DOS MESES, CUATRO PAREDES

Dibujo: Vittorio Bustaffa

Por: Jair Peña Gómez

 

Lleva la cuenta del tiempo como muy pocos. Por estos días las noches son tardes y las madrugadas son noches, a veces, incluso, raya el sol por el oriente, justo donde da la ventana de su habitación, dejando colar destellos de luz blanca que iluminan el polvo, el piso de madera ajado, una chancla, el duvet caído, sin que el peso de sus párpados cierre por completo sus ojos fatigados.

Normalmente se levantaba tipo 7:00 a. m. o 7:17 a. m., ahora el descuadre no es de minutos, sino de horas, lo que tampoco importa mucho. Si sus actividades se habían reducido al mínimo desde que su hijo y su esposa dejaron el país, ahora con el toque de queda y las restricciones del “cabrón de turno” -como llama al presidente- ni qué decir.

No tiene ninguna rutina, hoy despertó pasado el mediodía, giró su tronco hacia el borde izquierdo, donde solía replegarse Diana, tratando de huir de su piel, sudor y tufo a mezcal. Apoyó el pie izquierdo adrede, saludando su mala fortuna y se estiró. “¡Vida perra!”, es su antijaculatoria y viene repitiéndola con fervor cuasireligioso desde hace tres años.

Habló con Francisco luego de un desayuno que también hacía las veces de almuerzo, su hijo quería regresar a Guatemala, estaba cansado de vivir en Quebéc, no entendía una jota en clase y echaba de menos a sus primos Manuel y Jesús, a esos que aun cuando le pegaban y decían groserías, les podía responder. El inglés lo parloteaba, pero el francés lo odiaba y, donde se habían mudado, todos hablaban francés. Diana había estudiado promoción turística en el Intecap de Cobán, muy a pesar de la oposición de su marido, que pretendía mantenerla con su sueldo de inspector alejada de la calle y sus “peligros”, por eso había conseguido irse.

Dibujo: Vittorio Bustaffa

Hace tres años que Mario está sin trabajo, ocho meses desde que vive con las remesas que Diana le envía desde Canadá. Resultó implicado en una investigación por corrupción y después de un tormentoso proceso legal, se demostró que había recibido sobornos por parte de traficantes que tenían en Cobán su centro de operaciones. Después trató de entrar al negocio pero al insinuárselo a su mujer (todo se lo comentaba) esta le respondió con una bofetada y una amenaza. Sin saber si la amaba, Mario le rogó que no lo dejara, que pensara en pacho y en su hogar. Diana desistió de abandonarlo legalmente, pero tan pronto pudo hizo papeles y migró a Norteamérica. Él no pudo hacerlo -lo que en el fondo alegraba a Diana-, porque en su juventud había cruzado con ‘los coyotes’ de México a Arizona y fue pillado y deportado por las autoridades gringas.

El plan original se trastocó con todo esto del coronavirus, la idea era que Diana y Francisco pasaran la mitad de mayo con él, intentar solucionar su situación jurídica e iniciar los trámites en Ciudad de Guatemala ante la embajada canadiense, pero todo se fue al garete.

Dos meses, cuatro paredes y un impulso suicida, es el tiempo, es el espacio y es su psique. Lo único que le detiene de volarse las sienes es un santo temor que le infundió su católica madre a condenarse para siempre, es posible que su vida sea un infierno, pero aún cuenta con la posibilidad de redimirse y a esa posibilidad se aferra con garras y dientes.

Ahora son las 5:30 a. m. y se ha bebido hasta la última gota de mezcal patrocinado por su mujer. Lleva la cuenta del tiempo como muy pocos. Por estos días las noches son tardes y las madrugadas son noches, raya el sol por el oriente, justo donde da la ventana de su habitación, dejando colar destellos de luz blanca que iluminan el polvo, el piso de madera ajado, una chancla, el duvet caído…