IVÁN DUQUE:

EL GOBIERNO DEL BICENTENARIO

Por: Gilberto Ramírez Espinosa

 

Si algo puede caracterizar al gobierno del actual presidente de Colombia es estar al frente de una república bicentenaria. Son pocos quienes han tenido una oportunidad de esa naturaleza y más pocos los que aprovechándola tienen algún reconocimiento favorable por ello. La vocación tan arraigadamente presidencialista de nuestra república, compartida con nuestros vecinos del subcontinente, hace que la ciudadanía se acostumbre a evaluar más a un presidente por lo que hace en vez de por lo que no hace; incluso peor, se le evalué por hacer lo que no debe o dejar de hacer lo que sí debe.

No fue otra cosa lo que ocurrió con los gobiernos del centenario de la independencia, quienes desde 1910 tuvieron que atenerse a recuperar la estabilidad institucional que había sido deteriorada desde la brutal guerra civil conocida como la de los Mil Días, cuyo balance dejo una hiperinflación (la única vivida hasta entonces en nuestra historia), destrucción de activos y la pérdida territorial de Panamá. La conmemoración del centenario de la Independencia sirvió, no solo para lamerse las heridas de una soberanía maltratada sino para reivindicarla en torno a un compromiso por la paz y la concordia entre la generación responsable del relevo del poder para ese entonces.

Espíritu que encarno muy bien la primer presidencia del centenario de la Independencia como fue la Carlos Eugenio Restrepo (1910-1914), quien al frente de una coalición llamada “Unión Republicana”, compuesta de los sectores moderados del partido liberal y conservador, llevo una presidencia tranquila y sosegada en la que bajo una reforma constitucional como la de 1910, se logró un balance entre poderes públicos exitoso luego del ejercicio autoritario de su predecesor, Rafael Reyes, quien dejo en funcionamiento una Asamblea Nacional para elaboración de una nueva constitución que fue motivo de inconformidad y que finalmente lo haría dimitir del cargo en 1909.

Los esfuerzos de Restrepo, un empresario antioqueño de estirpe conservadora hasta entonces relativamente marginal a la política partidista, estuvieron orientados a arraigar un espíritu cívico de fomento de la virtud republicana –no por nada, sus principales escritos políticos están recopilados y titulados como “Orientación republicana”–, donde el espíritu de partido cediese ante el amor patrio. Ideas muy similares se pueden identificar en el discurso del presidente Iván Duque del pasado 7 de agosto, donde reitero que el éxito de la campaña libertadora de hace doscientos años y por la cual obtuvimos nuestra independencia, se debió a que el espíritu de partido cedió al de unidad y ese mismo ejercicio es el que nos permitirá, doscientos años después, ya no adquirir la independencia sino consolidarla.

El símil entre Restrepo y Duque es tentador, más cuando a ambos comparten un estilo de liderazgo moderado y conciliador que en el caso del primero fue juzgado por sus conciudadanos de “incoloro, indefinido y amorfo” al querer servir como “algodón entre dos vidrios”. Estilo de liderazgo que pareciese querer imitar Duque y, de hacerlo, lograría lo mismo de Restrepo, que es pasar desapercibido: sin pena ni gloria.  A Restrepo poco se le recuerda efectivamente porque hizo lo que tenía que hacer –sanear las finanzas, recuperar el balance entre poderes públicos– y no hizo nada más, algo inadmisible para una ciudadanía que ya desde entonces esperaba de sus presidentes mucho más de lo que se debería.

Si de Duque pudiésemos esperar algo como lo que hizo Restrepo, nos podríamos dar por bien servidos, independiente de que su moderación –o excesiva tibieza dirían hoy día– pareciese no generar cambios significativos frente a un legado inmediato de dos presidentes que duraron ocho años cada uno en el gobierno –algo completamente inédito en toda nuestra historia republicana– como de una constitución política sumamente engorrosa y contradictoria que exige reformas cuando no la elaboración de una nueva. 

Me temo sin embargo que, haciendo analogía a los gobiernos centenaristas, Duque será algo más parecido al gobierno de Marco Fidel Suarez, con el que coincide en el marco de las celebraciones de la Independencia, correspondiéndole a Suarez el periodo presidencial de 1918-1922 y al de Duque el de 2018-2022. Ambos son representantes de que en Colombia cualquier ciudadano con esfuerzo y estudio puede ser presidente, como la extracción humilde de Suarez comprueba y el ascenso de las clases medias a la que pertenece Duque demuestra. Ambos tienen un afán por insertarse en la comunidad internacional como firmes aliados del gobierno de los Estados Unidos, como Suarez hizo tradición con su doctrina del réspice polum y que Duque ratifica al punto de considerar (erróneamente) que Estados Unidos tuvo un papel crucial en nuestra Independencia. Incluso ambos tuvieron que enfrentar las condiciones de una pandemia mundial, como fue el caso de Suarez con la gripe española de 1918-1919 y la de Duque con la del coronavirus.   Y lo que está por verse es si Duque puede terminar su mandato sin problemas, ya que el de Suarez fue tan asediado por sus críticos, procedentes de todos sectores y partidos, que fue justamente uno de sus propios copartidarios del conservatismo como fue el parlamentario Laureano Gómez quien desde su labor critica en el congreso de la república contribuyo de manera decisiva a la renuncia que se haría efectivamente de Suarez a la presidencia en 1921.

No se vislumbra aún un congresista que, en medio de la nueva legislatura este en camino de que con sus criticas logre poner bajo las cuerdas al presidente Duque, aún más como para que a futuro lo haga renunciar, algo que de por sí han logrado pocos parlamentarios en nuestra historia. Lo cierto es que el presidente ya acumula críticas a su gobierno desde la mayoría de sectores políticos en lo que lleva de gobierno y teniendo logros en lo que no debería tenerlos, como otorgar subsidios e incrementar el gasto público en materia de educación, vivienda y salud, y pendiente de tener logros en donde sí debería tenerlos, como en materia de seguridad y justicia ante el terrorismo y la corrupción –como en el caso de la Justicia Especial para la Paz y el proceso Odebrecth respectivamente, entre otros–. De seguir así Duque, de poco o nada le servirá invocar el espíritu bicentenario, puesto que, como suelen olvidar los presidentes, hace doscientos años no solo se combatió por la independencia sino por la libertad: defensa de la libertad que, si con Duque no retrocede, hasta entonces tampoco avanza (y menos bajo esta pandemia actual).