EL MONSTRUO DEL ESTADO POLICIAL

Por: Jaime Nubiola 

 

El pasado jueves 16 de abril recibí una comunicación de la empresa que administra la comunidad de propietarios en la que vivo, diciéndome en un tono que me pareció conminatorio: «Adjuntamos las cuestiones operativas sobre medidas restrictivas del R.D. 463/2020 por el que se prohíbe el uso de zonas comunes (garaje, escaleras, azoteas, etc.) aunque sea para pasear por ellos [sic]. Rogamos cumplan las medidas indicadas por el Ministerio del Interior».

 

En el documento adjunto "Cuestiones operativas sobre medidas restrictivas del R. D. 463/2020 por el que se declara el estado de alarma" con membrete de la Dirección General de la Guardia Civil figuraba un amplio listado de personas y actividades indicando si podían circular o estar abiertas o no. Comenzaba con las estaciones de la Inspección Técnica de Vehículos y las peluquerías —que no podían abrir— y terminaba con los párrocos y sacerdotes, que sí podían circular. Pues bien, en el documento que se me enviaba figuraba subrayado en amarillo: "Se prohíbe el uso de los espacios comunes [de las comunidades de vecinos], aunque sea para pasear por ellos". Se me cayó el alma a los pies y me parece que merece la pena dar cuenta de su contexto para poder pasar —tal como recomendaba Eugenio d'Ors— de la anécdota a la categoría.

 

El pasado 11 de marzo dio positivo en COVID-19 un médico de mi residencia, que quedó debidamente aislado en su habitación durante 25 días hasta que se confirmó su curación. Los demás de la residencia —otros ocho— entramos en cuarentena cuatro días antes de que el Gobierno español decretara el confinamiento para toda la población. Este confinamiento estricto me planteaba —como a tantos otros— la dificultad de cómo hacer mi "deporte" habitual, indicado por el médico, consistente en caminar diariamente unos 10.000 pasos. Un alumno me escribió contándome que hacía una tabla de gimnasia en su garaje y eso me dio la idea de aprovechar el enorme garaje del bloque de viviendas para pasear. De hecho durante este mes he podido hacer unos 5.000 pasos cada día distribuidos en tres tramos de 20 minutos a las 12, a las 4 y a las 8.

 

En estos paseos apenas me encontré con nadie, salvo algún día una pareja de jóvenes que caminaban juntos por el garaje —con un ritmo mucho más vivo que el mío—, un padre jugando con tres niños entre 2 y 5 años con unas bicicletas al lado de su coche, y ocasionalmente a algún vecino que llegaba o salía con su automóvil. Nunca tuve ninguna conversación con nadie, salvo un fugaz "buenos días" o "buenas tardes", y jamás se me ocurrió pensar que ese paseo mío fuera algo prohibido en el estado de alarma.

 

Sin embargo, lo que más me apenó es caer en la cuenta de que si la comunidad me había enviado aquella comunicación era porque habría recibido una denuncia de algún vecino. De inmediato vino a mi memoria el control social en los países comunistas que tan bien aparecía reflejado en la película "La vida de los otros". ¿A quién puede molestarle que yo pasee durante una hora al día por un sótano frío y oscuro sin tener relación con nadie? Me pareció que era el triunfo del control policial de la sociedad en la que los "buenos ciudadanos" se transforman en denunciantes.

Me pareció que era el triunfo del control policial de la sociedad en la que los "buenos ciudadanos" se transforman en denunciantes.

A raíz de esa comunicación suspendí mis paseos por el sótano. A los pocos días, al regresar a casa procedente de la farmacia, dándole vueltas a esto que me había pasado, vi que en una grieta entre el pavimento y la pared de la casa había brotado una hermosa florecita amarilla. Trajo a mi memoria aquel verso de Neruda que está pintado en la pared de una floristería próxima: «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera». Las prohibiciones que se acumulan en estas semanas en mi país no podrán cercenar nuestras ansias de libertad.

 

Al redactar estas líneas he podido comprobar que el supuesto documento de la Guardia Civil era falso [https://www.newtral.es/la-guardia-civil-no-ha-publicado-un-documento-de-cuestiones-operativas-sobre-medidas-restrictivas-ante-el-estado-de-alarma/20200414/], lo que hace —me parece— todavía más inicua la situación.

Temo que el estado de alarma, prolongado durante ocho semanas, ha transformado mi país en un monstruoso Estado policial como el que aparecía en la novela 1984 de Orwell. Lo que más ha fallado —me parece a mí— ha sido la pedagogía de los gobernantes, que no han sido capaces de dar razón de las razones que asistían a las diversas medidas que han ido tomando. Esa ausencia de una pedagogía razonable es quizá la que ha convertido a alguno de mis vecinos en un denunciante.

 

Muy probablemente es el miedo irracional al contagio lo que aterroriza a algunos ciudadanos, quizás en particular a aquellos que viven solos o están aislados y tienen la televisión como exclusiva fuente de información. Como ha venido sucediendo en los regímenes comunistas, el miedo potencia ese egoísmo irreflexivo que convierte a algunos individuos en delatores, persuadidos quizá de que con su denuncia se convierten así en "buenos ciudadanos". En síntesis, donde no hay libertad, desaparece la ciudadanía, la amistad civil, hasta el punto de que los vecinos pueden llegar a transformarse en potenciales enemigos. Ese es el monstruo creado por el Estado policial.

                 

Pamplona, España, 1 de mayo 2020