LA MUERTE, EL GRAN SACRAMENTO DE LA VIDA

Por: Jorge Yarce

 

Pensemos en el cambio de habitación que representa para nosotros la muerte, tan desprestigiada en el mundo que acaba por ser algo negro y sombrío de lo que no conviene hablar. Se le desliga de la vida, como algo inconveniente al hablar de ella, y resulta que es la única certeza absoluta en torno al cual se edifica la vida. Es preferible pensar en ella todos los días un poco (quotidie morior, morir cada día, que nos recuerda San Pablo) para acostumbrarnos a ella, y no que nos tome de repente como un rayo fulminante que sorprende fatalmente nuestra existencia. Nada nos obliga a pensar en ella , pero quisiéramos pensar hacerlo, dejando a un lado cualquier clase de respeto humano. Desde ahora estaremos frente a ella, esperándola cuándo, cómo y donde Dios quiera, sabiendo que llegará inexorablemente como pasada la noche sale el sol.

 

Deberíamos considerarla el gran sacramento de la vida, porque la muerte consagra al hombre si la consideramos como paso a la Vida. Es continuidad, no ruptura. De lo contrario se convierte en límite, en un muro que tapona la existencia. Como muerte de la corporeidad humana, no es desaparición de todo el hombre, sino desprendimiento de una fase, la más efímera. Es, si se quiere, límite superado, sobrepasado por la inmortalidad del destino personal. Lo que ocurre es que el hombre vuelto exclusivamente sobre su corporeidad, pierde aquel horizonte, y por eso tropieza y choca con la muerte, y dice que los que mueren pierden la vida. Pero no puede ser así: la vida no se pierde, no desaparece, aunque esté unida a la temporalidad como cualquier existente. Si la vida es movimiento, incremento, crecimiento, no ha de convertirse en receso, en pérdida o desaparición.

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Sólo el cuerpo está condenado a morir, el alma no muere, y por eso el hombre no debe morir. Para no morir tendrá que haber Vida, porque si no, sobrevendría inexorable la muerte. Es decir se vive para la muerte cuando se está muerto para la Vida. Esto no es un juego de palabras. Quienes no ven un destino trascendente en el hombre lo conciben como un ser para la muerte (Heidegger), que es una posibilidad última inverificable, algo limitativo temporal, dos términos absolutamente reductibles el uno al otro. El hombre es un ser para la muerte sólo en cuanto ésta le da entrada a la Vida.Y visto de esta manera sería mejor decir que es un ser para la Vida. Una muerte aniquiladora, nunca, como tal, es desaparición del alma, sólo pérdida del cuerpo, pero el alma también muere si no ha tenido vida. Reducir la muerte humana a la muerte del cuerpo es empobrecer la vida y su sentido, si no se mira otra Vida. Pero claro está que la muerte humana es sólo muerte del cuerpo si se entiende que el alma no muere -no debiera morir- porque está hecha para la Vida, y sólo la alcanza empezándola a vivir antes de la muerte corporal del hombre.

 

Colocada así, la muerte tiene influjo sobre la vida, rebota, por así decir, en la vida misma fortaleciendo su sentido. Esto para un cristiano es más profundo todavía. Por el bautismo nos consagramos a la muerte. En él nacemos, morimos y resucitamos con Cristo. ¿Qué quiere decir esto? Fuera de sus implicaciones y significados directos, de puerta de entrada a la salud, de camino a la fe frente a la muerte, quiere decir, además, que nacemos, porque sin fe, no hay espíritu, no hay Vida, y por tanto, antes estamos sometidos a una muerte destructora y aniquilante en su sentido de muerte del alma; sólo a partir de allí la vida cambia de ser vida hacia la Vida, o sea verdadera vida por desenvolver al hombre entero (alma y cuerpo).

 

La muerte, para adquirir un sentido positivo, debe penetrar en la vida; así como un gran río que desemboca en el mar marca su influjo en éste alterando sus aguas hasta muy adentro, la muerte fluye sobre la vida hondamente, sobre todo si es la vida de un cristiano. De tal modo que se comprende bien el profundo significado de aquel viejo canto litúrgico: "in media vita morte sumus”que significa no solo que caminando por la vida llegamos a la muerte, sino que ya en la vida-en la mitad de la vida-saboreamos la muerte. Nos hallamos como atravesados por la muerte. Lo interpreto doblemente: estamos afectados de una muerte corporal progresiva, porque ¿qué es el envejecer, sino un signo de la vida que se apaga?

Foto: La Vanguardia

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Y debemos estar afectados -sentido espiritual definitivo- de morir a una vida puramente de “homo terrenus”, si es que deseamos vivir de verdad, si queremos alcanzar la Vida. Aquí encuadra perfectamente el “quotidie morior” de que hablábamos al principio: si no muero cada día, me toparé con la muerte por sorpresa, la muerte que se descuelga violentamente, la muerte que asusta porque encierra un presagio de la muerte del alma. Si he muerto cada día, es decir, si me he aferrado más a la Vida (mi identificación con Cristo, mi vocación en el mundo) y he situado a la muerte como una pérdida del cuerpo, llegada la hora de morir, esta no me costará, porque será encontrarme con algo que esperaba, que tenía previsto por un prisma adecuado, que lo suponía como una fase de algo posterior. En cambio, si me aferro a la vida, a la que lleva a la muerte, no estaré muriendo cada día, antes bien, estaré viviendo cada día más, en cuanto saturo de vitalidad puramente animal, de terrenalidad, un espíritu destinado a otra Vida. Por eso se hará difícil que muera tanta vida en un momento, en la hora del desenlace corporal, porque toda ella debió morir poco a poco, y no así de golpe y amontonada.

 

En síntesis, se trata de morir viviendo y vivir muriendo. Muere quien debe morir, el cuerpo, y vive -acción continuada del gerundio- quien ya empezó a vivir en la vida su Vida, quien dio vida al espíritu. Y vivir muriendo, puesto que la vida se va acabando y la vida en su marco completo exige la muerte de todo monopolio de lo corporal sobre la existencia, y la muerte paulatina a lo que sea obstáculo para que el espíritu fecunde la vida del hombre. La muerte nos pone de presente que ya no hay más tiempo. Lo que siempre vemos como más allá, eso no es tiempo. Por tanto es una locura tratar de medirlo desde aquí, mientras estamos radicados en la existencia temporal.

 

El más allá no es otra cosa que un intento de situarnos. Preferible hablar del otro lado de la vida, porque la muerte es parte suya. El más allá consiste en un más acá que avanza. Ocurre lo que con todos los ideales, que animan y empujan sólo en cuanto los  vamos realizando: el otro lado de la vida lo tengo que ganar a pulso desde ahora... para esto, empezaré por reconocer el señorío del alma en mí mismo y luego sus exigencias. La muerte es la postura más radical de la soledad: soy yo solo el que muere; los demás no mueren conmigo, apenas si podrán ser testigos mudos de algo que no entienden a fondo (Unamuno: cuando alguien se muere, se nos muere). La muerte de los otros no me enseña a morir, pero sí me enseña cosas de la muerte. Sobre todo si son seres que yo amo. No digo “amaba” porque la muerte del ser amado nunca es pérdida: se pierde el cuerpo, desparece lo físico, pero está allí el amor, la mutua donación, la fidelidad, que constituyen una promesa de eternidad, imborrable, inacabable, a través de la cual la persona amada muerta continua su vida en mí. Si considero que la perdí para siempre, es porque de verdad no la amaba. Entonces es fácil que su recuerdo quede reducido a una fotografía, a algo físico… pobre caricatura del recuerdo que se graba a fuego en el corazón de quien se ha dado a otro ser, y ha vivido en comunión (común-unión, reciprocidad), sin cálculo, confianza segura, lealtad firme, fidelidad. La presencia del ser amado es perenne, y adquiere pleno sentido cuando se funda en la fe: el Tú de Dios (Tu Señor), que sostiene el nosotros. (Tu solus Deus), que sobrepasa la soledad del que muere.