DE LA EMOCIÓN A LA MOTIVACIÓN

Por: Jorge Yarce

La afectividad es el conjunto de fenómenos subjetivos que producen una conmoción interior, o el modo como somos afectados interiormente por circunstancias que producen conmociones del estado de ánimo con manifestaciones físicas; hay que distinguir distintas varias formas de afectividad: las emociones, los sentimientos, las pasiones y las motivaciones.

 

La emoción es una agitación interior, consecuencia de influencias físicas o mentales. Se da en forma repentina y va siempre acompañada de sensaciones fisiológicas. Por ejemplo el miedo, la alegría, el pánico, el desagrado, la depresión, el enfado o enojo, el asco, la tristeza, la preocupación, la frustración o la agresividad. Unas negativas y otras positivas, de muy diverso orden, impacto e intensidad. Su complejidad y variación hace difícil  distinguirlas bien. Se revelan normalmente en las expresiones faciales. En la emoción la persona se adapta a los estímulos que vienen de fuera o de ella. Las respuestas fisiológicas son inmediatas y son seguidas de reacciones que acercan o alejan de esos impactos precisamente porque  tienen un componente mental que hace que el individuo trate de no dejarse controlar por el entorno sino al revés, lo cual condiciona la duración de las emociones.

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El sentimiento es menos palpable físicamente que la emoción. Los sentimientos son menos repentinos, más paulatinos, y más estables porque duran más tiempo. Son el cauce normal de lo afectivo y la forma habitual de vivirlo en la vida corriente. La emoción es más concreta y el sentimiento es más difuso, más difícil de precisar. La emoción es más biológica y psicológica, y el sentimiento más espiritual y social.  Los sentimientos están más cerca de la imaginación y del pensamiento que de la reacción fisiológica. Se  presentan en una escala de vivencias que van de lo positivo a lo negativo: agradable-desagradable, placer-displacer, aceptación-rechazo, alegría-tristeza, tensión-relajación, angustia-desesperación, ansiedad-depresión, gozo-remordimiento, etc. Los sentimientos no son en sí buenos o malos, sino, más bien, positivos o negativos. Pero si miramos ese comportamiento a la luz de la ética, ésta ofrece una orientación moral de los sentimientos. El comportamiento de la persona no puede condicionarse al momento en que se da la emoción o se  presenta el sentimiento. Es ella quien tiene que administrar la situación porque pueden volverse contra ella. Además, cuando los demás nos conocen, identifican bien la forma de reaccionar frente a determinadas situaciones o de expresar nuestros sentimientos. Todo ello va ligado al temperamento y al carácter.

 

En la emoción la respuesta tiende a ser reactiva, por la forma repentina como se presenta. En el sentimiento la respuesta es más activa. Pero aun así en la vida afectiva los estados de ánimo – emoción y sentimientos- tienen una condición pasiva. Es decir, el sujeto padece esas situaciones. Es difícil separar a veces uno de otro. Y más si se considera que están en permanente interrelación la corporalidad y la espiritualidad, lo sensitivo, lo intelectivo y lo voluntario. Además, está de por medio la conciencia del sujeto que se da cuenta de lo que pasa y toma actitudes frente a ello. Hay sentimientos que engloban emociones y sentimientos o pasiones, que son muy reveladores de las implicaciones y los contrastes, como sucede con la felicidad o el sufrimiento. El sentimiento puede ser causado por una emoción. Aunque ésta sea breve, si su carga es muy fuerte puede dar lugar a un sentimiento más estable en el tiempo. El amor, por ejemplo, puede nacer con base en una emoción sorpresiva (amor a primera vista) que toma cuerpo después del impacto emocional cuando la razón y la voluntad ayudan a la toma de conciencia sobre el fenómeno que se está desarrollando en la persona.

Podemos decir que la motivación es el impulso a la acción, el proceso que se da en la afectividad de la persona con base en los motivos de su actuación, que la impulsa vitalmente a realizarlos en la práctica.

Foto: La Vanguardia

La pasión se distingue de la emoción y del sentimiento por tener la intensidad de la emoción y la vigencia temporal del sentimiento, produciendo una disminución de la vida intelectual a favor de la vida afectiva. La intensidad es característica de la pasión, sinónimo de ardor, de vehemencia, de inmoderación, de acaloramiento. También es clave en ella la pasividad, el carácter receptivo más que el carácter activo. Produce unas alteraciones intensas, perturbaciones del ánimo, aspecto en el cual conecta con la emoción: por ejemplo: amor-odio, atracción sexual-apatía,  deseo-aversión, audacia-temor esperanza-desesperación, ira o cólera-serenidad, fanatismo-tolerancia, alegría o gozo-tristeza resentimiento-perdón, extremismo-moderación, impaciencia-paciencia. En la ira o cólera, y en su reverso la serenidad, se observa claramente el carácter perturbador de la pasión. En el caso del odio hay una profundidad mayor porque se desea algo malo a otra persona y todo se fragua interiormente, no en forma tan visible como en la ira.

 

Podemos decir que la motivación es el impulso a la acción, el proceso que se da en la afectividad de la persona con base en los motivos de su actuación, que la impulsa vitalmente a realizarlos en la práctica. La carga intelectual de la motivación es muy fuerte, pero existe una carga emocional y al nivel del sentimiento que juega un papel importante: las motivaciones llevan a obrar a pesar de los estados de ánimo, pero estos y las emociones, los sentimientos y las pasiones, influyen en ellas. 

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Es muy conocida la pirámide de Maslow sobre motivaciones con base a la jerarquía de necesidades de la persona (de las más básicas a las más elevadas): de seguridad (seguridad física, empleo, recursos, propiedad, familiar, moral), de afiliación (amistad, afecto, intimidad sexual), de reconocimiento (confianza, auto-reconocimiento, respeto, éxito), y de autorrealización (moralidad, creatividad, moralidad)

 

J.A. Pérez-López, distingue: motivaciones extrínsecas, que responden a necesidades materiales, del hacer o el tener, motivaciones intrínsecas, que responden a necesidades interiores, del ser, como la satisfacción, el reconocimiento y el logro, y motivaciones trascendentes por las que la persona dirige su acción a otros, como ocurre en el amor y la amistad, en el servicio o en la solidaridad: el objeto de su acción la lleva fuera de sí

 

La motivación conjuga dos aspectos: espontaneidad (la experiencia propia, los conocimientos adquiridos) y racionalidad (conocimientos no experimentados, el pensamiento abstracto, la razón que mueve a la acción libremente).Hay una superposición entre emociones, sentimientos, pasiones y motivaciones que está presente en la vida de las personas habitualmente. Es lo que Enrique Rojas llama el “Laberinto de la afectividad”. Lo importante es, en la práctica, poder reconocer la orientación propia de cada uno de esos fenómenos para que la persona pueda encauzarlos adecuadamente.

 

*Redactado con base en el libro del  Dr. Enrique Rojas Montes. “El laberinto de la afectividad” (Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid 1993)