ESCUCHAR A LOS JÓVENES IRRITADOS

Por: Jaime Nubiola

 

En estos días vemos con frecuencia en la televisión a jóvenes irritados en muchos países contra las medidas policiales adoptadas por los Estados con la pretensión de evitar los rebrotes de la epidemia de coronavirus. A menudo la agresividad del enfrentamiento es tal que me lleva a pensar que, en cualquier momento, los policías —quizás asustados— pueden comenzar a disparar a los jóvenes manifestantes que les lanzan piedras o queman contenedores.

 

Los expertos sociales que escriben en los periódicos suelen tachar de irresponsables a estos jóvenes que se manifiestan en contra de todo ese control ante una enfermedad que a ellos realmente no les afecta. Vienen quizás a decir: "Cuidad de los abuelos que son los que se mueren, pero no nos molestéis a nosotros. ¡Dejadnos en paz!".

 

No sé por qué esto me trae a la cabeza lo que pasaba hace un par de meses en España en los centros de mayores que tan gravemente han sufrido la pandemia: mientras los responsables de los centros pedían desesperadamente médicos y pruebas de determinación del virus, los gobernantes les enviaban soldados armados con fumigadoras para desinfectar esos espacios. Los centros residenciales no necesitaban militares, sino médicos y medicinas.

Nuestros jóvenes piden una libertad razonable ante un Estado que tantas veces parece que ha perdido la razón. Los jóvenes no es que estén deseosos de juerga —que también— sino que anhelan libertad y razonabilidad. Por poner otro ejemplo irritante: la pasada semana podían verse en mi ciudad las terrazas de los bares llenas de personas mayores mientras que los columpios de sus hijos y nietos, quizás incluso situados delante de la misma terraza, estaban precintados por orden de la superioridad. ¿En qué cabeza cabe que eso fuera razonable? Afortunadamente han quitado ya los precintos y han dicho que era un error.

ES_title_count_44K_assoc_728x90.gif

Me parece que tienen mucha razón los jóvenes en su denuncia de la creciente expansión del poder que, como en una pesadilla, aspira a llegar a controlar todos los resquicios de la vida humana. Nuestros gobernantes deberían reflexionar sobre la grave fractura social que esas protestas y conductas —supuestamente incivilizadas— representan. No es un problema de España, sino que el fenómeno, con diversas manifestaciones, puede advertirse desde Hong Kong hasta Seattle, quizá, sobre todo, en las ciudades.

 

No hace mucho un estudiante inquieto me preguntó si yo era filósofo o profesor de filosofía. Le contesté que soy un profesor de filosofía que me dedico a pensar y a invitar a otros a pensar y a escribir. Desde hace años tomé como lema para mi trabajo aquello que John Dewey escribió en The Need of a Recovery in Philosophy: «La filosofía se recupera a sí misma cuando deja de ser un recurso para ocuparse de los problemas de los filósofos y se convierte en un método, cultivado por filósofos, para ocuparse de los problemas de los hombres». Con mi maestro americano Hilary Putnam pienso «que los problemas de los filósofos y los problemas de los hombres y las mujeres reales están conectados y que es parte de la tarea de una filosofía responsable lograr esa conexión».

 

Me parece que esos jóvenes irritados necesitan, en primer lugar, que quienes mandan les escuchen, no que les envíen policías para silenciarles.

 

 

Pamplona, España, 1 de julio de 2020

ASC_BannersXSite_HouseAds_120x600_PV_es-

Foto: La Vanguardia