EL DEBATE POLÍTICO

Por: Jaime Nubiola

 

Cuando los políticos de un país —como pasa en los últimos meses en el mío— se insultan recíprocamente en el Congreso de los Diputados o en el Senado, me quedo con la impresión de que están minando el sistema democrático. En palabras del filósofo Robert Spaemann: «La democracia vive de la fe en la posibilidad de un entendimiento racional». La democracia se basa en la convicción compartida de que los seres humanos pueden entenderse razonablemente a través del diálogo y pueden lograr que su país avance mediante los instrumentos legales decididos por votaciones mayoritarias, si no es posible la unanimidad.

 

Así es: el debate político tiene sentido porque los seres humanos, como tenemos bien comprobado todos, somos capaces de entendernos entre nosotros, de reconocer que un parecer es más razonable que otro y pasarnos a él decididamente porque nos resulta más convincente, porque nos parece mejor. La experiencia común es que, discutiendo los asuntos razonablemente, a menudo cambiamos de parecer; esto es, aprendemos de las opiniones de los demás porque sus razones nos parecen mejores que las nuestras. Aceptar esto significa reconocer que no somos los dueños de la verdad, sino que en todos estos temas sociales y políticos la verdad se busca en comunidad.

 

¡Cuando las asambleas políticas y los medios de comunicación se convierten en un espacio de insultos, amenazas y mutuas descalificaciones, peligra la democracia. El miedo a la racionalidad, a la discusión abierta y sincera, que busca soluciones, es una de las fuentes del totalitarismo. «El debate —escribió Hannah Arendt— constituye la esencia misma de la vida política». Donde no hay debate público no hay libertad ni es posible el entendimiento racional: ese es su formidable valor. Cuando los políticos no hacen más que insultarse, el legítimo debate desaparece del escenario público, que se transforma en un ambiente de confrontación violenta.

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Me llamaba la atención el comentario de Roger Senserrich recogido en un artículo de Bloomberg el pasado 6 de junio bajo el título «La ira contra Pedro Sánchez está desgarrando a España» ["The Rage Against Pedro Sanchez Is Tearing Spain Apart"]. Decía este politólogo de New Haven, Connecticut: «Estoy fascinado por el absoluto odio a Pedro Sánchez en ciertas partes de la derecha. Es un político bastante normal, mediocre en casi todo, tan ambicioso como cualquiera de los otros líderes de partidos nacionales y probablemente igual de (in)competente. Pero, Dios mío, el odio es brutal». Por supuesto, quizá podría decirse algo parecido de Trump en los Estados Unidos por parte de muchos demócratas o de las acusaciones de "fascistas" en España por parte de la izquierda a quienes piensan distinto de ellos.

 

Quizá sea así y me apena profundamente que algunos de mis conciudadanos odien a quien lidera legalmente el gobierno de la nación, porque eso torna imposible un genuino diálogo político. Venía a mi memoria aquello que escribió Tertuliano, uno de los primeros intelectuales cristianos, en Ad nationes en el año 197 de nuestra era: «Desinunt odisse qui desinunt ignorare», esto es, «Dejan de odiar quienes dejan de ignorar». Conocer la historia de nuestro país en los dos últimos siglos, la historia de los principales partidos, de los aciertos nacionales y de los grandes desaciertos, nos ayudaría mucho a todos para tenernos sencillamente más respeto unos a otros. En todo caso, el primer paso es dejar de insultarse.

 

Pamplona, España, 15 de junio 2020.