LA HORA DEL GRAN CAMBIO PERSONAL

Por: Jorge Yarce

“La peor miseria del hombre no es no tener sino no querer” (Thibon).

 

Cuando el querer apunta al futuro, hacemos propósitos. Lo importante es que vayan acompañados de la fidelidad a ellos, que no se dejen olvidar y que habitualmente pongamos en su cumplimiento todo nuestro empeño para hacerlos realidad. Partimos de la decisión, que es un querer en presente, ahora. Decisión, primero, de poner más atención a nosotros mismos. Es decir, centrar nuestra mente y nuestro corazón en lo realmente importante como punto de partida: nuestro crecimiento interior. lo que yo quiero ser, lo que espero de mí –auto expectativa–; lo que constituye mi propio sueño de futuro, es determinante.

 

Con otras palabras: nuestra intimidad, ese dentro que da sentido a nuestra vida, que es nuestro yo más interior y profundo, que inspira todo lo demás. Ahí empieza el cambio. Dar un timonazo para poner en orden nuestro interior: no engañarnos en materia fundamental.

 

Examinándolas bien, enderezamos nuestra vida y apuntamos certeramente a la felicidad. Buceando en nuestro ser preguntas claves: ¿quién soy realmente?, ¿qué busco en la vida, ¿cuál es mi verdad?, ¿soy libre?, ¿soy feliz? No podemos esperar responderlas al final de la vida, sino ahora. Allá sólo podemos llevar las respuestas que hemos dado. Ahora es la oportunidad del gran cambio que necesito, para no seguir dando palos de ciego para todos lados. Se trata de una introspección profunda fruto de un recto amor a sí mismo, eso que hoy en día se llama autoestima propia, necesaria para mirar la autoestima hacia los demás, base de una convivencia positiva con ellos.

 

También es importante pensar en lo que los demás esperan de nosotros, como hijos, como hermanos, como padres, como jefes, como trabajadores, como ciudadanos de un país, como personas de fe, etc.  Eso también impulsará nuestro cambio. Si nos miramos en un espejo todos los días, vemos inmediatamente lo externo, comprobamos que conocemos algo de nosotros mismos. Pero esa imagen es incompleta porque, como expresa Mark Twain “en todo Juan hay tres Juanes: el que él cree que es; el que los demás creen que es; y el que realmente es”. Podríamos decir que hay dos Juanes más: el que él quiere ser y el que él puede ser en el futuro. Estos, incluso, son más importantes que los tres primeros.

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El gran cambio ahora es dedicarnos primero a nuestro crecimiento como personas. Lo demás, vendrá luego. Parece una verdad de Perogrullo pero es así de elemental.

Si nuestra mirada al espejo no se queda en lo físico, en lo epidérmico, en lo superficial de nosotros mismos, sino que va al interior, nos daremos cuenta de que lo más importante es lo que no alcanzamos a ver: inteligencia, afectividad, voluntad, libertad, deseos de felicidad, afán de servir, entusiasmo por la vida... El ser humano necesita interiorizar lo que hace, en una palabra, señalar una conducta a sus acciones, que lo conducen no sólo hacia un resultado externo, hacia las cosas que produce o al servicio que presta, sino hacia sí mismo, que retornan a él como un valor agregado, como un incremento que podemos llamar crecimiento personal. El gran cambio ahora es dedicarnos primero a nuestro crecimiento como personas. Lo demás, vendrá luego. Parece una verdad de Perogrullo pero es así de elemental. Lo que ocurre, además, es que las personas no estamos nunca completamente desarrolladas, terminadas o acabadas como puede estar un mueble o una joya. Constituimos un potencial ilimitado, con reservas siempre renovables.

 

La conducta se estructura en torno a fines, no en torno a circunstancias o a cosas que son medios, como pasa con el dinero o con el trabajo mismo. Por eso el dilema de si trabajamos para vivir o vivimos para trabajar sólo puede resolverse a favor de lo primero. Lo otro es una deformación que lleva al activismo, o sea, a un hacer incesante en razón de los resultados económicos o de cualquier tipo, sin equilibrio interior, sin salud espiritual. En ese caso, se trabaja o se estudia por el trabajo o por el estudio mismo, como si ellos fueran la finalidad última de la vida y todo lo demás se subordinara a ellos. Pensemos ante todo si el trabajo nos absorbe la mayor parte del tiempo, o si está equilibrado con el tiempo dedicado a la familia, al descanso y a la formación en otros campos: lecturas, cursos, conferenciar, vida social, deporte y entretenimiento. Nunca pensar que descansar no es no hacer nada, sino cambiar de ocupación, porque son cosas que requieren dedicación y tiempo concreto. En esto nos podemos engañar fácilmente.

 

Hay que preguntarse: ¿qué huella quiero dejar con mi vida? La respuesta no se improvisa, se piensa detenidamente. Tal vez, lo más importante es que esa huella quede marcada en el corazón de los demás, como fruto de unos propósitos de vida y de una fidelidad a la misión que nos hemos propuesto. Y no hay nada más noble y más elevado que, fruto de la entrega y del servicio a los demás, esa huella sea imborrable en su vida, e irá más allá de la nuestra.

 

Lo más valioso de la persona no es tangible, no se puede acariciar físicamente: son bienes interiores –amor, fe, libertad, dignidad...– Pero, a veces, lo olvidamos y tratamos de manipular esos bienes como si fueran cosas o los confundimos con cierto tipo de cosas que van unidas a ellos.

 

Lo anterior se explica por el papel que juega en la vida el tener (tener cosas, tener dinero, tener inteligencia, tener amigos...), pero de ninguna manera “yo soy lo que tengo”, como yo no soy lo que hago, así me la pase haciendo algo todo el día.

 

El ser humano necesita interiorizar lo que hace, en una palabra obrar, es decir, señalar una conducta a sus acciones, que lo conducen no sólo hacia un resultado externo, hacia las cosas que produce o al servicio que presta, sino hacia sí mismo, que retornan a él como un valor agregado, como un incremento que, tomado integralmente, podemos llamarlo crecimiento personal.

 

Son más graves los problemas que engendra la falta de un querer, el no saber exactamente lo que queremos en la vida que los que genera el no tener cosas materiales o dinero. Aquellos problemas necesitan un remedio mucho más complejo que estos otros.

La cultura del ser es más bien intimista y espiritual: busca la satisfacción de la persona en términos de sentirse más o menos feliz, aunque no se disponga de muchos bienes económicos

Los problemas del querer son, en el fondo, no saber dónde está o debería estar nuestro corazón. De ahí la relación de esa situación mezcla con los estados afectivos, con los sentimientos, con las pasiones, con las motivaciones, hasta con las simples ganas de vivir.

 

“Un corazón desorientado es una fábrica de fantasmas” (San Agustín). Es decir, una persona que no sabe lo que quiere o que no quiere lo que debe buscar y saber, por mucho que se mueva o que haga, no logrará tener centrada su personalidad.

 

Si mi principal preocupación es ser lo que quiero ser, el tener se desplaza a un segundo lugar, como también se desplaza el estar: estar bien, estar tranquilo, estar bien alimentado, estar cómodo, estar satisfecho...

 

El simple verbo estar, en español, es un verbo mucho más pobre que el verbo ser. Este tiene una carga profunda que incita a escarbar en lo humano, a acometer la tarea más de difícil, la de autocomprendernos y trabajar en la construcción de nuestra personalidad.

 

La cultura y los valores personales y la cultura y los valores de las organizaciones, pugnan constantemente entre el tener y el ser. La cultura del tener es materialista y consumista, partidaria del éxito como fruto de resultado económico positivo.

La cultura del ser es más bien intimista y espiritual: busca la satisfacción de la persona en términos de sentirse más o menos feliz, aunque no se disponga de muchos bienes económicos, que siempre se necesitan en una cantidad básica para sobrevivir dignamente.

 

Incluso la sobreabundancia de estos tiende a ahogar la agilidad interior de la persona, recorta su libertad por tener que estar constantemente eligiendo entre muchas posibilidades.

 

El problema principal de la existencia humana no radica tanto en cómo hacer las cosas sino en para qué las hago. Frankl nos recuerda la conocida frase de Nieztche: “Quien tiene un porqué para vivir, encontrará siempre el cómo”.

 

Lo difícil, dicho de otro modo, no es saber de qué se vive sino para qué se vive. En la cultura del tener predominan el capital como patrimonio, el dinero, la rentabilidad, y el crecimiento como aumento de riqueza y de poder, lo mismo que el afán de poseer y de dominar. Desarrollarse se confunde con ser capaz de poner los medios científicos y técnicos al servicio de la máxima producción económica posible. La institución o la empresa es, en este enfoque, una máquina para buscar resultados, llámense títulos, diplomas, certificados, saber hacer dinero o ser buen negociante, donde no caben las consideraciones altruistas o de orden espiritual. Todo se subordina claramente a los beneficios y la satisfacción individual de tintes egoístas, casi siempre de orden material o sensual.

 

En la cultura del ser, el principal capital son las personas. Ellas son el centro de cualquier y el eje alrededor del cual se construye la cultura. En ellas el trabajo produce ciertamente beneficios económicos pero éstos se subordinan al crecimiento personal y a la proyección social de la empresa. Y en el caso del estudio, éste se convierte en un instrumento para saber hacer, que mejora a la persona como persona y la vuelve capaz de construir mundo y de contribuir a su comunidad.