LOS FUNDAMENTOS MORALES DE LA ECONOMÍA

Por: Russell Kirk 

A algunas personas les gustaría separar a los economistas de la política, pero no pueden hacerlo. Otro nombre para la economía es economía política. Como mencionamos en capítulos anteriores, una economía sólida no puede existir sin un estado político que la proteja. La interferencia política insensata en la economía puede provocar pobreza general, pero un sabio estímulo político en la economía ayuda a una sociedad a alcanzar prosperidad.

Del mismo modo, algunas personas quisieran separar la economía de la moral, pero no pueden hacerlo. Porque a no ser que la mayoría de hombres y mujeres reconozcan algún tipo de principios morales, una economía no puede funcionar excepto de una manera limitada y precaria. Las creencias morales, a veces llamadas valores morales, permiten la producción, el comercio, el ahorro y todo el aparato económico.

Todas las invenciones e instituciones humanas tienen alguna conexión con las ideas y los hábitos morales, ya que los seres humanos son criaturas morales. Los conceptos de lo correcto e incorrecto nos persiguen en todo lo que hacemos, queramos o no preocuparnos por cuestiones morales.

La prosperidad material depende de las convicciones morales y de los acuerdos morales.

Adam Smith, el principal fundador de la ciencia económica, fue profesor de filosofía moral. Daba por sentado que las creencias morales deberían incidir en las actividades económicas.

El éxito de las medidas económicas, como el éxito de la mayoría de las demás cosas en la existencia humana, depende de determinados hábitos morales. Si esos hábitos no existen, la única manera de producir bienes es por obligación, por lo que se denomina trabajo forzado. Examinemos brevemente algunas de las cualidades morales que hacen posible una economía próspera.

Cualquier economía que funcione bien depende de un alto grado de honestidad. Por supuesto, estafadores y charlatanes se encuentran en cualquier sociedad, pero en general, en una economía próspera la mayoría de la gente se comporta con honestidad. "La honestidad es la mejor política", escribió Benjamín Franklin en el siglo XVIII, haciendo eco de un viejo refrán inglés. Quiere decir que la honestidad paga, en un sentido económico.

Ya que cualquier economía avanzada se basa en contratos: acuerdos para vender o comprar, promesas de pago, escrituras de venta, todo tipo de "instrumentos comerciales". Muchos contratos comerciales son orales, en lugar de escritos. Los mercados de hoy en día dependen especialmente de los contratos implícitos (a diferencia de los minuciosos contratos escritos). Es posible que haya visto una subasta pública, en la que un licitador puede prometer una gran suma de dinero simplemente alzando la mano o asintiendo con la cabeza. El subastador confía en que el licitador mantenga su promesa de compra a un cierto precio. A una escala mucho mayor, el complejo aparato de los mercados de valores depende de esos contratos implícitos y de la honestidad ordinaria.

Por otro lado, las sociedades en las que el robo, el engaño y la mentira son comunes no suelen desarrollar economías exitosas. Si la producción y la distribución sólo pueden llevarse a cabo bajo protectores armados y sin ninguna certeza de que se les pague, entonces se producirá y se distribuirá por encima del nivel de subsistencia. Cuando no se cumplen los negocios y no se pagan los préstamos, los precios son altos y los tipos de interés son más elevados, lo que desalienta la producción y la distribución.

Otra cualidad moral o hábito importante para el éxito de una economía es la costumbre de hacer bien el trabajo, de producir bienes de alta calidad. Los romanos tenían una palabra para esto: industria, una virtud moral, de la que deriva nuestra palabra inglesa 'industry'. Los bienes deben ser fabricados, y los servicios prestados, con el fin de producir algo satisfactorio o incluso admirable, no sólo por el pago en efectivo. Este afecto por la calidad está ligado a la esperanza de satisfacer o ayudar al comprador o cliente: hacer algo amable por otras personas, aunque el productor y el distribuidor nunca vean a la mayoría de los clientes. Esta creencia de trabajar correctamente y con fidelidad está relacionada con una virtud llamada caridad. Porque la caridad no es limosna, principalmente la palabra significa "ternura o amor, afecto por otras personas". El productor que crea bienes de primera calidad está sirviendo a otras personas y puede sentirse satisfecho con su trabajo.

Una virtud más del mercado es una suerte de coraje: lo que los antiguos romanos llamaban fortaleza. Este coraje económico incluye la voluntad de tomar riesgos, la capacidad de soportar tiempos difíciles, el talento para resistir todas las decepciones, el acoso, la ingratitud y la imprudencia que recae sobre las personas en el mundo del consumo y el gasto.

Sería bastante fácil enumerar otras creencias morales y costumbres que forman parte de los cimientos de una economía próspera, pero nos acercamos al final de este libro. Así que en lugar de eso, volvemos, por un momento, a un vicio que discutimos antes y a la virtud que es lo opuesto a ese vicio.

El vicio se llama envidia; la virtud se llama generosidad.

La envidia es una emoción amarga que condena a una persona a la soledad. La generosidad es una emoción que atrae amigos.

El hombre o la mujer generosa están dispuestos a dar a los demás con sinceridad y en ayudarles en lugar de ponerles trabas. La generosidad trae la admiración de los logros y las cualidades de los otros.

Ahora bien, la generosidad también es una cualidad moral de la que depende una economía sólida. El productor y el distribuidor, cuando se mueven por la generosidad, no se envidian mutuamente: pueden ser competidores, pero son competidores amistosos, como los contendientes en algún deporte. Y en una sociedad con un fuerte elemento de generosidad, la mayoría de los ciudadanos no apoyan medidas públicas que derriben o repriman a los individuos más productivos, dinámicos e ingeniosos.

Un espíritu de generosidad hacia los demás sigue funcionando en América. Pero en gran parte del mundo, un espíritu muy diferente ha llegado a prevalecer. En las tierras marxistas, la envidia es avalada por los hombres en el poder. La riqueza privada y el éxito personal son denunciados bajo este premisa. El adoctrinador marxista predica deliberadamente la envidia. Apelando a ese fuerte vicio, puede ser capaz de derribar constituciones, clases y religiones.

Debido a que el mercado trae un importante éxito a un buen número de individuos, el marxista odia el mercado. Un marxista consecuente declara que cuando dos personas intercambian bienes en cualquier mercado, ambas son engañadas. Sí, ambos... eso es lo que dice el marxista. El intercambio en sí mismo es "opresión capitalista", proclama el propagandista marxista. Desde luego, hay muy poco intercambio rentable en los países comunistas. Envidiando la popularidad y el éxito del mercado, el marxista denuncia furiosamente el mercado.

A la larga, la sociedad envidiosa trae consigo la tiranía del proletariado y pobreza general. Tanto a corto como a largo plazo, la sociedad generosa fomenta la libertad política y la prosperidad económica.

Además, una economía libre y exitosa hace posible la generosidad: crea una abundancia material que da riqueza a las organizaciones benéficas privadas y permite al Estado llevar a cabo medidas de bienestar público.

Traductor: Jair Peña Gómez

Publicado originalmente en The Imaginative Conservative: https://theimaginativeconservative.org/2011/03/russell-kirk-moral-foundations-of-economics.html