LOS SIMPSON Y LA SOCIEDAD

Por: Jair Peña Gómez

En el capítulo Bart de Noche, uno de los más polémicos y brillantes episodios de la serie animada Los Simpson, el afligido e impetuoso brabucón de la escuela, Nelson Muntz, estrella un avión a control remoto en el techo de una misteriosa mansión. Bart ingresa a la propiedad buscando rescatar el juguete, luego de alcanzar el tejado resbala y cae estrepitosamente en el jardín. Esto desencadena la ira de Homero, quien lo obliga a trabajar para la dueña del lugar.

Más adelante, los habitantes de Springfield – ciudad de los Simpson – se darán cuenta que se trata de una casa de burlesque. Marge escandalizada porque su hijo de 10 años trabaja allí, habla con la dueña del lugar, exigiéndole que cierre el negocio y se vaya del pueblo, argumentando que Springfield no quiere un “antro” de esos. La dueña del establecimiento interpela, afirmando que la mansión hace parte de Springfield, al igual que la iglesia, la escuela y el manicomio. Indignada, Marge le declara la guerra a la inmoralidad y en compañía de los más puritanos pobladores se dirige a la asamblea municipal, logrando convencer a muchas personas de destruir la mansión. Al final, Homero intercede por la casa y a través de un musical logra persuadirlos de no acabar el lugar.

Este episodio es un divertidísimo y claro ejemplo de la importancia de la sociedad. Las más de las veces, cuando ocurre algo que atenta contra el bienestar de la comunidad, el colombiano promedio le exige al Estado su intervención inmediata, lavándose las manos mientras delega su responsabilidad social y cívica en una ‘megaestructura’ distante, amorfa y fría. Nuestra nación sufre las consecuencias de la apatía y el desinterés. Verbigracia, cuando pasa algún desastre natural son pocos los que se ofrecen para ayudar, o cuando alguna medida del Gobierno – como una reforma tributaria – va en detrimento de su capacidad económica, el colombiano es incapaz de articularse y movilizarse para defender su estabilidad.

Asimismo, el colombiano no advierte la importancia de las organizaciones intermedias de la sociedad, empresas, fundaciones, universidades, iglesias cooperativas o gremios, ni siquiera la importancia de la organización más pequeña pero vital, la familia. Es hora de comprender el papel que estas juegan en el desarrollo del país, es momento de entender que la sociedad tiene un rol protagónico en nuestro progreso político, social y económico.

Con todo, para no mostrar dureza en la crítica (siempre en ánimo constructivo), cabe decir que no es un fenómeno endémico de Colombia, en muchos países ocurre lo mismo. Es más, podríamos afirmar que es un mal moderno, que parte desde la conformación del Estado-Nación. Álvaro Mutis alguna vez comentó que “estamos entre la Gulag y el supermercado”, y aunque de esos dos prefiero el supermercado, es cierto que vivimos en una o dos dicotomías: Estado o Mercado; colectividad o individualidad. Hay que romper con esta lógica ilógica. No diré que hay un justo medio, creo firmemente en el individuo, empero, también creo en la sociedad.

Aquí está la defensa de la libertad, en la construcción de una sociedad vigorosa y robusta, en comprender lo que Jaime Guzmán Errázuriz (mártir conservador chileno) denominaba como “cuerpos intermedios de la sociedad”, en velar por la autonomía de tantas y tantas organizaciones, que, al igual que los individuos, son instrumentalizadas por el político o el partido de turno. Es imperante entender que cada organización tiene una función dentro de la sociedad, la de la universidad – por ejemplo – es educar, no adoctrinar. La de una empresa es ser rentable, producir riqueza y generar empleos, no llevar altas cargas tributarias para financiar el gasto público. La de la familia es inculcar valores, hacer de los niños y jóvenes “hombres buenos” (personas con conciencia del bien), no sólo “buenos ciudadanos” (personas que únicamente son buenas bajo un modelo político determinado) como nos ilustra Leo Strauss en su obra.

Por tanto, de cara al futuro, es una obligación grave para nosotros los colombianos cambiar el santo y seña, en vez de repetir “más Estado”, digamos al unísono: ¡MÁS SOCIEDAD!