ESPERANZA EN LA HUMANIDAD

Por: Jaime Nubiola

Me ha impresionado el libro de Rutger Bregman Humankind: A Hopeful History [La humanidad: Una esperanzadora historia] que hace unos meses se publicó en la editorial londinense Bloomsbury, traducido del holandés. Imagino que no tardará mucho en ser traducido al español, como lo fue el libro anterior de este autor Utopía para realistas.

He leído solo las cincuenta primeras páginas del libro y me ha cautivado. La tesis que sostiene Bregman es la de que, en contra de todas las apariencias y de las supuestas evidencias que a diario nos dan los medios de comunicación, los seres humanos somos básicamente buenos, deseamos hacer el bien y tratamos de colaborar con los demás.

Me parece que tiene toda la razón del mundo, aunque no se me ocultan ni las sangrientas guerras que han afligido a la humanidad ni las violencias de todo tipo que se han dado y que se dan, incluidas las lacras de la esclavitud y la prostitución o la tragedia del aborto. En mis habituales paseos por mi ciudad —camino casi todos los días algo más de 10.000 pasos por indicación médica— compruebo cómo los padres cuidan con cariño de sus hijos, aunque estos se pongan a veces muy pesados, cómo los hijos cuidan piadosamente de sus padres ancianos aunque estos puedan padecer demencia senil, cómo los amigos se atienden unos a otros, cómo los vecinos se sientan en una terraza a charlar amablemente delante de una buena cerveza. Los ejemplos podrían multiplicarse indefinidamente; como son tan comunes no les prestamos atención porque de ordinario damos por supuesto que los seres humanos nos cuidamos unos a otros. Lo hemos visto de modo muy especial en los días del confinamiento por la COVID-19.

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¿De dónde sale esa imagen falsa del hombre como un lobo para los demás hombres? La primera respuesta que proporciona Bregman es que la causa de esa distorsión que nos presenta a los seres humanos como malvados se encuentra en las noticias que consumimos: «Por supuesto, por 'las noticias' no quiero decir todo el periodismo. Muchas formas de periodismo nos ayudan a entender mejor el mundo. Pero las noticias —esas que informan de los acontecimientos recientes, incidentales y ocasionales— son lo más común. Ocho de cada diez adultos de los países occidentales son consumidores diarios de noticias. Como media, invertimos una hora al día en obtener nuestra ración de noticias. Sumadas a lo largo de la vida, esto son tres años».

 

Bregman explica que hay dos razones que dan cuenta de esta costumbre nuestra de alimentarnos de malas noticias: la primera es el sesgo de negatividad por el que prestamos más atención a lo malo que a lo bueno, a los peligros que nos amenazan que a tantas cosas buenas que nos rodean; la segunda es el sesgo de lo extraordinario por el que atendemos más a los acontecimientos extraordinarios —y muchas veces terribles— que a lo común que casi siempre nos aburre. Basta ver cualquier telediario. Que una madre —como la antigua Medea— mate a sus hijos es noticia; que millones de madres se desvivan cuidando a sus hijos no lo es. En estos días de pandemia, que un colegio cierre por coronavirus es noticia, que en otros 30.000 colegios se dé clase con más o menos normalidad apenas es noticia.

Me encantó una imagen que circuló por internet de una cafetería en Latinoamérica que tenía el siguiente letrero en la puerta: «No tenemos wifi, hablen entre ustedes».

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Hace una semana salió en la prensa que el gobierno español ha reactivado la tramitación parlamentaria de una ley reguladora de la eutanasia para enfermos incurables o crónicos en lugar de una legislación que apoye los cuidados paliativos tal como pedían los grupos provida. A mí me pareció una notable falta de sensibilidad abordar esta cuestión delicada y compleja —y en la que tanto nos jugamos— en medio de la crisis sanitaria del coronavirus. Es un poco fuerte decirlo así, pero me recordaba aquellas especies animales que eliminan a sus miembros más débiles o enfermos porque son una carga para el grupo: así hacían, por ejemplo, los peces tropicales que tenía en un precioso acuario en mis años de juventud.

 

La tramitación de la ley de la eutanasia en España, so capa de ensanchar los derechos de los enfermos o de evitar el encarnizamiento terapéutico, me parece una mala noticia que —en cierto sentido— viene a confirmar la tesis de Bregman. Por supuesto, lo mismo podría decirse de los abusos policiales en los Estados Unidos o en tantos otros países: son casi siempre malas noticias de las que nos alimentamos. Estos sucesos —que llenan los telediarios y los medios de comunicación— pueden hacernos pensar que la humanidad ha fracasado estrepitosamente. Sin embargo, me parece que esto no es así: si prestamos atención al generoso comportamiento de tantas personas que nos rodean en nuestra familia, en el trabajo, en el círculo de amigos; si prestamos atención a tantas cosas positivas de la vida ordinaria, podemos recuperar nuestra esperanza en la humanidad.

 

Me encantó una imagen que circuló por internet de una cafetería en Latinoamérica que tenía el siguiente letrero en la puerta: «No tenemos wifi, hablen entre ustedes». Así es; si en lugar de consumir malas noticias nos escuchamos unos a otros quizá recuperemos la esperanza en la humanidad, tal como nos sugiere el libro de Rutger Bregman.

 

Pamplona, España, 1 de octubre de 2020.