LA DEMOCRACIA CRISTIANA, UNA ALTERNATIVA PARA COLOMBIA

Por: José Hofmann Delvalle

 

Uno de los principales objetivos de ésta publicación, es trazar unos lineamientos claros para organizar las fuerzas democráticas, en aras de proyectar, unificar al país entorno a una visión republicana y democrática compartida, opuesta totalmente a las fuerzas del Socialismo del Siglo XXI que valga decir, sigue siendo un peligro real para la muy imperfecta democracia colombiana, pero democracia al fin y al cabo, por lo cual debemos defenderla con tesón.

La crisis del coronavirus, cambiará totalmente la agenda del país y ha puesto en primer plano la miseria galopante que se encuentra afincada en todo el territorio nacional. Tanto es así, que la propia vicepresidenta, Doctora Martha Lucía Ramírez, ha llegado a indicar “de ahora en adelante debemos proteger la inversión privada, pero poniendo especial énfasis en lo social; ninguna sociedad puede sentirse satisfecha con tener a tantas personas en condiciones de vulnerabilidad como las tiene Colombia”. Porque no nos digamos mentiras: nadie deja de ser pobre ganando 250.000$ mensuales, como lo sostienen los técnicos del DANE; en nuestra patria, la precariedad de recursos económicos, agobia no al 25% de la población, sino por lo menos al 60% de la misma. Esta es una realidad a plena luz del sol que por más que intentemos, no se puede ocultar y nos debe llenar de vergüenza, como quiera que la misma se da en un país bendecido como lo es el nuestro por la providencia. Es decir, no tiene justificación alguna.

Ante este panorama, se impone desde las fuerzas democráticas, estructurar alternativas que enfrenten con seriedad en el largo plazo el problema social con pragmatismo, sin acudir al marxismo, pero dentro de una clara base teórica, a fin de darle a las acciones a realizar coherencia y como quiera que la concepción de la política como un ejercicio meramente pragmático para la consecución del poder como valor en sí mismo, es el germen de su descomposición. Tal cuerpo teórico, puede encontrarse en la democracia cristiana.

Lo anterior, como quiera que los excesos de la concepción socialista, conducen al aniquilamiento de los derechos de la persona; pero también los excesos del individualismo liberal, conducen al olvido de los derechos de la sociedad. La naturaleza del ser humano, a la vez individual y social, reclama una armoniosa combinación de ambos principios: libertad individual y justicia social. Este es un principio central de la democracia cristiana. Sólo una política social sabia y enérgica, que reacciona decididamente contra el individualismo, sin caer en el socialismo marxista, puede salvar los pueblos de la ley del péndulo, garantizando la permanencia de las instituciones democráticas y el progreso general en el largo plazo.

La democracia cristiana plantea una doctrina con especificidad propia, que coloca a la persona humana como centro y fin en su aspiración de llevar a la democracia las consecuencias derivadas de la Doctrina Social de la Iglesia. No es un agregado de características, sino un modo de ver la vida humana y sus consecuencias, donde se entiende en forma inequívoca que la libertad es inherente a la realización de la dignidad humana, pero que a su turno, no es posible defender y preservar la libertad en una situación social de injusticia y desigualdad extrema.

En suma, la democracia cristiana plantea un camino donde se busca realizar la justicia sin inmolar la libertad, y defender la libertad luchando por la justicia. Por eso, a lo largo de su historia, bajo sus preceptos ha logrado liderar los procesos políticos más exitosos de la historia reciente como lo es la estructuración de la actual Unión Europea bajo la égida de los democristianos Alcide de Gasperi, Konrad Adenauer, Robert Schuman y Jean Monnet; la superación de la dictadura y recuperación de los derechos humanos en Chile con el liderazgo del democristiano Patricio Aylwin, así como el impulso de innumerables causas justas de avanzada en beneficio de los débiles en otros países de América Latina y Europa como Alemania e Italia, principalmente, logrando que sociedades enteras en el término de una generación, dieran el salto del subdesarrollo al desarrollo, todo esto fundamentado en una cultura de esfuerzo personal junto con una arraigada fraternidad social.

Por último, y quizás sea lo más importante, todos los logros concretos de la democracia cristiana, fueron fundamentados en la ética, como quiera que este cuerpo de doctrina y los dirigentes que la encarnaron, entendieron que la ética y la política, jamás deben estar reñidas; al contrario, como lo señaló en su hora San Juan Pablo II, “el servicio público es para el cristiano la vocación y caridad más sublime después del sacerdocio”.

Ojalá éstas líneas en suma, sirvan para ir estructurando en nuestra patria un gran movimiento popular que capitalice el sentimiento cristiano de nuestro pueblo en favor de la justicia social, la integración de los verdaderos excluidos –los indígenas, negros, personas con discapacidad-, la familia como célula fundamental de la sociedad conformada exclusivamente por hombre, mujer e hijos siguiendo el tenor de nuestra Constitución y que ante todo, reivindique la ética como presupuesto fundamental para la actuación dentro de la vida pública.