NECESITAMOS CONSUELO EN NUESTRA SOCIEDAD

Por: Jaime Nubiola

 

Las semanas o meses de confinamiento por el coronavirus han agudizado en muchas personas independientes, que viven solas, una dolorosa sensación de soledad y, en algunos casos, un miedo enorme a contraer la enfermedad, un verdadero pánico. Todos hemos podido comprobar además que el consumo compulsivo de noticias sobre la pandemia incrementaba todavía más esa sensación de vulnerabilidad ante el posible contagio.

 

¿Qué podemos hacer en esta situación? Lo primero es el acompañarnos mutuamente, pues —como escribía Mons. Fernando Ocáriz en su mensaje del 20 de julio— «de estar acompañados puede surgir un verdadero consuelo». De ahí brota esta reflexión. No sé por qué venía a mi memoria algo que contaba en uno de sus libros mi tío Ramón Nubiola (1907-1991), misionero jesuita en la India desde el año 1934 hasta su muerte. Acudía a visitar a los enfermos de un mísero hospital en Talasari. En una cama había una mujer que hablaba una de las lenguas de la India, para él totalmente desconocida. No era posible la comunicación, pero mi tío sacaba su breviario y se ponía a leerlo al pie de la cama durante media hora o el tiempo que le llevara. Al retirarse, la enferma —con la que no había podido cruzar ni una sola palabra— le agradecía efusivamente con los ojos el rato de compañía que le había regalado. Acompañarnos, aun en silencio, nos dice mucho sobre el amor.

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El escritor inglés Ray Monk organizó su impresionante biografía del filósofo Bertrand Russell (1872-1970) en torno a la tensión entre dos polos extremos. Por un lado, la soledad, que resultaba para Russell tan erosionante y que le llevó desde la infancia a la tentación del suicidio; por otro lado, la convivencia con otras personas, que le llevaba al conflicto permanente y, en última instancia, a la locura. Cuando conté esto en una clase, un alumno aventajado me dijo que más o menos eso es lo que nos viene a pasar a todos: aunque anhelamos el trato con los demás, al tropezar con dificultades en ese trato nos retiramos a la soledad, nos encerramos en nosotros mismos. Me parece que aquel alumno tenía razón: buscamos el cariño de los demás y al chocar con ellos — o al no sentirnos correspondidos, es decir, al no sentirnos queridos— nos retraemos para evitar los conflictos.

 

En mis conversaciones con alumnos descubro con frecuencia que en muchos hogares hay un ambiente de agresividad con abundantes discusiones, a veces incluso con gritos o al menos con voz fuerte. El lugar donde todos deberían quererse y cuidarse se convierte en bastantes ocasiones en un avispero, del que los jóvenes querrían huir si tuvieran los recursos económicos para ello.

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Foto: La Vanguardia

Esta semana me escribía una mujer que vive en un entorno familiar así. Y le contestaba: «Gracias por lo que me dices, pues reconocer esta agresividad es el primer paso para poder cambiar de actitud. El primer mandamiento es escuchar a los demás; el segundo, sonreír siempre y jamás elevar el tono de la voz (ni por supuesto dejar que te griten); el tercero es pedir perdón por lo que les hayas gritado a los demás de tu casa y pedir su ayuda para que logréis cambiar el tono agresivo de vuestra convivencia familiar. Yo defiendo mucho los besos, los abrazos, las caricias y el decir que nos queremos: hazlo y verás cómo todo cambia, pues todos estamos muy necesitados de querer y sentirnos queridos».

 

Después de escribir esas líneas, daba un paseo al caer la tarde por la población catalana de Caldes de Malavella donde pasaba unos días de descanso. Me encontré pintada en una pared del instituto local aquella frase de Nelson Mandela: «La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo». Y me decía a mí mismo: no basta con eso, no basta con la educación. Hace falta también cariño, amabilidad, aprender a acompañarnos unos a otros, aprender —como ahora se dice— a empatizar, a dedicar tiempo y atención a los demás, sobre todo a aquellos que se sienten solos y que están necesitados del consuelo de una compañía inteligente —adaptada a las circunstancias de cada persona— y afectuosa.

 

El papa Francisco escribía en estos días en el prólogo de un libro: «El peligro de contagio de un virus debe enseñarnos otro tipo de 'contagio', el del amor, que se transmite de corazón a corazón». La pandemia nos ha enseñado mucho de solidaridad, de servicio a los demás, pero todavía debemos aprender a acompañar mejor, a consolar más a tantos que se sienten solos, vulnerables, y sufren.

 

Pamplona, 1 de agosto de 2020