LA CAPACIDAD DE ASOMBRO

Por: Jorge Yarce

Platón en el diálogo “Timeo” llama a sus compatriotas “los eternos niños”.  No es que los acuse de infantilismo, sino que los alaba porque “veían en el asombro la condición más elevada de la existencia humana” (Harkianakis). Con base en el asombro surgió un pueblo de filósofos, no de tecnócratas. Por el contrario, en nuestra sociedad hemos perdido esa capacidad de asombro y la hemos reemplazado por el activismo del día a día, que nos hace perder de vista la iniciativa y la creatividad; los problemas nos cogen ventaja y nos devoran.

 

Mucha gente hoy no se asombra de nada. No tienen la más mínima capacidad de pararse a pensar, a reflexionar o a meditar. Enseguida se aburren: solo saben mirar, comer, correr, hablar sin parar, etc. Le tienen miedo al silencio, y no digamos a la soledad. No saben lo que es concentrarse, respirar profundo y mirar hacia adentro. Si oyen esto, piensan que son cursilerías. Pero sabemos lo profundamente equivocados que andan. El ser humano está diseñado para contemplar la realidad, para examinar el mundo, para no quedarse en las cosas, por hermosas que sean. Su yo, su interioridad profunda es algo que reclama atención. La primera escuela del asombro es contemplar la naturaleza. Muchas veces nos perdemos ese espectáculo y las lecciones maravillosas que nos brinda, y nos quedamos encerrados viendo televisión o navegando en internet, en lugar de caminar o pasear por el campo para respirar el aire puro. Para algunos, esto puede sonar a romanticismo. Lo cierto es que nos volvemos adictos, como dice Thibon, al deporte-espectáculo,  y dejamos de lado el deporte-ejercicio. Como aquel amigo que tiene en su casa una máquina trotadora al tiempo que por la ventana  contemplaba un bosque con caminos para recorrer, pero él no tenía tiempo para esas cosas.

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Para recuperar la capacidad de asombro hace falta enseñar a niños y jóvenes a no vivir tan pendientes de las redes virtuales y a adquirir hábitos de descanso, deporte y entretenimiento que  sirvan de contrapeso a las interminables jornadas informáticas (TV, videojuegos, Facebook, Twitter, WhatsApp). Enseñarles a pensar y a dirigir esa mirada al exterior después de mirar dentro de sí; o a meterse dentro de sí seriamente para poder ver el mundo exterior con una mirada inteligente. No sólo que aprendan a razonar lo que otros han dicho. Es buscar en la veta escondida de su ser, descubrir su condición espiritual y adentrarse en ella serenamente; no lo lograrán si viven distraídos o absorbidos por la sucesión ininterrumpida de imágenes que pasan encadenándolos a la sensibilidad, a la imaginación o a la fantasía.

 

Por otra parte hay que fomentar esa “contemplación” de la vida de los demás, saber observar a la gente viéndolas de otra manera, como si se les penetrara con una mirada interior que hace contacto con su ser espiritual, no sólo con su cuerpo. Sólo así podrán valorarlos adecuadamente, respetarlos e intimar o comunicar auténticamente con ellos. Eso supone dedicar tiempo a los otros, tratar de conocerlos bien, de recibir de ellos lo mejor y de darles lo mejor de sí. Sólo así podrán asombrarse con la riqueza de la vida humana. No hablo de cosas especiales o de una disciplina mental que exija grandes esfuerzos. Es saber aprovechar el tiempo de estudio o de juego y descanso, pero también las horas dedicadas a la vida familiar y a actividades que tengan que ver con la comunidad, no como una preocupación epidérmica por prestar una ayuda pasajera, sino como fruto de entender que la sociedad es un cuerpo vivo en el que todos participamos, en el que nadie puede vivir de espaldas a  la convivencia que depende de todos, y en la que todos podemos y debemos ser más solidarios.

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Tenemos que asombrarnos y despertar la creatividad frente a los problemas de la sociedad, y no quedarnos ahí parados como si no tuviera que ver con nosotros. "La vida de una sociedad –afirma un documento de la UNESCO- está en función de su actividad creadora". No se trata de algo reservado a los artistas o a los genios científicos. Ni tampoco es cuestión de capacidad intelectual, porque hace falta poner imaginación, entusiasmo e ilusión, cosas al alcance de todos. Hablamos del común de la gente, de escapar del modo rutinario de ver las cosas y pensar nuevas maneras de entenderlas para poder encontrar soluciones nuevas.    

 

Será difícil asombrarnos de algo si solo nos preocupa lo útil, lo práctico, lo que nos produce placer. De pronto nos ocurre lo que le pasó a Sócrates recorriendo las tiendas de Atenas. “¡Qué inmenso es lo que no necesito!”, exclamó. Es muy difícil asombrarse en medio de un centro comercial o en un restaurante de comida rápida, o en un estadio lleno de furibundos hinchas. Allí sólo se puede ver, oír o gritar. No es posible escuchar a los otros, que es una de las actitudes que desarrolla la persona que fomenta el asombro: pensar, entender lo que los otros piensan, sentir su corazón, sorprenderse ante los acontecimientos. La educación debe fomentar  el asombro como función de primer orden.  Hay que desarrollar esa capacidad y estimular la iniciativa, la innovación, dejar los caminos trillados y consabidos y echarse al hombro la responsabilidad de que si queremos un futuro distinto nos toca construirlo cada día con nuestras propias manos. Hace falta descubrir como dice el  autor de El Principito que “no hay más que un problema, uno solo en el mundo: devolver a los hombres un sentido espiritual, inquietudes espirituales…”.