EL

IMPERIO

DEL MAL

Por: Jair Peña Gómez

El 8 de marzo de 1983, en plena Guerra Fría, Ronald Reagan dio un discurso en la convención anual de la National Association of Evangelicals titulado «El Imperio del Mal», en el que hacía referencia al enfrentamiento entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, pero no en un escueto sentido militar o patriotero, sino en un sentido moral. Pretendía que, como él, quienes lo escucharan fueran conscientes de que la guerra no se trataba de demostrar la superioridad tecnológica y política de su país, o de garantizar la supervivencia de los Estados Unidos como nación, sino que se trataba de «la lucha entre lo bueno y lo malo, entre el bien y el mal».

Acertaba Reagan en esto, como en tantas otras cosas, con la visión y la elocuencia de los grandes estadistas de la historia. La lucha entre el comunismo y la democracia liberal, entre el modelo de economía planificada y el modelo de libre mercado, es la lucha entre la esclavitud y la libertad, entre la barbarie y la civilización.

Y es que la extrema izquierda debe ser proscrita de todas las democracias del mundo pues es una amenaza latente a las libertades económicas y civiles que ha logrado el ser humano en el trascurso de siglos. No vale la pena transar con aquellos que tienen en poco el valor de la libertad, es un riesgo innecesario abrir la puerta como muestra de tolerancia y espíritu democrático a ideologías totalitarias, ya sea comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, todas ellas producto de un mismo parto, hijas de una misma madre, siameses separadas al nacer, que adoptan formas distintas pero que son iguales en esencia.

Se debe optar por un sistema democrático que permita el disenso, por supuesto (cada quién es libre de pensar, decir y hacer lo que le venga en gana, siempre y cuando no afecte de manera negativa el bien común), pero que propenda por unos acuerdos mínimos y elementales, y cuyo eje transversal -creo yo- debe ser una correcta y realista concepción antropológica del ser humano, lejos de las utopías marxistas y hitlerianas, que consideran al hombre no un ser perfectible y libre, sino un ser en constante construcción y un reo en búsqueda de su libertad.

Es decir, para el marxismo, el hombre no es sustancialmente libre, sino que debe hacerse libre y eso sólo ocurrirá por medio de la dictadura del proletariado. Esa es la génesis del desvío y desvarío marxista. Dichos idealismos, tan alejados de la verdad del hombre, son los que dan lugar a la opresión del individuo por parte del Estado, una organización que, en ese sentido, representa los intereses de una masa amorfa, que busca la “liberación” del hombre y que para lograrlo no escatimará en pasar por encima de muchos hombres de ser necesario.

Ese ímpetu y frenesí revolucionario, ese querer destruirlo todo para empezar de ceros, ese desconocimiento de la libertad (valor y don intrínseco del hombre, que nunca se pierde totalmente aunque se esté secuestrado o constreñido, porque es propio de su espíritu), es incompatible no sólo con la democracia sino con la humanidad misma.

Una política sana es aquella que reconoce la libertad del hombre, no aquella que se la promete; la primera acepta que existe, la segunda la desconoce.

Si la democracia liberal no quiere ser desalojada y devorada vertiginosamente por los colectivos enemigos de la libertad, debe entender de una vez por todas que su legitimidad emana de la confianza y la responsabilidad que depositan los ciudadanos en ella, y que su función es ser guardiana de las libertades humanas, no convivir con el imperio del mal.