DUQUE,

PERDIDO EN SU LABERINTO

Por: Ricardo Angoso

 

El virus más contagioso del mundo es la falta de liderazgo, algo que se propaga por un país mucho más rápido que el COVID-19, y eso es lo que está ocurriendo hoy en Colombia sin que todavía se haya encontrado la vacuna.

Nunca me desilusionó el presidente Iván Duque porque, realmente, nunca me ilusionó. Uno no se puede desenamorar de quien nunca se enamoró. Con Duque eso fue exactamente lo que me pasó, quizá como a millones de colombianos que siempre le vieron como un hombre poco preparado, carente de ideas propias, sin un proyecto político personal más allá de cuatro perogrulladas mal asimiladas del expresidente Alvaro Uribe y ligado a extrañas compañías, que no vienen al caso citar, pero que han acaparado tanto poder en la nueva Colombia que realmente ya no se distingue ni quien es realmente el presidente en Casa Nariño.

 

Antes de esta crisis, en la que el presidente siempre va a remolque de lo que le dice la que parece la primera dama del país, la alcaldesa Claudia López, el presidente Duque tenía una popularidad -si se le puede llamar así- que estaba por los suelos y la desaprobación de su gestión era mayoritaria. Lógico: votamos por un presidente de derechas, no de la derechita cobarde al estilo del español Mariano Rajoy, y nos salió un socialdemócrata que subía los impuestos, aceptaba el nefando proceso de paz sellado entre el felón saliente y las FARC, rendía pleitesía a la JEP y, para colmo de males, dejaba escapar al narcotraficante Santrich a Caracas para que refundara una nueva organización terrorista de corte marxista para seguir poniendo al país de rodillas. Todo este récord de despropósitos ha sido cosechado en menos de dos años y sin que el susodicho presidente haya brillado con luz propia con alguna decisión coherente e inteligente en este tiempo. Desatino tras desatino, Duque va andando por los caminos de la insulsez ideológica y política, abandonando a los suyos y abrazando a los antaño enemigos del uribismo, dejándonos a todos, a su vez, atónitos y absortos ante tanto dislate.

 

La política tiene una gran relación con el amor -aunque algunos no lo crean- y al menos así lo pienso yo y siempre lo he sostenido. ¿Por qué? Cuando uno se enamora lo hace locamente, pierde la cabeza y la razón, no sopesa ni pros ni contras, sino que uno vive en una ceguera total y es capaz de cometer mil locuras por amor y por el ser amado, ¿no creen? Así ocurre en la política, que tiene mucho que ver con la pasión y determinadas pulsiones a veces inexplicables, pues uno sigue a un líder, cree en él, le vota y después, como ocurre con el amor, uno se decepciona por algo y cambia súbitamente su opinión sobre él. Y ese amor hacia el líder no vuelve, uno se desenamora como de un ser amado y la ruptura es total sin visos de arreglo. Así le ha ocurrido a Colombia con Duque, la desafección hacia su presidente es irremediable, lo siento mi querido Hassan Nassar, y ya nunca más volverá, como el amor hacia ese ser querido que un día quisimos y que ya solo es recuerdo en nuestro corazón, puesto que el amor se perdió para siempre.

 

¿Y cómo ha sido posible esa notable y constatada desafección entre el presidente Duque y Colombia? La explicación es bien sencilla y se debe, principalmente, a que la gente esperaba tras la salida de la escena política del presidente Juan Manuel Santos un cambio de rumbo y de las políticas que hasta ahora habían mantenido en Casa Nariño a  uno de los presidentes más nefastos de la historia reciente de esta nación. Duque había dicho en campaña que vendría un país distinto, que a Colombia le esperaban grandes cambios y que enderezaría el rumbo perdido durante el mandato de Santos, pero no fue así, claramente, y el continuismo con respecto a la gestión del anterior presidente ha sido la tónica dominante, dejando al país desconcertado, desnortado y decepcionado, como no podría ser menos.

 

ENTRE DECISIONES ERRÁTICAS E INCUMPLIMIENTO DE PROMESAS ELECTORALES

Duque nombró a quien no debía para determinados cargos políticos y diplomáticos, aupando al poder y dando embajadas y consulados a los más serviles y felones funcionarios de Santos; permitió que el terrorista Santrich se escapara a Venezuela, eludiendo la orden de extradición de los Estados Unidos que pesaba sobre él, y dejándole el campo libre para que reorganiza las disidencias de las FARC en territorio venezolano; nunca hizo nada con respecto al proceso de paz, que el pueblo colombiano había rechazado y que él prometió en campaña que casi aboliría, dejándolo en los mismos términos en que firmó Santos los abominables acuerdos con la banda criminal; tampoco hizo nada con las 300.000 hectáreas de coca que inundan el territorio colombiano y cuya arquitectura criminal permea todos los ámbitos de la vida de la nación, incluyendo a la política, obviamente, y a la economía; y, finalmente, no tomó ninguna medida con respecto a la JEP, una banda de izquierdistas que intentar emular a una suerte de corte de jueces justicieros, pero que en cuanto hablan les sale el veneno antimilitar y criptomarxista. Qué tropa.

 

Por no hablar de su política económica, absolutamente socialdemócrata y me atrevería a decir que obamista, muy lejana, desde luego, a la que practican en este continente mandatarios de la talla del presidente norteamericano Donald Trump o Jair Bolsonaro, dos de los referentes de la nueva derecha que se estila ahora  y que no pertenecen a la derechita cobarde que lidera Duque y otros pasguatos latinoamericanos. Duque subió los impuestos, no incentivó las inversiones extranjeras, colocó a auténticos lerdos -cuando no corruptos- para dirigir los asuntos económicos, destruyó el escaso turismo con una serie de decisiones erráticas tomadas en los últimos tiempos y se rodeó de una cohorte de ineptos y aduladores a sueldo más propios de un circo de novedades que de un equipo moderno, funcional y preparado para hacer frente a los grandes desafíos y retos que tiene ante sí Colombia, a la que esperan negros nubarrones en el horizonte y una conjunción de los astros que señalan que estamos ante la tormenta perfecta que augura una recesión segura.

 

Pero el principal problema de Duque, aparte de todo lo reseñado anteriormente, reside en su acusada ausencia de liderazgo, tal como se ha visto en la crisis del COVID-19, en que ha ido a remolque de las indicaciones, por no decir órdenes, de la alcaldesa de Bogotá, la demagoga y populista Claudia López, y por apostar por un confinamiento radical, sin medida y absolutamente irracional, muy distinto al de algunos modelos exitosos europeos y asiáticos.  Podría haberse diferenciado de ese discurso antiliberal y estalinista de la alcaldesa, pero no fue así, y prefirió la peor de las vías porque sigue perdido en su laberinto de pusilanimidad e inercia del peor pasado, sin mirar todavía hacia el futuro y sin darse cuenta que el tiempo perdido nunca vuelve. Qué lástima que fuera nuestro presidente, el que elegimos para evitar que un pistolero marxista llegara a la máxima magistratura del Estado, pero que nos dejó, otra vez mas, huérfanos políticos de una causa ya sin rumbo y a la deriva. Quizá hasta sin sentido, ¿será así?