EL PROFESOR COMO CONSTRUCTOR DE SUEÑOS

Por: Jorge Yarce

Enseñar a soñar es una de las grandes metas de la acción educativa. Y en este sentido el profesor es un constructor de sueños: la persona llamada a ayudar al estudiante a configurar su visión personal, el “para qué”, el “sueño” de su vida, brindándole herramientas para abrir el camino por sí mismo, para que se proponga metas altas, para que ascienda a la cumbre interior y divise el panorama de su propia vida y haga de sí mismo aquello que quiera ser en virtud de sus capacidades y de su propia libertad.

Se trata de sueños que se forjan en el camino de la vida: en la niñez que vislumbra el futuro muy vagamente en forma fantasiosa, en la adolescencia que se abre a la intimidad y descubre al otro como un puente vital que le responde, en la juventud cuando siente la fuerza de atracción del futuro y las tensiones de la libertad, en la madurez cuando las experiencia hace que algunos de esos sueños le hagan tocar tierra, encuentren suelo duro y se deshagan, o tengan que empezar a alzar vuelo de nuevo. Nadie nos puede ni nos debe quitar esos sueños: son el pequeño tesoro escondido que llevamos permanentemente con nosotros y que alimenta nuestra alma en todo momento.

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Los profesores deben tenerlo muy en cuenta. El material que reciben no es duro, sino blando: cerebro, corazón, inteligencia emocional, sentimientos. Y se puede forjar, modelar, arcillar como una obra de arte, con amor, con respeto, con una profunda veneración por el ser del otro, no imponiéndole lo que se quisieran que fuera, sino logrando que salga de él su mejor yo, su propio ser. Al estudiante no le interesa el pasado como meta. Le interesa más lo que será. Y hoy en día hay que apostarse la vida al futuro para cambiarlo.

La forma de proteger sus sueños es no contaminarlos con la decadencia, con el facilismo, con la filosofía del éxito económico, con la falta de disciplina. Ellos pueden mostrar –con su coherencia de vida- que sí saben dónde quieren ir, cómo se debe ir, qué riesgos hay que correr y que vale la pena emprender la tarea de la mano del ideal, alimentando constantemente esos sueños de diverso tipo: humanos, profesionales sociales, espirituales, sentimentales, etc.

La educación, cualquiera que sea el campo profesional, sería un tremendo fracaso si no nos hace más personas, más dialogantes, más convivientes, más tolerantes, más amorosos, mejores amigos

Foto: La Vanguardia

Para construir sueños, el profesor tiene que pensar mucho más en lo que puede hacer que en lo que ha hecho, debe estar más anclado en el futuro que en el pasado, dar rienda suelta y echar el ancla en el mar del riesgo, de lo desconocido, de lo incierto, buscando un lugar no exento de riesgo y aventura, porque está pensando no en su seguridad, sino en la inseguridad propia de la vida del estudiante, en la incertidumbre y riesgo propios de quien busca abrirse paso en la vida. Enseñar a soñar es enseñar a buscar sin importar si lo que encontramos es todo lo que buscamos, o es un puente para seguir buscando.

La educación, cualquiera que sea el campo profesional, sería un tremendo fracaso si no nos hace más personas, más dialogantes, más convivientes, más tolerantes, más amorosos, mejores amigos, más dolientes con el sufrimiento ajeno, mejores hermanos, mejores hijos, mejores padres o madres, mejores ciudadanos. Eso nos permite estar atentos a la forma de colocar las bases de la construcción (intelectuales, emocionales, o de cualquier otra índole), para ofrecer elementos que rectifiquen el rumbo, no para mermar su dificultad. Para no dejar desfallecer esos sueños  ante las dificultades, sino para convertirlas en una maravillosa oportunidad para vitalizarlos y para llenarlos de esperanza.

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