GLOBALISTAS Y CONSERVADORES

Por: Cristian Rojas González

 

En una entrevista TED de 2017, el escritor superventas Yuval Noah Harari decía que la nueva confrontación en el mundo será entre globalistas y nacionalistas. Él, por supuesto, tomaba partido por los primeros afirmando que los grandes desafíos serán globales y necesitan respuestas globales. Hoy esa posición podría verse respaldada por una pandemia que se extiende a 195 países, sin embargo, la globalización es vista como causa de la propagación del virus y la respuesta global de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha sido polémica.

Anteriormente los ataques a los organismos internacionales llegaban desde la izquierda política con sus denuncias sobre la “imposición neoliberal” del Fondo Monetario Internacional y su “Washington consensus”, pero hoy la arremetida anti-globalista es protagonizada por la derecha populista como la llama el propio Steve Bannon, uno de sus principales ideólogos y ex asesor de la Casa Blanca.

Esa derecha populista y nacionalista no insiste en la denuncia del “neoliberalismo” ni pide Estados asistencialistas, en cambio, replantea la queja sobre los estragos económicos de la globalización en la vida de las personas apuntando al nuevo gran jugador del comercio mundial y, al mismo tiempo, la gran trampa en el escenario del libre mercado: China. Desde hace años Bannon y sus aliados han señalado a la potencia asiática por muchos de los males del mundo a los que ahora se suma el SARS-Cov-2 o, como diría Donald Trump, “el virus chino”. Además, junto a esto está la acusación a la OMS y a su director de estar al servicio del régimen de Beijing. 

Razón no les falta a los populistas en su alegato, el peso de las instituciones del globalismo no es menor, pero están muy alejadas del ciudadano promedio

Y no solo es la OMS la enemiga de los populistas nacionalistas, son la ONU, la OEA, la Unión Europea, la OMC, el Foro Económico Mundial –“élite globalista de Davos”, según Bannon- y cualquier iniciativa en donde se tomen decisiones o se impulsen proyectos que no respetan la soberanía de los países, no responden a los intereses de los ciudadanos y pretender regir la vida de todos desde poderosas y oscuras organizaciones supranacionales. Y razón no les falta a los populistas en su alegato, el peso de las instituciones del globalismo no es menor, pero están muy alejadas del ciudadano promedio que no conoce sus procesos, no ha elegido a los tomadores de las decisiones ni participa en ellas.

¿En dónde se ubican los conservadores en esa disputa entre nacionalistas y globalistas? En julio del año pasado la revista The Economist habló de una crisis mundial del conservadurismo por el avance nacionalista y anhelaba una retoma conservadora del espacio de la derecha. Pero los conservadores, enemigos del populismo desde Edmund Burke, ya han sido aliados de esta nueva derecha en el Brexit o apoyando a Salvini, a Trump e incluso a Orbán.

El motivo puede estar, precisamente, en los globalistas como enemigo común. Si bien los conservadores defienden las instituciones democráticas frente a la agitación de las mayorías o rechazan proyectos iliberales, también chocan con el globalismo porque entienden que los organismos internacionales tienen agendas dominadas por el progresismo, porque el costo de sostenerlos implica mayor carga fiscal, porque reivindican sus tradiciones culturales frente a un multiculturalismo relativista, y porque valoran la soberanía nacional y desconfían de un mercado global controlado por competidores que asumieron un capitalismo de Estado.

En Europa, por ejemplo, los conservadores de base han dejado de ser esos amantes de la unidad que fueron Adenauer, Schuman o De Gasperi, para convertirse en desconfiados o euroescépticos cansados de los abusos de Bruselas. Por eso los británicos le dieron a Boris Johnson las llaves del 10 de Downing Street y una poderosa bancada de conservadores pro Brexit. Por eso, también, la frase de Trump en la ONU, “el futuro es de los patriotas, no de los globalistas”, le quita votos al Partido Popular cuando la repite Santiago Abascal en España.

Esas inconformidades que convierten a los conservadores en enemigos del globalismo persistirán más allá de la COVID-19. Sin caer en el “síndrome de Fukuyama” de tantos intelectuales que no pierden oportunidad para ver un cambio de época y además explicar el futuro, hay que decir que el discurso antiglobalista puede tener eco en el conservadurismo de la pandemia y aún más de la pospandemia, cuando no sea la salud sino la recuperación del empleo el tema del día a día, y se vuelva a hablar del “America First” en su versión italiana, alemana, francesa, polaca, española, etc.

En cambio, la propuesta de Harari de un siglo XXI con identidades nacionales y reglas globales, difícilmente dejará satisfechos a los conservadores que sospechan que en ese juego las cartas están marcadas.

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