CONTAGIO AMORAL

Por: Camilo Noguera Pardo

 

Director y fundador de la Revista Colombiana de Estudios Hispánicos (Colombia-España);

Director académico del Centro para el Desarrollo Humano Integral de la U. Sergio Arboleda, Colombia.

 

«Hay momentos en que el peor defecto, peor delito, peor pecado, parece ser la mala educación» (Gómez Dávila).

 

Recientemente leí la introducción que escribió Tody Judt a una traducción de La peste de Albert Camus, a cargo de Robin Buss. La introducción hace parte del libro de Judt titulado, en español, Cuando los hechos cambian. Al inicio de la introducción, Judt escribe lo siguiente: «La insistencia de Camus en situar la responsabilidad moral individual en el fondo de todas las opciones públicas trasciende un tanto bruscamente los confortables hábitos de nuestra época. Su definición del heroísmo –gente corriente que hace cosas extraordinarias por simple decencia– suena más cierta de lo que alguna vez hayamos podido reconocer» (p. 436). Algunas páginas más adelante, Judt muestra que la novela de Camus es, más allá de una genialidad literaria, un cuento moral que pone sobre la mesa los entumecimientos éticos de una sociedad, tan descompuesta como la peste que padece: una sociedad, en resumen, necesitada de responsabilidad ética.

 

La brillante introducción de Judt y, por supuesto, la atemporal (y universal) obra de Camus son, sin duda, diagnósticos precisos del siglo XXI y de sus múltiples pandemias, relacionadas, todas estas, de uno u otro modo, con el peor contagio: la amoralidad. Utilizo el término amoral en dos sentidos, a saber: primero, en su   acepción nominal, o sea, como adjetivo calificativo dicho de una persona que carece de sentido moral, más específicamente, que tiene un desarrollo moral precario; segundo, para referirme al vicio, como mandato moral vil (masivamente contagioso) en la sociedad. El contagio amoral se desagrega en vicios morales específicos, tales como la imprudencia, la apatía, el egoísmo, la temeridad, la cobardía, la deslealtad, la vulgaridad, el resentimiento, la desvergüenza, la indolencia, la ingratitud, la insensatez, la intemperancia, la incontinencia y, en últimas, la indecencia. De ahí, el epígrafe gomezdaviliano con el que precedo este artículo.

 

El COVID-19, pandemia respiratoria global, pone a prueba las gramáticas morales de los ciudadanos y los ordenamientos jurídicos de los Estados. La ecuación, en realidad, es simple: si la población quiere sobrevivir, tendrá que practicar la obediencia y cumplir las disposiciones legales que protegen los fines del derecho: justicia, equidad, seguridad y bien común. Pero no basta la obediencia a la ley, porque los legisladores y los funcionarios, en tanto que humanos, pueden equivocarse. La clave está en comportarse con virtud en la sociedad y practicar acciones solidarias, empáticas, penitentes, prudentes, magnánimas, temperantes, moderadas, delicadas, generosas, pacientes, esperanzadas y caritativas; virtudes que son conducentes al auténtico cuidado de sí, de los otros y de lo otro (ecosistemas). Al final todos, Estados y ciudadanos, deben alcanzar mínimos éticos (mínimos que han sido ignorados mucho tiempo por los gobiernos, al desdeñar la inversión presupuestal necesaria en salud, educación y cultura); mínimos que preparan entornos fecundos para el florecimiento humano; mínimos, en suma, que pueden y deben naturalizarse en la ciudadanía.

 

Con todo, el COVID-19 es una amenaza menor en comparación con otras pandemias próximas y caóticas, tan irresponsablemente desoídas por gobiernos y ciudadanos de todo el mundo. Pandemias que son fruto, en últimas, de un contagio de amoralidad a toda escala. Algunas de estas pandemias son la escasez de agua por la contaminación de los recursos hídricos; la degradación del suelo; la deforestación; la extinción de especies y reducción de la biodiversidad; la sobreabundancia de residuos contaminantes; la contaminación atmosférica (según informes de la OMS y de la OPS, la contaminación atmosférica es el principal riesgo para la salud de las Américas, con cifras de defunción en crecimiento); el rebrote de virus potencialmente mortales (Hantavirus, H1N5, H1N1, Ébola, Virus de Lassa, Virus de Machupo, Fiebre del dengue, entre otros); la carrera bélica, que, por cierto, amenaza con desaparecer poblaciones completas con misiles teledirigidos y bioterrorismo que dependen, por inverosímil que parezca, de algún estado anímico o algún interés subrepticio, típicamente mezquino y pérfido, de los mandatarios de turno y de los poderes económicos superiores; las migraciones masivas; el calentamiento global y, quizá la más inadvertida y más preocupante de todas: la pandemia cognitiva. Esta pandemia consiste, sucintamente, en la multiplicación de trastornos psicológicos de toda índole por el fomento de formas de vida cada vez más inhumanas y el impulso de un capitalismo salvaje que distorsiona la existencia al privilegiar las realidades del capital.

 

En conclusión, el COVID-19 nos obliga a razonar acerca de tres cosas: primera, la fragilidad humana; los filósofos diríamos que es un llamado a la conciencia de la muerte y, precisamente por eso, un llamado para revisar nuestras maneras de vivir (el ser para la muerte heideggeriano); segunda, sobre el derrumbamiento del cientificismo como paradigma de progreso, es decir, el desplome de la ciencia como portadora de todas las respuestas y, por eso, un cierto llamado a la virtud de la humildad (y, ojalá también, un llamado a la trascendencia cristiana); tercera, en la oportunidad para poner las lógicas mercantiles, que tanto han afectado todas las esferas de lo humano, en el lugar que les corresponde, vale decir, dejar de mercantilizar la vida, o sea, dejar de gastar el tiempo en el consumo de basura cultural y en la replicación de estereotipos banales. El COVID-19 nos recuerda, como las tesis de Michael Sandel en su libro sobre los límites del mercado, lo que el dinero no puede comprar. Ciertamente, no puede comprar la vida. Y aquí es donde recuerdo las palabras del papa Francisco, en su homilía del viernes, 27 de marzo de 2020: «Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar».