ES HORA DEL REENCUENTRO

Por: Jorge Yarce

 

Podemos decirlo con fuerza: “¡ahora o nunca!”, es la hora del reencuentro en el seno de la familia. Entre esposos, entre los hijos y los padres y entre los hermanos, sin perder un solo minuto, para hacer de verdad que la familia sea una comunidad de amor,  de vida y entrega personal a los otros.

 

Hora para descubrir a  cada uno en particular y aceptarlo plenamente como es, no como nosotros queremos que sea. Es decir, para comprender y y sentir a los otros desde ellos mismos, poniéndonos en sus zapatos, como reza el dicho popular.

 

Es hora de romper el silencio que mata la convivencia y la amistad que debe reinar entre los miembros de una familia unida.

 

Es la hora de la fiesta del amor en la familia, fiesta en grande, gozo de estar juntos, celebración continua de la amistad, recuperación del tiempo perdido, de hacer planes juntos y ayudar al proyecto de vida de cada uno. Es lógico que haya más tiempo para dedicarles a todos, y que sea tiempo de calidad.

 

Es la hora para un diálogo total, sin rencores, ni resentimientos, ni palabras salidas de tono, ni  “pasar cuentas” del pasado.

 

Es la hora de conocer más a fondo a cada uno en la familia y de que cada uno de lo mejor de sí. Tomar ejemplo de quienes, por fuera, están dedicados a cuidar la salud de los demás en una entrega generosa, sin  un minuto para ellos mismos.

 

Es la hora de hacer realidad el significado etimológico de la palabra hogar, “fuego para el altar”, un fuego que encienda los corazones al rojo vivo para hacer más amable la convivencia  y el servicio sin condiciones a los demás, con la alegría de vivir orgullosos de la propia familia. Como dice un santo de nuestro tiempo, que cada uno en el hogar sea “una alfombra para que los demás pisen blando”.

 

Es hora de renovarse interiormente, barriendo bien dentro de sí para echar fuera el orgullo, la prepotencia, la vanidad, el mal humor.

 

Es la hora del reencuentro sincero y cálido con la familia grande: pensar en todos y hablar con todos, infundiéndoles optimismo y esperanza y que sientan el calor de una familia unida de pensamiento, de corazón y de propósitos. Sacar de la oscuridad a los marginados u olvidados de la familia.

 

Es  la hora del encuentro con Dios, unidos en la oración, con esperanza,  para que todos sean más felices ahora y en adelante haciendo propósitos serios de cambio personal.