EFECTO

MONOPOLY

Por: Miguel Ángel Lloveras

 

Aunque es sólo un juego, hay algo de Monopoly® que no me gusta, aparte del hecho de que siempre pierdo. En la última partida, me di cuenta de que este juego puede reflejar algo de la realidad. Los jugadores y su ansia por obtener todo el monopolio. El juego saca a relucir algo muy profundo y distorsionado en el hombre, su espíritu competitivo, que ahondaré en otro artículo.

 

Lanzar los dados, comprar terrenos y llenarlos de “casas” o de “hoteles”. Cobrar la renta de los demás jugadores; avanzar en el juego. Pero, siempre hay un factor de suerte, los más “favorecidos” o “hábiles negociadores” ganan dinero a costa de la quiebra y del dinero de los demás, que contaron con menos “suerte”. Al final, y es la idea del juego, quien tenga el monopolio, o más bien, quien no se haya quebrado y siga en pie, ese es el gran ganador.

 

Pero, el juego nunca llegará a su pleno desarrollo, porque para poder tener más casas, más hoteles y más terrenos, para desarrollar un verdadero y grande emporio (desarrollar sociedad en el mundo real) debe haber jugadores que mantengan el dinero en movimiento; como el ganador ha sacado a los demás del juego, no podrá poner más casas, hoteles, etc.

 

¿Cómo llamar “ganador” a quien se ha dedicado a quebrar a todo el mundo? No, es sólo una ilusión, el ganador pasa a ser perdedor en un sólo instante; si el juego siguiera, el mismo ganador quebraría, porque no hay nadie que pueda sostener todo lo que ha construido, es decir, termina perdiendo al igual que los demás, porque su emporio y su monopolio están sostenidos y fundamentados por los demás, por la “sociedad”.

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Foto: La Vanguardia

¿No sería mejor, un juego donde el ganador sea quien mejor gestione las relaciones, las alianzas entre jugadores para hacer rendir el dinero e invertir en proyectos y desarrollar la sociedad (cuyo reflejo sería poner la mayor cantidad de casas y de hoteles en el tablero)?

 

Haciendo una extrapolación injusta, como toda comparación de la realidad frente a un juego de mesa, y seguramente no siempre corresponde con la realidad, muchos podemos sufrir del Efecto Monopoly®, una situación muy peligrosa, que hace mucho daño por varias razones.

 

La primera, no nos vemos como parte integral de la sociedad, que permite que los demás crezcan y se desarrollen, creciendo en el proceso; sino más bien, el comportamiento es como el de un parásito, obtenemos un beneficio a costa del bien común, “chupando la sangre” de los que nos rodean.

 

En segundo lugar, como resultado de ir sacando a los demás del “juego”, pasando por encima de ellos o negándoles una mano amiga para obtener un mayor beneficio, estamos limitando el crecimiento, ya no de una persona concreta, sino de la sociedad misma. Limitamos el descubrimiento de nuevas realidades tecnológicas, de nuevas oportunidades, de nuevos horizontes, nuevos negocios que implican un equipo, no un jugador; vemos la vida, no como un grupo de alpinistas que buscan llegar a cumbres altas y a descubrimientos que sólo podríamos encontrar en la imaginación de los grandes líderes, sino que nos comportamos como “reyes de un montículo” que no permiten a los demás salir adelante, que no permiten llegar a las altas cumbres.

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En tercer lugar, nuestro crecimiento como personas. De entrada, trunca la posibilidad de ser generosos, de fomentar la gratuidad por encima de la “oportunidad de negocio”; reducimos nuestras relaciones a transacciones comerciales, nuestras amistades a simples contrapartes, nuestro amor a contraprestación y pago de favores. Nos vamos pudriendo por dentro, porque fomentamos el egoísmo, la desconfianza, la mala competencia.

 

Crecer, sí. Desarrollarse, sí. Competir, sí. Negociar, sí. Pero ¿hacia que meta nos estamos enfocando? ¿dónde estamos poniendo las fuerzas necesarias? ¿contra quién o qué estamos compitiendo? ¿Con quién, cómo y con qué negociamos? ¿Las ponemos hacia objetivos grandes de construcción de sociedad, de marcar hondamente nuestro paso por el mundo, somos conscientes de que el momento histórico actual es tarea de cada uno de nosotros? O, por otro lado, ¿estamos siendo el limitante o el freno de quienes nos rodean?

 

Si pasamos al ámbito empresarial, puede ser un poco más impresionante, pero la fuente es la misma: las personas. Y, no sólo las personas que manejan las grandes empresas, sino que puede encontrarse desde el cargo más bajo en la organización hasta el más alto.

Lo clave para combatir el Efecto Monopoly®, no es obligar a los miembros de la sociedad a que compartan sus bienes, porque esto va en contra de toda libertad y respeto humano. Más bien, debemos fomentar un ambiente de cooperación

Cuán diferente sería la sociedad, si cada uno de nosotros lograra pensar más en lo común que en lo individualidad, no olvidándonos de nosotros mismos sin más, sino pesando en cómo servir mejor a la sociedad. Los estudiantes, nos empeñaríamos más para lograr mejores y más impresionantes descubrimientos; los profesionales trabajarían incansablemente para edificar y construir sociedad, junto con el fortalecimiento y el cuidado de la propia familia; los gobernantes, cuánto deseo que haya buenos gobernantes, pensarían cómo sumarse a un plan común de construcción, y no a una batalla por quedar mejor que el anterior mandatario o destruir la germinación de ideas válidas de la contraparte.

 

Lo clave para combatir el Efecto Monopoly®, no es obligar a los miembros de la sociedad a que compartan sus bienes, porque esto va en contra de toda libertad y respeto humano. Más bien, debemos fomentar un ambiente de cooperación, formarnos y ayudar a los demás a formarse para que, teniendo lo propio y lo justo por el trabajo realizado, miremos al que tenemos junto a nosotros, que no ha contado con las mismas oportunidades, pero sí que puede contar con nuestro apoyo para sacar sus proyectos personales, profesionales y familiares adelante.

 

En la forma de ayudar, no debe de ser “dar por esperar algo a cambio”; más bien, debe ser la actitud de ayudar para hacer el cambio, para lograr que los demás sean mejores. Les dejo la última pregunta para reflexionar: ¿qué dirán las generaciones en un futuro lejano, dentro de unos 200 o 300 años; quiénes seremos para ellos? Porque, lo que hagamos ahora, repercutirá en los años venideros. ¿Hay cosas que cambiar?, pues a remangarse y a poner los medios de los que dispongamos con las condiciones de cada uno. ¿Hay cosas que inventar y descubrir?, pues a estudiar y a pensar junto con los demás.