ESCUCHÉMONOS

Por: Álvaro José Cifuentes
PhD. Presidente del Instituto Latinoamericano de Liderazgo
Twitter: @ChecheCifuentes

Hoy me llamó mi papá desde Cali. Él tiene 82 años y desde hace un tiempo se le fue deteriorando la vista, hasta perderla en casi su totalidad. Pocas veces me llama porque, generalmente, hablamos cuando me contacta mi mamá y me lo pasa; y en muchas ocasiones mi mamá activa altavoz y hablamos los tres. Hoy seguramente le dijo a Siri “llamar a Cheché”. Cuando él lo hace es porque tiene un tema muy concreto para hablar. Percibí, en un primer momento, que quería desahogarse por la tristeza que le causa la situación del país y me expresó su preocupación. Con toda la confianza que nos tenemos, le dije: “pa, en estos momentos eres afortunado de no poder ver, porque duele ver las imágenes y videos de comercios destruidos, ciudadanos (policías y civiles) muertos y heridos, CAI incendiados, buses quemados…”. No por el hecho de la destrucción material, que podría ser causada también por un terremoto o un incendio accidental, sino porque reflejan un profundo rencor, odio e ira de un grupo de ciudadanos, por las causas que sean. Lo material se rehace rápidamente con los impuestos de todos, pero rescatar el espíritu cívico de las personas causantes es algo más complejo y demorado. Y las vidas perdidas representa existencias truncadas y familias heridas.

Mi papá, debido a la edad y la pérdida de la visión, se dedica todo el día a escuchar y reflexionar. Actualmente habla poco, sólo lo necesario y oportuno. Creo que ya ha hablado lo suficiente durante toda su vida ayudando a muchas personas. Escucha, en primer lugar, a mi querida mamá y a los afectuosos visitantes que pasan con frecuencia por la casa (actualmente, con todas las medidas de bioseguridad). Escucha música y escucha todas las noticias de Colombia y el mundo durante el día entero. Aunque no ve, estaba muy enterado de todo y me describía, como si lo hubiera presenciado, la destrucción de los restaurantes recién abiertos en el Parque del Perro, los daños al Centro Médico Imbanaco, saqueos a locales de Carulla, el Éxito, etcétera, y también me comentaba su incomodidad con los periodistas o personas influyentes que le hacen eco y justifican la violencia, aunque sea implícitamente. Al final me dijo: “A seguir rezando por el país y no perder la esperanza”. En este minuto de la conversación entendí que mi papá no llamaba a desahogarse y menos a quejarse, sino que quería consolarme a mí con su fe, con su serenidad, con su sabiduría. Él sabe que me duele Colombia.  

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En ese momento del diálogo se me ocurrió una cifra, de esas con poco sustento, de esas estimaciones para reforzar razones que te hacen sentirte un poco mejor y explicarte una realidad. Le dije: “generar caos y mostrar un país dividido es sencillo. Supongamos que son 50.000 personas (esta cifra es fácil de entender espacialmente porque equivale a los individuos en un estadio de fútbol promedio). Se dividen en cien grupos de quinientos. Esta última cifra es aparentemente grande si se considera capaz de generar sentido de grupo para una actuación anónima en masa que, con la adrenalina, no mide las consecuencias de sus actos. Cada uno de estos cien grupos ataca infraestructura, estaciones de policía, buses articulados, etc. y se camuflan entre aquellos que marchan pacíficamente. Se filman los ataques, se publican los videos con destrozos, se viralizan fotos, se comentan, se interpretan y se magnifican. Pero haz una pausa y recuerda cuántos somos los colombianos: 50 millones. Es decir, esos cincuenta mil vándalos son el 0,1 %. Son una ínfima minoría violenta con la que debemos hacer un esfuerzo sobrehumano de comprensión y, lógicamente, de corrección. Todos los demás, tengamos la opinión que tengamos sobre la situación, sobre el Gobierno Nacional, sobre las decisiones de los mandatarios locales y sobre la actuación de algunos policías, sabemos que el vandalismo no es el camino. Todos los otros 49’950.000 tenemos, seguramente, perspectivas muy diversas sobre la realidad, pero estamos de acuerdo en que la violencia irracional no es la solución. Somos conscientes que necesitamos crecer como sociedad en muchos frentes, pero trabajando unidos con sentido común y en concordia”.

La política no es exclusiva de los políticos, la política es cuestión de todos los ciudadanos para convivir, para soñar, para construir, para progresar, para disfrutar la vida.

Me despedí de mi papá y recordé un texto que escribí hace unos años en el que explicaba lo político como un ámbito de deliberación orientada a descubrir una verdad práctica referente al bien común para su implementación, es decir, un espacio de interacción social y diálogo ciudadano. Para avanzar hacia el bien común debemos escucharnos. La política no es exclusiva de los políticos, la política es cuestión de todos los ciudadanos para convivir, para soñar, para construir, para progresar, para disfrutar la vida.

Sabemos que todas las instituciones y organizaciones necesitan transformaciones constantes de estrategia, de normas y de conductas. Algunas lo requieren con más urgencia en un momento concreto. Sea la Policía, el Congreso de la República, las empresas, las instituciones educativas o los equipos de fútbol, todas deben estar en una continua reingeniería para ejercer su misión y garantizar los Derechos Humanos, prestando el servicio en las mejores condiciones posibles a todas las personas. A su vez, para el cambio organizacional es requisito el cambio personal. Estar abiertos a revisar cada uno sus paradigmas y conductas. Y para los procesos de transformación es indispensable escucharnos. Recuerdo a un amigo que insistía mucho en la distinción entre oír y escuchar. Lo segundo requiere más empeño, empatía y apertura. Los colombianos tenemos que aprender a escucharnos. Todos queremos un país mejor, con más empleo, mejor educación, óptima atención médica y libertades ciudadanas. La clave está en ponernos de acuerdo –a través del diálogo y los mecanismos democráticos– en cómo alcanzar esos y otros objetivos. El primer paso es escucharnos, escucharnos con respeto, escucharnos como escucha un papá a su hijo. Esta es mi invitación: escuchémonos.