha sufrido violencia física y/o sexual de pareja, y un tercio (30%) de las mujeres que han tenido una relación de pareja refieren haber sufrido alguna de estas formas de violencia. Así mismo, el 38% de los asesinatos de mujeres que se producen en el mundo son cometidos por su pareja masculina, situación que también evidencia el INML, señalando que el victimario suele tratarse de la pareja o excompañero sentimental, quien decide perpetrar el delito usualmente en las viviendas de las víctimas mujeres (59.1%).

Como sociedad debemos reevaluarnos y entender que hay aún mucho camino por recorrer en defensa del papel de la mujer, en la reivindicación de sus reales condiciones de igualdad y la exigencia de una respuesta efectiva, eficaz y oportuna de la institucionalidad. Como mujeres nos merecemos un mundo donde seamos libres del miedo a ser violentadas, violadas y asesinadas, un mundo en el que seamos protagonistas en la toma de decisiones respecto a nuestra vida, nuestras ciudades y nuestra sociedad. Un mundo en el que la prioridad sea el respeto y la defensa de la vida en todas sus formas.

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