MIRAR A ORIENTE

Por: Jair Peña Gómez

Ya se cuentan seis décadas desde que los tigres asiáticos sorprendieron al mundo con su vertiginoso crecimiento económico y gran expansión comercial. En occidente aún cuesta procesar que esos países del oriente con idiomas “inentendibles” e “inaprensibles”, con religiones que resultan completamente ajenas a esta civilización de raigambre judeocristiana, con culturas tan únicas, extrañas y disimiles, con gustos gastronómicos poco ortodoxos y, sobre todo, ubicados prácticamente en el más allá… más allá de la Conchinchina (región de Vietnam), pudieran alcanzar un nivel de desarrollo tal que eclipsara al de las potencias europeas.

Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, después de ser despreciados por años por las potencias coloniales, de ser considerados apéndices, periferias, territorios prescindibles, fábricas de miseria humana, pueblos olvidados por Dios, nada más que “puertuchos” de tercera categoría, lograron un auténtico milagro, escapar de la pobreza en un par de decenios.

Hay dos tesis que se controvierten al respecto, la primera es que lo consiguieron gracias a la planificación central de la economía, al direccionismo estatal, y la segunda, que fue justamente lo contrario, la liberalización y desregulación económica, que atrajo inversión internacional, que a su vez empleó y capacitó la mano de obra local, que generó -y sigue generando- riqueza y que dejó el know how necesario para el emprendimiento propio.

Personalmente me suscribo dentro de los defensores de la segunda tesis, y es que estoy convencido de que estos países no se hubieran podido desarrollar sin las libertades económicas necesarias para tal propósito. Según el Índice de Libertad Económica (2019) publicado por Heritage Foundation -uno de los centros de pensamiento más reputados del mundo-, estos países se encuentran entre los más libres en materia económica a nivel global. 1º Hong Kong, 2º Singapur, 10º Taiwán y 29º Corea del Sur.

Más allá del dato estadístico, que usted decidirá si aporta poco o mucho a la discusión, lo relevante es dar razón de la importancia de estos mercados para los intereses nacionales de Colombia. Y no son sólo los cuatro tigres a quienes debemos mirar y dar la cara, son buena parte de los países del Sur, Este y Sudeste de Asia entre los que se cuentan India, China, Japón, Vietnam, Tailandia, Indonesia y Filipinas.

Las economías que más aportaron al crecimiento global el año inmediatamente anterior fueron las asiáticas, representaron el 63% del crecimiento de la economía mundial, conforme a información proporcionada por el Fondo Monetario Internacional:

Lo que resulta preocupante es que el continente asiático sólo representa para Colombia el 16% de sus exportaciones a pesar del peso que tiene en la economía global. Si hacemos un análisis detallado del tipo de exportaciones nos daremos cuenta que son materias primas, petróleo crudo, carbón, café, flores y oro, lo cual pone en evidencia la inexistencia de valor agregado en los productos del país y su paupérrima industria.

La opinión de un experto

Hace unos días conversé en un restaurante tradicional de la capital con el economista y consultor madrileño Ángel Colomina, quien reside en Bogotá hace aproximadamente cinco años; se vino dejándolo todo luego de la crisis económica que afrontó -y sigue afrontando- el país ibérico. Según sus propias palabras llegó con una mano adelante y la otra atrás, pero con mucho empeño logró hacerse campo y labrarse un nombre en la consultoría empresarial.

En este tiempo transcurrido en nuestro país, Ángel ha podido conocer gran parte del territorio nacional y ver su enorme potencial. Dice que le resulta inconcebible que Colombia siendo un país megadiverso y contando con tan alta calidad humana en sus gentes no haya sido capaz de desarrollar el turismo, como lo ha hecho Costa Rica, un país de mucho menor tamaño y cuya economía tiene como eje transversal este sector.

Noté que su pasión por Colombia no era infundada y mucho menos aparente, lejos de caer en los clichés de la comida, las mujeres, el clima y el café, Colomina habla con sentido de pertenencia, con propiedad; desde el corazón, sí, pero fundado en la razón, y con la autoridad que le confiere el haber viajado a lugares que la mayoría de colombianos ignoramos o apenas sabemos que existen por documentales alternativos o noticias aciagas.

Le pregunté acerca del excesivo proteccionismo económico del país y la carencia de infraestructura, sobre ese constante dar la espalda a Asia, al Pacífico, al igual que se la damos a la otra Colombia, a esas realidades por completo desconocidas para el centro geográfico y económico del país. Buscaba con ello despertar su lado humano y profesional. Respondió con firmeza, afirmó que le parecía un total disparate que Buenaventura teniendo el segundo puerto más importante del país no haya logrado desarrollarse. Que eso se explica por las estructuras de crimen organizado que operan allí, de las cuales algunos políticos son partícipes y cuando menos cómplices, pero que también se debía a que el puerto bonavarense estaba pensado y orientado a la importación, y que los distintos gobiernos habían mostrado su incapacidad de darle vuelco a esta situación.

Le confié que una de mis mayores ambiciones era trabajar ese tema, la necesidad de crear clústeres industriales en toda la región del Pacífico, desde Tumaco en Nariño hasta Jurado en Chocó, de que no haya sólo un puerto, sino tres, cuatro o cinco, de elaborar un ‘plan de fuga’ y escaparnos de los Andes, de esas tres cordilleras que son una bendición, pero al mismo tiempo han hecho las veces de cárcel, pues nos tienen completamente aislados y mirándonos el ombligo. De conectar los llanos orientales con el occidente del país por medio de una red férrea y vías de 6ta generación. Y soñé, soñamos…

Lo urgente y lo importante

El carácter del colombiano, tan alabado por muchos y tan criticado por pocos, sin duda juega un rol importante en la configuración económica del país. Esa procrastinación, ese constante “¿por qué hacer hoy lo que puedo dejar para mañana?”, ha echado raíces profundas en la clase dirigente nacional, así se crean aquí estadounidenses pragmáticos y eficientes, allá refinados y cultos ingleses, y acullá del avant-garde francés.

Por no atender lo importante, que en su momento fue desarrollar una red férrea y de carreteras, establecer puertos de primera categoría, aprovechar el boom poblacional y dar un salto sustancial de una economía agraria a una industrial, nos deja con lo urgente, que sigue siendo eso mismo, pero con la desventaja de que otras naciones -para fortuna nuestra no latinoamericanas con las excepciones de Chile y México- ya lo han hecho.

No es tarde entonces para estrechar nuestros lazos económicos con oriente, no por nuestra prolijidad comercial, no por nuestra acertada visión económica, no por nuestras cualidades intrínsecas y extrínsecas, sino por la incapacidad que ha tenido el vecindario -América Latina- de crear vínculos comerciales con Asia, más allá de empeñar sus recursos minero-energéticos (entiéndase Venezuela y Ecuador) a China.

Miremos a oriente cara a cara, que una vez “matemos al tigre” no nos asustaremos con el cuero.