DECIR LA VERDAD

Por: Jaime Nubiola  

 

Quienes nos dedicamos a la filosofía estamos —o deberíamos estar— enamorados de la verdad, comprometidos en la búsqueda de las verdades realmente decisivas. Al empeñarnos en decir la verdad intentamos articular en nuestro vivir el pensamiento y el mundo. Por eso la norma primera para mí es la de decir siempre la verdad, sabiendo que este principio no equivale a decir toda la verdad o todas las verdades en todo momento —lo que sería agotador—, ni tampoco equivale a tener que decírsela constantemente a todo el mundo —lo que resultaría insoportable—, pero sí que se identifica con una honda aspiración a que la veracidad y la transparencia presidan siempre todas nuestras relaciones y la organización misma de la sociedad. Una manera más clara y pragmática de este principio se encuentra quizás en su formulación negativa: nunca podemos mentir, nunca podemos hacer promesas que sepamos que no vamos a cumplir, nunca debemos sembrar intencionadamente interpretaciones erróneas.

 

Los seres humanos anhelamos siempre la verdad y por esa misma razón escuchamos a nuestros gobernantes, leemos periódicos o vemos las noticias en la televisión. Vaclav Havel decía que lo malo no es mentir, sino vivir en la mentira, tal como pasaba en las sociedades comunistas. Pero me parece que, en una sociedad democrática, lo malo es mentir porque en la mentira no se puede vivir. «La mentira no es medio para la verdad», ha escrito Gabriel Zanotti. La subordinación de la verdad a los intereses políticos produce un daño social de efectos incalculables, porque el imperio de la mentira corrompe todo lo que toca. Lo sorprendente es que ahora a las mentiras se les llame fake news [noticias falsas], que recuerda aquello atribuido a Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, de que «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad».

 

El reconocido periodista Jean-François Revel anotaba el 31 de diciembre del 2000 en su Diario de fin de siglo una lúcida conclusión a este respecto: «Todavía tenemos demasiado arraigadas, pese a la victoria de la democracia, las deformaciones intelectuales del totalitarismo. La democracia no habrá ganado del todo mientras mentir siga pareciendo un comportamiento natural, tanto en el ámbito de la política como en el del pensamiento». Nos encontramos en una sociedad que se considera avanzada científica y socialmente, pero en la que, sorprendentemente, la verdad apenas tiene valor. Se considera del todo aceptable que un político mienta de modo descarado, simplemente porque —suele decirse como justificación— «todos lo hacen».

 

Hoy la denominada "posverdad" —la distorsión deliberada de la realidad— se ha adueñado del espacio público. En nuestra sociedad no solo la publicidad es a menudo engañosa, sino que muchos políticos —como suele decirse— "mienten más que hablan", o al menos hacen afirmaciones opuestas con pocos días de diferencia sin explicar siquiera su cambio de opinión. En estos tiempos viene con frecuencia a mi memoria aquella expresión, atribuida al senador californiano Hiram W. Johnson en 1918, de que «en la guerra la primera baja es la verdad». Sin embargo, pienso que no podemos caer en esa trampa: la mentira es siempre una forma de violencia, mientras que la verdad puede tener siempre un rostro amable.

 

Me impresionó un artículo de Enrique García-Máiquez en el que evocaba al escritor ruso Alexander Solzhenitsyn (1918-2008), quien se planteó qué podía hacer frente a la dictadura comunista y se propuso no decir ni una mentira. Con aquella actitud Solzhenitsyn acabó siendo una de las piezas clave que derrumbó el Imperio Soviético. En nuestra sociedad postmoderna y consumista, impregnada de corrección política y de mentira, me gustaría hacer algo parecido con mi colaboración periódica en El Metropolitano. Con palabras del poeta cubano Heberto Padilla (Fuera del juego, 1969), reprimido por el régimen castrista:

 

Di la verdad.

Di, al menos tu verdad.

Y después

deja que cualquier cosa ocurra.

Pamplona, España, 1 de abril 2020.