LA INTOLERANCIA DE LOS "TOLERANTES"

Foto: The New York Times

Por: Jorge Yarce

 

Aparecen en todos los medios de comunicación a todas horas. Proclaman ser liberales puros, de los originales roussonianos, ateos activos, de izquierda por supuesto, relativistas… revolucionarios (no se lo creen ni ellos mismos), no comprometidos con nadie -salvo con ellos mismos-, escépticos, porque para ellos no existe la verdad (excepto esta afirmación), indiferentes y, sobre todo, pretenden aparecer como la encarnación de la tolerancia. Es una palabra que les gusta mucho y la defienden con tanto apasionamiento como si fuera un dogma o un principio constitucional y ellos sus únicos intérpretes auténticos.

 

A propósito, a los “tolerantes” no se les puede mencionar la palabra religión porque enseguida se sienten atacados: es el colmo que exista gente que cree en Dios, eso es un contrasentido que se debe combatir… y hasta ahí llega la tolerancia. Ser católico, cristiano o judío, musulmán o budista es lo peor que puede pasar, y si esa persona actúa en política, hay que mirarla con sospecha.

 

Como si la gente tuviera que dejar sus creencias, gustos, aficiones al margen de su trabajo o de su actividad pública. No se les aplica la presunción de buena fe, ni nada por el estilo. Esa misma tenaza la aplican a todos aquellos que se manifiesten contrarios a sus ideas, o defiendan aquello en lo que piensan o en lo que creen. Los “tolerantes” emprenden auténticas cruzadas para demostrar que ellos son quienes deciden con quienes se puede ser tolerante.

icono-principal-amazon.png
ASC_BannersXSite_HouseAds_120x600_PV_es-

A los “tolerantes” les horroriza considerar que las ideas de los demás merecen, al menos, el mismo respeto que las suyas. No puede ser, dicen, eso no es “democrático”, porque ellos son la minoría pensante que decide quien es democrático. Cuando encuentran una persona coherente, con convicciones arraigadas y, para colmo de “males”, un sincero creyente, eso es algo intolerable, pero siguen diciendo que aman la tolerancia. No resulta extraño que frente a una persona coherente los “tolerantes” traten de enlodar su nombre, armando toda una parafernalia que va de los dimes y diretes, de la burla o el chisme, a la murmuración, a la difamación e incluso a la calumnia.

 

Si hace falta enjuician a esa persona por ser honesta, clara, firme y coherente, usando palabras como “discriminación”, simplemente como una forma de agarrarse a algo que les permita demostrar que la tolerancia que ellos no practican, que implica el auténtico respeto por las ideas y creencias ajenas, debe ser castigada por ser un peligro para la sociedad, cuando en realidad ellos son los que ponen en peligro el pluralismo político e ideológico como base de la tolerancia y de la convivencia pacífica.

Foto: La Vanguardia

ES_title_count_44K_assoc_728x90.gif

No hace falta ir más lejos; todo el que lea esto tiene los nombres en la punta de la lengua, se adivinan fácilmente. Por ejemplo, dijeron todas las infamias posibles para crear un estado de opinión que forzara al estado de derecho para que no saliera avante en sus aspiraciones a un alto cargo público alguien que por sus convicciones religiosas personales les parecía una persona peligrosa. Como pensaba distinto de los “tolerantes”, no se le podía dejar tranquilo; había que atajarlo al precio que fuera, simplemente porque para ellos se había convertido en un demonio fabricado por ellos mismos, y lo hacen con todo aquel que no esté de acuerdo con ellos.

 

Está claro que los “tolerantes” seguirán siendo intolerantes con quienes no piensen como ellos en temas de cierta trascendencia, en los que ellos, paradójicamente,  son los maestros de la intolerancia.