EL LIDERAZGO DE LA ADVERSIDAD

Por: Jair Peña Gómez

 

Si existe un valor que debe ser defendido y promovido desde la dirección del Estado es la dignidad de la persona humana, si se parte de esta base los derechos fundamentales serán garantizados de manera vertical y franca. Es tarea del Estado, como digo, trabajar en pro de la persona y su humanidad, centrar su atención en la protección de los individuos y de la sociedad, no en un sentido paternalista, sino -repito- desde el reconocimiento de la persona humana y su dignidad.

Por eso celebro la decisión que tomó el Gobierno Nacional de decretar cuarentena en el momento propicio, los resultados saltan a la vista, Colombia logró contener en gran medida el embate del nuevo coronavirus y evitar el colapso del sistema de salud. No obstante, el falso dilema de Salud vs. Economía en el que han querido involucrarnos los dogmáticos del confinamiento, entre los que se cuentan algunos científicos, políticos, periodistas y ciudadanos presos del pánico mediático, es disparatado.

Como dije al principio, la dignidad de la persona humana debe ser promovida desde la dirección del Estado, y por tanto haber evitado que el SARS-CoV-2 cobrara la vida de miles y miles de colombianos por medio del confinamiento, fue acertado. Con todo, ya no tiene sentido prolongarlo más. ¿Por qué?, resulta que la dignidad humana está atravesada e informada por la libertad, y por ende, aunque inicialmente restringirla fue necesario para preservar la salud de la gente, hoy lo necesario es garantizarla.

Los ciudadanos están en el deber y la capacidad de cuidar su propia vida, porque la libertad conlleva responsabilidad, y el cuidado de su propia salud es inherente a su naturaleza, porque “elegir el mal, no es libertad ni parte de la libertad” (S. Tomás). Por su parte, el Estado está en el deber de comprender que no puede ir en detrimento del libre albedrío de las personas y que su papel fundamental es garantizar el ejercicio de sus libertades.

Que el confinamiento y el virus sean maestros de vida y no voceros de la muerte, no depende únicamente de los líderes políticos, sino de cada uno de nosotros

Parafraseando al filósofo y escritor Jorge Yarce, los mandatarios ya han hecho lo que tocaba, es hora de que hagan lo que deben. Que las indicaciones de los profesionales de la salud para ralentizar la propagación del virus incluían el confinamiento, muy bien, pero la evidencia científica en este momento muestra que la mayor parte de la población mundial contraerá el virus y que debemos a aprender a convivir con él.

Las autoridades mundiales y nacionales están interpeladas a suavizar las restricciones impuestas, con gradualismo y sensatez. No tiene sentido mantener encerrada a la mayoría de la población por el riesgo de contagio si la muerte puede tocar sus puertas ya, no en forma de virus, sino de física hambre. “Es una increíble obligación repensar todas las cosas”, dijo un estadista colombiano, pues ahora hay que repensar el modelo policivo y buscar alternativas fuera de las recomendaciones de organismos internacionales, que, por cierto, son totalmente ajenos a las realidades locales.

Este es el momento del liderazgo de la adversidad, de salirse de la caja, del marco, del concepto, de la teoría, de las casas… Se requieren medidas inteligentes y audaces, la lucha por la vida no puede reducirse a la lucha contra una enfermedad, se deben dar pasos raudos a una nueva normalidad, y fíjese que hablo de una nueva normalidad, porque este virus es un antes y un después para todos, a una normalidad donde cada uno sea más consciente de las prioridades individuales y las necesidades de los semejantes, donde la sociedad se vea fortalecida por sus Gobiernos y no diezmada por los excesos del poder.

Debemos advertir la conveniencia de aprovechar la crisis y revertirla en beneficio de todos. Que los discursos sobre las virtudes y cualidades de las naciones se traduzcan en acciones, que la retórica le ceda el paso a la actividad, al movimiento, a la reactivación económica, bajo una observancia personal y ética de la responsabilidad individual. El liderazgo de la adversidad implica confiar en la ciudadanía, “es preciso abrir camino a la convicción de que el bien social se alcanza por el ejercicio de una libertad con él comprometida” (A. Llano).

El liderazgo de la adversidad es la dirección por valores éticos y cívicos, no puede consistir en la amenaza o la coacción, debe ser una invitación sincera y confiada a que como sociedad superemos este episodio fatídico, con esperanza, con fe, con determinación para salir avante. Que el confinamiento y el virus sean maestros de vida y no voceros de la muerte, no depende únicamente de los líderes políticos, sino de cada uno de nosotros, debemos ser multiplicadores de los valores de la libertad y la responsabilidad, pero también auditores de estos.