LA ECONOMÍA DE GUERRA EN UNA LECCIÓN

Por: Gilberto Ramírez

 

Una pandemia es igual de indeseable a una guerra. El coronavirus no es una excepción. Sin embargo, por indeseable que sea, es previsible que ocurra. Cuando y como es algo que difícilmente podremos saber, dado que un virus no se comporta de la misma manera que las personas, estas últimas quienes generan las guerras. Por lo tanto, la preparación con la busquemos anticipar o mitigar un riesgo de la naturaleza de una guerra o una pandemia variara en razón de lo que este bajo amenaza y con ello, los planes a seguir para proveernos de forma oportuna de los medios eficaces que nos permitan sortear la indeseada situación una vez dada.

El problema radica en que, a diferencia de las guerras, que en el peor de los casos pueden tener por escenario múltiples frentes a la vez con diversos grados de intensidad en el conflicto, las pandemias se expanden exponencialmente con mucha mayor facilidad al ser cada individuo un agente patógeno de la misma y con ello haciendo de cada persona (y su aglomeración con otras) una potencial amenaza para todas las demás. Los cuatro meses que lleva la actual crisis de salud y su escala global lo han demostrado a la perfección. Las cuarentenas exigidas por los gobiernos de la mayoría de los países del mundo no parecen siquiera todavía frenar de forma satisfactoria las cifras de contagio. Y aunque los recuperados superan con creces a los fallecidos, no sabemos todavía que futuras mutaciones pueda desarrollar el virus que lo hagan más implacable (u ojalá, más inofensivo).

Justamente porque una pandemia es mucho más difícil de confrontar que una guerra es que es terriblemente ingenuo que se le confié su erradicación a la sola iniciativa de los gobiernos estatales quienes, incluso estando preparados por su constitución misma para las guerras, no son pocos los casos en la que incluso para ello se ven desbordados. Por poderoso que sea un Estado, aún si fuese un único gran gobierno mundial que tuviese en sus manos combatir el virus COVID-19, sencillamente no puede suplantar la iniciativa privada (tan solo hacerla complementaria a sus fines) ni prescindir de la acumulación de capital (que es la que ofrece los medios para allegar los deseados fines). Y aunque pareciese que nadie pusiese en discusión lo anterior, ciertas formas de proceder en la actual crisis dejan mucho que desear del aprendizaje de esta lección.

 

Hace un siglo, un ciudadano austriaco que había participado en los frentes de la Primera Guerra Mundial como fue el ya desde entonces reconocido economista Ludwig von Mises expuso la misma preocupación. En un extenso ensayo publicado como libro en 1919 titulado “Nation, Staat und Wirtschaft: beiträge zur politik und gesgitche der zeit” (Nación, Estado y Economía: contribuciones a la política y a la historia de nuestro tiempo), Mises expuso en la segunda parte de este texto una detallada critica de las exigencias de la guerra sobre la economía (la cual actualizaría en otros textos de 1940 y 1944, en medio de la Segunda Guerra Mundial).

Siendo la guerra de lejos más brutal hasta entonces vivida en la historia de la humanidad por escala y duración del conflicto, la reflexión de Mises ponía en cuestión el que ni siquiera un fin supremo tan vinculante como una guerra puede llegar a exigir de la economía que la sustenta el que se prescinda de la libre iniciativa y, por ende, de las premisas de funcionamiento del mercado. Tal alegato iba contra las ideas que muchos sostuvieron en aquel entonces de que para ganar la guerra se requería suprimir el ánimo de lucro de los empresarios y subordinar su actividad a los mandatos supremos del Estado, cuya dirección de la guerra era de su potestad máxima.

Para Mises era absurdo exigir que los empresarios se ajustasen a los planes de un Estado al cual nunca cuestionaron su potestad de dirigir la guerra, sino que los medios y recursos con los cuales buscase cumplir dichos planes fueran puestos sin mediar un cálculo económico con base a perdidas y ganancias. Después de todo, si algo no logra erradicar una guerra ni tampoco una pandemia, es la escasez: de hecho, lo que hace es que se exponga con mayor fuerza su realidad.

Si hace cien años Mises resaltaba que los armamentos, uniformes y provisiones que demandaba de un momento a otro el inicio de una guerra solo podían ser ofrecidos bajo la misma lógica con la que antes los empresarios producían otros bienes y servicios con que buscaban satisfacer las exigencias de los consumidores, lo mismo aplica hoy con la demanda de respiradores, mascarillas y demás equipos médicos para subsanar la actual pandemia. Ni que decir que, ya sea que se quiera desarrollar armas más letales y eficaces para una guerra como de una vacuna para una pandemia, los incentivos siguen siendo los mismos.

Ya sea en una guerra o una pandemia, las medidas de fuerza que en ambas se adoptan para resistir la amenaza se diferencian solo en el grado en que replican el aislamiento propio de un asedio. La conversión de las fronteras nacionales en frentes de batalla como en una guerra, con su respectiva restricción total o parcial del comercio internacional, aíslan a un país como si de una gran ciudad se tratase; bajo una pandemia como la actual, las cuarentenas hacen de cada casa un refugio, que ante las serias restricciones para ser abastecido en la misma la convierten fácilmente en una trampa.

No siendo ya lo suficientemente grave una situación como la antes descrita, un problema no menos grave surge cuando los Estados, ante la desesperada llamada a evitar los efectos indeseados de tal aislamiento, como suelen ser el incremento de los precios, la perdida de ingresos y la disminución del precio de los patrimonios, se proponga frenar tales movimientos. Grave error. En cualquier escenario, lo único que se lograra con controles de precios, emisión de créditos y prohibiciones será acelerar la escasez, empobrecer a la ciudadanía y concentrar la riqueza en los pocos que aún se puedan permitir producir en tales condiciones.

Para Mises era evidente que convertir de un momento para otro toda una economía para responder a una guerra exigía una serie de sacrificios enormes para equipar debidamente un volumen de tropas considerable desplegado en más de un frente como fue la experiencia que a bien tuvo en vivir. Más aun cuando la previsión inicial contemplo el conflicto para unas cuantas semanas y no varios años, como fue lo que termino ocurriendo hace cien años. Pero justamente por ello es por lo que prescindir del ánimo de lucro para proveerse de lo necesario lo que haría es privar de un balance de perdidas y ganancias que diese el mejor uso posible a unos medios aún más escasos en razón no solo de su disponibilidad, sino del tiempo que habría que esperar para que generase los tan deseados productos que exigía el esfuerzo bélico.

Las autoridades que al intentar controlar los precios pretendan racionar mejor las existencias disponibles de bienes y servicios como de incentivar su producción por medio de la emisión de créditos, tendrán que rápidamente imponer racionamientos para que las existencias disponibles no se agoten rápidamente, como de gravar con impuestos o incentivar con subsidios para que quienes todavía produzcan lo hagan para los fines exigidos por el gobierno. Tarde que temprano dichas intervenciones se revelaran como contraproducentes y/o insuficientes para lograr lo propuesto.

De fondo lo importante es tener en cuenta que, en una guerra la incertidumbre es más fácil de sortear, puesto que la posibilidad de una tregua o su finalización depende de la voluntad de los contrincantes una vez las exigencias de la guerra ponen de presente todos los riesgos a los que están expuestos; en cambio, una pandemia también expone los riesgos pero hace aún menos sorteable la incertidumbre, ya que su finalización solo depende de implementar una vacuna que en el caso actual aún no existe o de que mueran todos los contagiados, ambos escenarios remotos por deseable que sea lo primero e indeseable lo segundo.

La gran lección a propósito de una economía de guerra, que no es sino uno de los escenarios más extremos que podemos llegar a vivir junto con una pandemia como la actual, es que la lógica del aseguramiento inherente a la función empresarial, que busca sopesar el riesgo y la incertidumbre inerradicable ante una realidad de escasez, no puede lograr mejores resultados si las intervenciones centralizadoras de los Estados agravan la imprevisión y alteran los incentivos aún más de lo que ya son capaces de hacerlo.

Mises lo previo así hace cien años al manifestar que las medidas adoptadas por los Estados de entonces no solo prolongaban los efectos trágicos de una economía de guerra, sino que ante la desmoralización de tropas y trabajadores ante la creciente escasez y perdida de calidad vida, los cada vez más insoportables sacrificios llevasen a la rebelión, como de hecho paso en la vecina Rusia, con los resultados ya por todos conocidos… De esa manera no solo se perdía la guerra, sino que se quebraba la economía. Cabe resaltar entonces que, con dicha enseñanza para la situación actual, la cura no puede ser peor que la enfermedad.