¿DÓNDE ESTÁN LOS LÍDERES?

Por: Jorge Yarce

Parece que la pandemia hizo desaparecer a quienes se suponía ejercían un liderazgo visible en el mundo actual. Están reducidos a “hacer lo que toca” (controles, cuarentenas, test de la vacuna, ampliar la cobertura de los hospitales y clínicas para atender población posiblemente afectada, etc.). Pero los líderes de verdad se dedican a hacer “lo que se necesita”. Y el mundo necesita soluciones para la pobreza de las inmensas multitudes de hambrientos que pueblan las naciones para los millones de trabajadores sin nada qué hacer.

 

Nadie habla de grandes soluciones económicas: ni los presidentes, ni el Banco Mundial, ni el Fondo Monetario Internacional, ni la ONU, ni la OEA, ni la OIT, ni la OMS, ni el BID, ni los 10 multibillonarios del mundo, que podrían meterse la mano al bolsillo en serio. Y no se escuchan grandes ideas “políticamente correctas”. Todos se dedican a la misma verborrea y a asustarse con las cifras de muertos e infectados, y nada más. En estos momentos debería surgir un liderazgo de la adversidad, líderes sociales y políticos nuevos que pongan su inteligencia y su pasión en mirar al mundo y lanzar proyectos audaces que convoquen a las naciones y a instituciones y personas.

Todos tan callados. Habría que suponer, quizás, que los grandes líderes están en el pasado en sus tumbas, y ahí se les reconoce. El Papa Francisco es la excepción: como líder moral del mundo ha alzado su voz de ánimo, de consuelo y de oración.

La piedra de toque de los grandes cambios es siempre la encrucijada de una crisis profunda, el momento propicio para la acción de cambio de los líderes.

Para los líderes sería esta la gran oportunidad de producir el cambio, en algunos casos, para preverlo o anticiparse a él, en otros, o para asumirlo responsablemente, actuando con urgencia para dar respuestas acordes con las expectativas y necesidades de la sociedad. Lo más acrisolado de su esfuerzo debería ir dirigido al cambio. Los signos del cambio, las tendencias que impulsan a la sociedad en el mundo, no son ajenas a ese llamado. Advertirlas y adecuarlas a la realidad peculiar de nuestro medio es un primer paso que requiere creatividad e innovación, afán emprendedor y valentía.  Y mucho carácter para tomar rápidamente las decisiones y no enredarse en la burocracia del papeleo superabundante que entraba las soluciones, como ha pasado, por ejemplo, con los certificados del INVIMA en Colombia para autorizar la producción de los equipos respiratorios. Su lentitud ha ido en absoluta encontravía de la emergencia que se vive. Mientras se amenaza con cárcel al ciudadano que no lleve tapabocas al salir a la calle, a ciertos funcionarios contumaces de los entes oficiales, que no sienten prisa alguna en despachar los asuntos urgentes, o que, deliberadamente, los vuelven más complejos, se les debería sancionar ejemplarmente.

Necesitamos líderes que estimulen al cambio permanentemente, que no se dejen llevar por la inercia de los acontecimientos La piedra de toque de los grandes cambios es siempre la encrucijada de una crisis profunda, el momento propicio para la acción de cambio de los líderes. Hay un semáforo en rojo indicador del límite, que es la trasgresión de la ética. Pero para lograr el cambio en la sociedad empecemos por cambiar nosotros, por modificar actitudes y hábitos. Por poner en primera línea el afán emprendedor para mirar todas las posibilidades, para crear nuevos proyectos, para desterrar la amargura y la indiferencia, la mediocridad y la rutina. Si nos hacemos mejores, mejoraremos lo que hacemos. Pero eso no es posible sin un liderazgo renovador, optimista y esperanzado que implica audacia, valentía, innovación y tenacidad para perseverar en el esfuerzo de sacar adelante la sociedad entera, con participación de todos los ciudadanos.

Es necesaria mucha más generosidad y compromiso con el país. Hay que insistir en que el liderazgo de la adversidad

“Aprender es descubrir lo que ya sabemos y actuar es demostrar que lo sabemos” (R.Bach). El auténtico cambio arranca de ahí. En esta profunda crisis, esa es la raíz de las motivaciones más poderosas para idear los proyectos y llevarlos a la realidad: y la clave es partir de nosotros mismos y trabajar con energía y consistencia en la medida de nuestras posibilidades. No hay nada previsto, ni fórmulas salvadoras que salgan de un sombrero mágico. Hay que estrujarse la mente y el corazón en la búsqueda de soluciones.

 

El Congreso debería estar reunido en sesión permanente, en coordinación con el presidente, en esa búsqueda. Lo único que sabemos es que los congresistas siguen devengando sus altísimos sueldos sin hacer prácticamente nada. Y los empresarios y demás supuestos líderes hacen muy poco de cara al tamaño del problema. Es necesaria mucha más generosidad y compromiso con el país. Hay que insistir en que el liderazgo de la adversidad es, ante todo, liderazgo para servir.

 

Hay que darse prisa, romper lo rutinario, romper el equilibrio, arrojar fuera los temores, comprometerse más con el bien común y, seguramente, los resultados llegarán antes de lo esperado y, posiblemente, más de lo esperado. El problema de la sociedad actual no es buscar líderes carismáticos, “maquinistas” para la locomotora que mueve la sociedad, sino vías para el tren (bases de transformación) y agujas o guías (los líderes), que señalen cómo y hacer el cambio para afrontar con éxito la crisis.

El momento convoca a un liderazgo que se guíe por la mejor de las salidas posibles, no por las amenazas existentes, que no evite el riesgo, pero tampoco se adentre en soluciones temerarias

El liderazgo de la adversidad exige atreverse a repensar cosas que parecen inamovibles o intocables: transformarlas con base en un SÍ no sujeto a reglas dictadas desde un desde un único centro de mando. Coordinadas sí, pero con iniciativa y responsabillidad en el ahora que no da mucha espera. Mirando a otras latitudes, consultando a los expertos, pero no dilatando las decisiones. NO se puede dejar indefinidamente encerrada a la gente en sus casas, sino implementar con urgencia los controles para evitar la infección, que garantícen que se pueda deambular más normalmente para atender las actividades corrientes.

 

El líder de la adversidad tiene que ser arriesgado, no temerario, porque es actor del cambio, no espectador pasivo, y necesariamente corre riesgos de equivocarse, o de perder, pero es preferible eso a quedarse esperando a ver cómo empeora la situación. La sociedad, igualmente, necesita un liderazgo comprometido con la búsqueda de oportunidades de desarrollo con el uso de la tecnología virtual, que se presentan hoy en medio de la crisis global.

 

El momento convoca a un liderazgo que se guíe por la mejor de las salidas posibles, no por las amenazas existentes, que no evite el riesgo, pero tampoco se adentre en soluciones temerarias. Y que examine las posibilidades en términos de sostenibilidad es decir, de capacidad de mantener resultados favorables a través del tiempo.