EL ESTILO

NUÑEZCO

Foto: Revista Semana

Por: Mario Huertas Ramos

 

Lo que se conoce como estilo nuñezco fue una forma de ser, tanto en política como en el amor, que marcó escandalosamente parte de los anales decimonónicos de la historia republicana.

Según la leyenda negra, Núñez se fugó a Panamá para evitar el escándalo de su prematura y fallida paternidad. Allí, como juez municipal, entre rábulas y tinterillos fue entendiendo que las faenas jurisprudenciales no estaban a su altura y que debía dar rienda suelta a elevadas preocupaciones como la poesía que aunque lo exorcizaba, no le era suficiente.  

Como en toda alma noble, la poesía reforzaba su identidad como Wenzel; sin embargo, algo demandaba que lo definiera como Núñez. Y encontró entre tribulaciones que su nombre era sonoro y compatible con la historia. Soñó entonces que iba a ser presidente. Y a partir de allí, ambos demonios empezaron a coexistir pacíficamente y de manera complementaria.

Allí en Panamá, recibió la noticia de la muerte del coronel Núñez y de inmediato regresó a Cartagena para estar al lado de su madre. Y, como Wenzel quería ser Núñez, se lanzó a la arena política, utilizando el periodismo como trampolín, a través del periódico “La Democracia”; y en asocio con sus actividades en la Sociedad Democrática de Cartagena, obtuvo su primer nombramiento en política.

Era el momento de estar a la altura y el Edipo de Sangre, José María Obando, que había regresado de un penoso asilo y ahora fungía como gobernador de la Provincia de Cartagena, le da la primera oportunidad para que Núñez empezara a figurar y a experimentar en el arte de la política. Como secretario de despacho, tuvo que afrontar una de las crisis de salud pública más recordada en la Bahía, pues, una epidemia de cólera arrasó con parte de la población.

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Foto: La Vanguardia

Terminada su gestión, regresa a Panamá -dicen algunos- fugitivo del fracaso de una ilusión que tiene en Soledad Román nombre propio. Sin embargo, Wenzel en el amor podía también ser Núñez y decidió que, este último traicionaría al bardo, comprometiéndose en nupcias con Dolores Gallego, cerraría así un pacto político con el amor. La explicación de su matrimonio no era otra que quedar bajo el amparo de José de Obaldía, mejor conocido como Pico de Oro.

Este último representa para la historia colombiana uno de los presidentes panameños que dirigió los destinos nacionales en dos ocasiones: la primera como vicepresidente de José Hilario López y la segunda a la caída de la dictadura de José María Melo.

Ya casado y para 1853, Núñez ha sido electo como senador bajo el manto protector obviamente de Obaldía. Haría su debut como parlamentario atacando, dentro de las mismas filas de la facción Gólgota, el proyecto constitucional de Florentino González especialmente la tesis federal.

Lo anterior significó que en medio de la crisis de gobernabilidad que sufría el ahora presidente Obando, decidiera nombrar nuevamente a Núñez pero esta vez como Secretario de Gobierno para calmar la jauría Gólgota sin desafiar a su vez a los Draconianos. La corta duración de su gestión se debió precisamente a que las aguas turbulentas, que agitaban los liberales radicales contra el caudillo caucano, desataron su propia tormenta política: la dictadura del pictórico general José María Melo.

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Este golpe (que tampoco era de opinión) llevó a Núñez, y a muchos políticos de la época, a buscar asilo en una legación acreditada en Bogotá. Al reestablecerse el orden constitucional de la mano de otro caucano: Manuel María Mallarino, Núñez sería nuevamente nombrado como Secretario de Guerra y, después, de Hacienda.

A pesar de que Bogotá no fuese muy inspiradora, esa gris e hipócrita “ciudad” le daba a Núñez la oportunidad de ser protagonista de los hechos políticos en primera línea e irse perfilando como uno de los hombres más prometedores en los asuntos de Estado.

De hecho, por intermedio de una dama muy distinguida en la capital, como lo era doña Gregoria de Haro, Núñez regresó al ejecutivo pero esta vez como secretario de Hacienda del presidente eterno: el generalísimo Tomás Cipriano de Mosquera, asumiendo el costo político del decreto de desamortización de bienes y manos muertas.

Todo este bagaje político-administrativo (y obviamente sentimental) daría auténtica forma a ese estilo que se perfeccionaría, como debe ser, tomando distancia del país (y a veces de quien se ama) para mirarlo desde otras latitudes. Esas mismas latitudes, que le dan pleno sentido al objeto deseado.