DE CÓMO LOS MERCADOS HACEN POSIBLE EL BIEN COMÚN

PARTE I

Por: Samuel Gregg

 

De todas las divisiones que fragmentan a la derecha estadounidense en la actualidad, los desacuerdos sobre la política económica se encuentran entre los más profundos. Además, son fundamentales para entender a los conservadores que invocan la frase "el bien común" para explicar por qué creen que es necesaria una mayor intervención del Estado en la economía. Durante mucho tiempo, según estos conservadores, la priorización de las políticas de libre mercado ha impedido la necesaria intervención del gobierno para alcanzar objetivos sociales y de política exterior esenciales para el bienestar general de los Estados Unidos.

En algunos casos, la invocación del bien común por parte de estos conservadores hace referencia a la necesidad de la intervención económica del Estado para garantizar determinados objetivos. Un buen ejemplo es el de la aplicación de aranceles para tratar de proteger los puestos de trabajo de la industria manufacturera estadounidense de la competencia extranjera. Tales políticas, se argumenta, promueven fines más amplios como evitar que determinadas comunidades de algunas partes de los Estados Unidos caigan en el disfuncionalismo social. En otras ocasiones, la referencia al bien común consiste en restablecer una larga tradición de pensamiento sobre los fines de la política que se remonta a Aristóteles.

En mi opinión, una atención renovada al bien común -especialmente al bien común político tal como lo entiende la tradición del derecho natural- es una tarea digna. No sólo proporciona un marco más coherente para pensar en los fundamentos de la política que alternativas como el utilitarismo, el liberalismo rawlsiano y la socialdemocracia. La atención al bien común político también ayuda a identificar los principios que limitan el poder del gobierno.

Desafortunadamente, gran parte de la agenda actual asociada a los conservadores que reclaman un papel económico más activo del Estado dañaría significativamente la dimensión económica de la suma total de las condiciones que permiten a los individuos y grupos perseguir el bienestar humano en libertad. Pero, de forma igualmente significativa, también está dificultando una reflexión clara sobre el papel económico del Estado en las sociedades que creen que la libertad y la justicia son importantes.

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Descubriendo que el agua moja

Una característica de las políticas económicas defendidas por los conservadores del bien común es su carácter fragmentario. No abogan por algo tan amplio como la Gran Sociedad de Lyndon B. Johnson. En su lugar, se trata de una aplicación selectiva de políticas industriales, regulaciones, aranceles, etc., en algunos sectores de la economía con el objetivo de producir mejores resultados en diferentes sectores de los que, en su opinión, obtendrían los mercados.

A veces las políticas tienen un objetivo muy concreto. Un reciente artículo de American Affairs abogaba por confiar a "una agencia federal el poder de decidir cómo se emiten los votos asociados a las acciones de los fondos índice" en las juntas de accionistas de las empresas que cotizan en bolsa. Otras políticas propuestas tienen un alcance más amplio. Un buen ejemplo es la defensa de acuerdos corporativistas al estilo europeo, según los cuales los sindicatos que representan a los trabajadores de determinadas industrias negociarían los salarios, las condiciones, los objetivos de productividad, etc. con las organizaciones comerciales que representan a los empresarios.

Pero el aspecto que más anima a los conservadores que están a favor de posiciones más intervencionistas en nombre del bien común es el comercio. En artículos como "Make America Autarkic Again" y en políticas como la imposición por parte de la Administración Trump de gravámenes del 25 por ciento sobre el acero y el aluminio importados, el libre comercio se presenta a menudo (si no es que generalmente) como algo perjudicial para el bienestar general de los Estados Unidos o francamente dañino para comunidades e industrias estadounidenses muy específicas.

Al responder a estos argumentos, los defensores del libre comercio no se han facilitado la vida al exagerar los beneficios de la liberalización del comercio (de hecho, no existe una fuerte correlación entre el libre comercio y la paz) o al dejar que se les asocie con la fantasía y la retórica del "Hombre de Davos". Muchos también se demoraron en reconocer que el historial de cumplimiento de las normas de la OMC por parte de China ha sido deficiente y que Pekín, incluso, ha profundizado en su compromiso con las políticas neomercantilistas.

Foto: La Vanguardia

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A pesar de estos fallos, existe una cantidad formidable de pruebas empíricas e históricas que ponen de manifiesto los efectos negativos del proteccionismo en los países que adoptan dichas políticas. Y estos daños suelen recaer precisamente en los grupos a los que se pretende ayudar. Consideremos, por ejemplo, los mencionados aranceles al acero y al aluminio.

El economista comercial Douglas A. Irwin señala que los costos de estos aranceles fueron asumidos por los consumidores estadounidenses. Acabaron pagando "directamente por los bienes de consumo importados o indirectamente por los insumos intermedios importados que aumentan los costos de producción y acaban elevando los precios al consumidor". En cuanto a los trabajadores de la industria manufacturera, Irwin señala que "los aranceles sobre el acero y el aluminio redujeron el empleo global en la industria manufacturera en 75.000 trabajadores". Estos aranceles impusieron mayores costos a las empresas estadounidenses que utilizan masivamente el acero, "perjudicando así su competitividad en los mercados nacionales y extranjeros". Eso se traduce en una reducción de los puestos de trabajo como una forma de reducir los costos y mejorar su posicionamiento en el mercado.

La tragedia es que esto era muy previsible. Los efectos económicos perjudiciales a largo plazo de los aranceles y las políticas derivadas son evidentes. No se trata de pregonar la ideología libertaria. Es una cuestión de acumulación constante de pruebas empíricas y de desarrollo de una teoría sólida durante un largo periodo de tiempo. Como mínimo, cualquiera que diga estar preocupado por el bien común debería tener en cuenta esto.

Traductor: Jair Peña Gómez

Publicado originalmente en Law & Liberty: https://lawliberty.org/how-markets-make-the-common-good-possible/