EL ESTATISMO, UNA PELIGROSA TENTACIÓN

Por: Nicolás Goyeneche

Sí, es cierto que el coronavirus y las medidas adoptadas para contener su contagio han traído consecuencias económicas que no podemos ignorar: el aumento del desempleo, cercano al 20%, la contracción de la economía, que se calcula entre el -5% y el -8%, el aumento del costo de vida, cercano a los 16 puntos básicos, un déficit fiscal entre el 6.1 y el 8%, y una caída del comercio mundial, cuyas proyecciones más pesimistas alcanzan el 32% y las más optimistas un 13%.

Está claro que la coyuntura nos obliga a replantear la política económica, pero no puede llevarnos a aceptar la vieja fórmula del estatismo, una manzana envenenada que pone en riesgo la recuperación de nuestra economía y nuestra sociedad, y que se expresa en el asistencialismo, la expansión del alcance del Estado, el aumento del gasto público, así como en el proteccionismo y la intervención económica.

En tiempos de crisis como el que vivimos es tentador pensar que el Gobierno Nacional y los gobiernos locales pueden convertirse en mesías y dar respuesta a todas las demandas sociales. El país es testigo de entregas masivas de mercados y trasferencias monetarias que pueden hacernos caer en la falsa creencia de que el Estado es más eficiente que el Mercado a la hora de satisfacer las necesidades de los individuos en medio de la pandemia.

Nada más lejos de la realidad, pues el Estado no es capaz de todo, ni tiene acceso a una fuente inagotable de recursos que le permita ampliar sus funciones o garantizar la sostenibilidad de políticas públicas que solo sirven como paliativos y no resuelven los problemas de fondo. Somos testigos de un aumento desmedido del gasto público y el alcance del Estado, un sueño hecho realidad para los estatistas en todos los partidos, y una auténtica pesadilla para los que defendemos la austeridad y el Estado Mínimo.

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Es el momento de que reduzcamos la tasa impositiva, no de que la aumentemos, y si para hacerlo tenemos que reducir el gasto público no sigamos esperando

 

Quienes nos oponemos al asistencialismo en tiempos de emergencia, no lo hacemos por mezquindad, no estamos en contra de los colombianos más vulnerables, al contrario, buscamos que puedan salir adelante sin depender de los gobiernos. Entendemos que la crisis que vivimos no va a solucionarse repartiendo subsidios y agrandando al Estado, y que, por el contrario, esto puede prolongarla y agravarla.

Insistimos en la disciplina fiscal porque entendemos que todo incremento del gasto público llevará al Estado a buscar cómo evitar el déficit, lo que conducirá al aumento de impuestos en el peor momento posible. Hoy, cuando se vuelve más urgente promover la generación de empleo y de riqueza, no podemos darnos el lujo de imponerles obstáculos. Es el momento de que reduzcamos la tasa impositiva, no de que la aumentemos, y si para hacerlo tenemos que reducir el gasto público no sigamos esperando, convirtamos la reforma fiscal que el país necesita en una realidad.

El estatismo tiene otras facetas, igual de tentadoras en medio de la dificultad y tan peligrosas como el agigantamiento del Estado: el proteccionismo y la intervención económica, la imposición de barreras al comercio exterior y la dirección y regulación del mercado interno.

La globalización ha sido duramente golpeada por la pandemia, y los Gobiernos, incluido el nuestro, pueden llegar a sentirse obligados a favorecer la producción nacional frente a la extranjera, a levantar defensas comerciales en perjuicio del librecambio, y seguro esto supondrá el aplauso de muchos, pero tiene efectos indeseables a mediano y largo plazo. Está demostrado que existe una relación estadística entre un comercio internacional más libre y el crecimiento económico, es claro que el proteccionismo reduce la competencia, desincentiva la innovación y reduce los beneficios.

La reducción de la libertad económica no se limita al comercio exterior, para salvaguardar las empresas colombianas se puede caer en el impulso de aumentar la intervención del Estado en la economía. Destruir la naciente libertad económica de la que hoy disfrutamos no puede ser una opción cuando buscamos la reactivación de los mercados y su recuperación, la necesitamos ahora más que nunca y no podemos sacrificarla por caprichos populistas.

No estamos condenados al estatismo, el COVID-19 no nos puede arrojar con tanta facilidad a semejante abismo. Es nuestra hora, defendamos sin cobardía la disciplina fiscal, el libre comercio y la libertad económica, es el camino correcto.