LA LOCURA DEL ACTIVISMO

Por: Jorge Yarce

Tal vez hemos visto cómo trabajan esas inmensas máquinas trituradoras en los desguasaderos de carros o en los basureros de las grandes urbes: con palancas gigantescas recogen todo a su paso, lo engullen en su vientre y de ahí sale otra cosa distinta a la que entró. Algo de eso ocurre con el ritmo de vida de mucha gente hoy, lo más parecido a una trituradora que convierte en una pasta o masa informe, que como mucho sirve como insumo reciclado para un proceso de cosas que a la larga irán a parar de nuevo a la trituradora.


A la inmensa mayoría se le va la vida haciendo cosas, sin mucho tiempo para pensar ni mucho tiempo para disfrutarla de verdad. Se levantan cuando no ha salido el sol y salen corriendo a tomar el medio de transporte que les lleva al sitio de trabajo y tardan en llegar allí una o dos horas, sobre todo en las grandes ciudades. Se entregan a su oficio durante otras ocho o diez horas, con la consabida interrupción para comer. Y al final de la tarde, otras dos horas para llegar a casa cuando ya es de noche, con poco tiempo para comer o cenar de de carrera y, si mucho, ver unos instantes la televisión, compartir quizás unos minutos con los hijos, si están despiertos, y luego dedicarse a vencer el cansancio con el sueño. Y al otro día volver a comenzar y hacer exactamente lo mismo.

 

Y la rutina, como la de las máquinas trituradoras, se repite durante al menos cinco día seguidos. Quizás los sábados y domingos sean un poco distintos, porque se duerme un poco más y no hay la presión de ir al trabajo. Pero surgen otras presiones: gestiones de tipo familiar, reparaciones, controles médicos, visitas, salir de compras –algo que parece inevitable-, quizás un cine, un poco o un mucho de televisión, salir a comer con la familia, algún paseo a un parque, y se acabó la semana, a veces con cansancio todavía y sin un verdadero reposo del corazón y de la mente. Y no digamos si a todas horas estamos conectados con el celular, con internet, con las redes sociales, gastando en otras cosas menos importantes un tiempo precioso que debería ser para convivir en familia.

Sin darnos cuenta, lo esencial es engullido por lo accesorio, por lo secundario, por la moda, por la comida, por el vestido, por el entretenimiento, por una vida impersonal

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Si nos descuidamos, nos inundan las llamadas telefónicas (¡cuántas de ellas absolutamente inncesarias!), correos, chatear, enviar fotos hasta de lo más ridículo, mirar algunas páginas o sitios en los que nos perdemos fácilmente por la montaña enorme de información. ¿Quién sabe si alcanza el tiempo para algo de deporte o de ejercicio físico.? Paradoja: nuestra época gasta más tiempo en el deporte-espectáculo que en el deporte-ejercicio. Creemos matar el cansancio y lo que logramos es disimularlo y cansarnos más o agotarnos más. Otros se dedican a los centros comerciales como una adicción. Y allí en medio del ruido, del  sube y baja, rodeados de la sociedad del consumo, de la superficialidad y de chécheres y caprichos, gastan unas cuantas horas todos los fines de semana, y posiblemente también un dinero que no les sobra.

 

Habría que recordarles lo que le pasó a Sócrates un día que fue al mercado de Atenas y se vió rodeado de cantidad de tiendas con todo tipo de mercancías ofrecidas compulsivamente por los comerciantes. Exclamó simplemente: “¡Cuánto es lo que no necesito!”. Sin darnos cuenta, lo esencial es engullido por lo accesorio, por lo secundario, por la moda, por la comida, por el vestido, por el entretenimiento, por una vida impersonal en medio de una muchedumbre de gente que son  consumidores compulsivos, y nosotros podemos ser uno de ellos.

 

No hay mucho tiempo para conversar en familia, para conocerse y tratarse. Ni para conocer y tratar a los amigos. Algunos se meten horas enteras en un bar con los amigos, a gastarse la paga de la semana mientras sus hijos se quedan solos en la casa esperando a un padre o a una madre, que luego llegan en estado de inutilidad. Otros se meten en un gimnasio a hacer ejercicio al son de la música en sitios muchas veces contaminados, y lo que hacen es recoger con una mano lo que siembran con la otra.

Vida interior no es algo raro o aislarse de la gente u olvidarse de gozar lo mejor de la vida: es meterse dentro y explorar la riqueza de nuestra intimidad para poder explorar la riqueza de los demás

Todos viven en una especie de anonimato colectivo; haciendo cosas pero olvidándose de lo fundamental: la intimidad personal, el cultivo del espíritu, la riqueza de la amistad, el servicio a los demás, la vida interior que hace falta tener; allí no llega la trituradora, es nuestro reducto. Tiempo para leer, tiempo para reflexionar, tiempo para conversar, tiempo para crear, tiempo para hacer descubrimientos en la personalidad de los hijos, de los amigos, de los vecinos. Pero todo esto requiere distanciarse del activismo frenético, “la locura de hacer y de moverse” (Escrivá), que parece que nos dominara a toda hora.

 

Vida interior no es algo raro o aislarse de la gente u olvidarse de gozar lo mejor de la vida: es meterse dentro y explorar la riqueza de nuestra intimidad para poder explorar la riqueza de los demás, sobre todo de los que están más cerca. Es la única forma de evitar que se forme un tejido de cosas inevitables, de rutinas despersonalizantes que la trituradora asorbe por completo hasta la persona misma. Nos damos cuenta de que la vida se nos va haciendo muchas cosas, pero no haciendo lo fundamental: vivir serenamente, ordenadamente, centrados en lo principal, controlando nuestro tiempo y nuestras actividades, nuestras relaciones, nuestras ocupaciones, no dejándonos controlar por ellas.

 

Lo más importante es ser persona y vivir como persona, ser familia y vivir como familia, ser parte de una comunidad y vivir en ella con sentido de pertenencia, creciendo interiormente. Tener amigos y disfrutar con ellos, contemplar las maravillas de la naturaleza, así sea el pequeño parque del barrio. Todo eso para la mayoría no constituye prioridad alguna. Las prioridades son comer, dormir, transportarse, trabajar, moverse de un lado para otro, en una especie de huida hacia adelante, que se empecina en dedicar tiempo a lo trivial en detrimento de lo más importante, la calidad de vida.

 

Si nos descuidamos, se nos va la vida entera en este frenesí y la trituradora nos entrega al final en el desguasadero humano como una especie de desecho, agotados de vivir, pensando quizás en la vida que se hubiera querido vivir fuera muy distinta a la actual, la que nos dificulta ser nosotros mismos porque el hacer y el tener se apoderan de lo mejor de cada uno. La trituradora obra si la dejamos actuar, si dejamos que sus grandes palancas nos atrapen y caigamos en la uniformidad de un ciudadano de cualquier ciudad del mundo con su indumentaria igual en cualquier parte, y con su alma dormida y los sentidos despiertos, cuidando el cuerpo ante todo, la mente desparramada en las cosas que le rodean.