LA MALA

CONCIENCIA

Por: Jorge Yarce

 

Es preferible pensar que no hay gente mala, sino mala conciencia. Pero, a veces, hay razones para pensar que algunos se volvieron malos de remate porque sus actos así lo revelan y parece que tuvieran dañada del todo la conciencia, como cuando un disco duro se estropea y no hay forma de recuperar los archivos. Creen que están haciendo bien y en realidad están haciendo mal. Es un tremendo engaño. Y al revés, hay quienes hacen el mal, pero son conscientes de que obran mal.

 

Los últimos son “sirvengüenzas auténticos” (J.Choza) o sea gente que sabe que está violando principios o valores, que se está apartando de una conducta recta, que merecen reproche por su comportamiento. Saben que meten la pata. Hacen barbaridades, pero a la hora de la verdad tienen con qué confrontarse, sus principios de toda la vida, a los cuales no han renunciado. Aunque no den ejemplo, se dan cuenta de que hacen daño a los demás. Incluso, lo confiesan con dolor. Susanna Tamaro lo pone en boca de la protagonista de “Donde el corazón te lleve”: “¿Dónde estaba Dios? No lograba verlo, había niebla alrededor de mi corazón, una niebla pesada… cada vez me costaba más distinguir lo falso de lo verdadero”.

 

Por el contrario, los “auténticos sinvergüenzas” no tienen respeto a los principios. Los violan a cada paso. Van por la vida convencidos de que su conducta es la más correcta y no se dan cuenta del tremendo mal que causan. Se corrompen y corrompen la salud moral de los otros. Lo que ellos deshacen, tantas veces hacen falta siglos para recuperarlo. Como quien rompe de una pedrada una vidriera valiosísima que alguien tardó muchos años en crear. Shakespeare lo confirma en boca de Macbeth hablando de su crimen: “Las cosas que principian con el mal, sólo se afianzan con el mal”.

 

La sociedad actual está plagada de “auténticos sinvergüenzas” que desde la vida pública, por ejemplo desde la política, proclaman con desenfado sus “proezas” y los medios les hacen eco porque en ellos hay algo de eso mismo, de creerse orientadores de la sociedad cuando en realidad están presos de la confusión, de la superficialidad y de la ignorancia. Y a los medios les dan premios, tienen alta sintonía y les reconocen públicamente lo que realidad es una falta de compromiso con el bien que necesita la sociedad. Están más interesados en el escándalo que en la verdad.

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Foto: La Vanguardia

“La corrupción del bueno es la peor de todas” reza el adagio antiguo. En este caso la del que se cree bueno, quien justifica sus acciones de cara a la galería y se siente muy seguro en sus propios errores convencido de que son aciertos. La costra que hay encima de su conciencia le impide encontrar referentes distintos a sus pasiones y zigzagueos ideológicos que van en busca del sol que más caliente o de quien les apruebe sus conductas.

 

La mala conciencia afecta la salud de los pueblos. La cosa es muy clara: se van creando hábitos, nos acostumbramos al desprestigio del bien, a la burla de la virtud y al predominio de la mediocridad moral. Se mira con desdén a las personas de conducta intachable o a quienes tienen convicciones firmes y claras.

 

Porque está claro que eso choca con las conductas sinuosas que buscan la aprobación al precio que sea, así este consista en abandonar las convicciones de una vida entera. No hay nada que valga para todos, dicen que eso ofende el pluralismo y la tolerancia. La verdad resulta incómoda igual que los principios.

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La conciencia se deforma poco a poco hasta volverse oscura e incierta. Y si el clima en el que se educa a los niños es el de incredulidad, permisivismo y ausencia de lo espiritual, los frutos de mala conciencia que se cosechan más adelante, son inevitables. Se pierde la voz de la conciencia “y no queda más que la voz del robot, de la propaganda…la desesperación espiritual” (Saint Exupery). Se termina, como afirma Thibon, en la peor miseria del hombre que consiste en encontrar las desviaciones más fáciles para aplacar la conciencia con pocos gastos. Se convierte “en un reloj cuyas agujas no dan la hora porque la hora que marcan no es la del sol”.

 

La única salida es volver a la conciencia, a su poder orientador sobre la conducta humana. Reanimar la conciencia moral, es decir, el sentido del bien y del mal, no para atemorizar a nadie sino para obrar con rectitud. Atacar la mala conciencia para tratar de edificar una conducta a prueba de reduccionismos morales, de convencionalismos vacíos o de falsas ilusiones. Sin conciencia la persona es capaz de los peores errores y de los peores horrores. Lo vivimos todos los días porque la realidad supera a la imaginación: nunca había habido tanta gente de tan mala conciencia y tan conectada entre sí. Internet se encarga de la tarea.

 

En la ética la conciencia es el referente inmediato del obrar, la brújula que nos dice para dónde vamos y si vamos bien. Toca formarla, afinarla, ilustrarla para que no sólo sea conciencia cierta de lo que se hace, sino conciencia recta porque conduce al fin adecuado a la naturaleza de la persona. Afirmarla plenamente con “facultad de conocer lo verdadero y voz interior que nos inclina a hacer el bien” (Thibon).