EL CONSERVATISMO Y LOS BURRÓCRATAS

Por: Santiago Castro

 

El problema no son los funcionarios públicos, el problema radica en premiar con un cargo a quienes han movilizado unos votos, a pesar de la evidente incompetencia para ejercerlo.

 

“Cásese bien”, eso era lo que me decían cuando me desempeñaba como Secretario Técnico del Directorio Nacional Conservador, encargado de la Organización Nuevas Generaciones. No se referían a una buena mujer, se referían a un jefe político con el que uno se debe casar “para que le vaya bien”. Es decir, entregar su vida al servicio ya no del bien común, sino de una facción, cuyo jefe definiría el futuro de su rebaño.

 

Eso siempre me llamó la atención, pues en el programa conservador de 1849, que sigue siendo el programa que defiende de dientes para afuera el partido que asumió ese nombre, es claro que el conservador no sigue hombres. Los invito a leerlo: “El conservador no tiene por guía a ningún hombre; eso es esencial en su programa. Si alguno o muchos de los hombres eminentes del partido se apartan del programa, el partido los abandona, los rechaza” (http://bdigital.unal.edu.co/26/34/programas_conservadores.pdf).

 

¿Cómo entonces hablar de tantos “ismos” a nivel nacional? ¿Cómo recuperar los puntos originales del programa de un partido que era explícito al anunciar “el orden constitucional contra la dictadura”?

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El problema es que hoy existen conservadores vergonzantes. Muchos colegas, por ejemplo, me han aconsejado no expresar mi posición política, pues en la academia nos cierran las puertas. Esto es paradójico porque quienes pretenden excluir de las facultades a quienes abiertamente se dicen conservadores, insisten en ser defensores de la democracia y de la libre expresión. Al parecer la democracia es entre quienes piensan de una manera y expresan libremente un conjunto de ideas acordadas, excluyendo a los demás.

 

Algo similar ocurre con algunos gremios a los que llegan personajes que son expertos en hacer la venia al gobierno de turno. El kit de inducción parece incluir rodilleras, perfume y corbata. Excluyen a todos aquél que exponga con claridad su pensamiento y sostenga tesis tan radicales como cumplir la ley para garantizar la igualdad sin privilegios. Prefieren a Timochenko.

 

Para agravar todo lo anterior, quienes se articulan hoy entre las diferentes facciones de los partidos, lo hacen muchas veces pensando en hacer parte de un conjunto extraño de personas y grupos, que les garantiza su ingreso a la burocracia estatal a cambio de unos votos. A eso se tienen que dedicar si quieren acceder a un cargo público. Estudiar, leer, escribir, pensar, cumplir la ley; eso déjenselo a los “conservadores de libro y cartones”, como alguna vez me dijo un dirigente que me criticó por leer todos los días y seguir estudiando, a pesar de haber terminado ya dos pregrados y una maestría.

 

La burocracia estatal, tan necesaria como es, ha sido cooptada por el “hombre mediocre”, con admirables excepciones. Lo importante es repartir a los amigos el botín del gobierno, hacer favores, “cumplirle a los líderes”. Resolver los problemas estructurales, sentar las bases para una verdadera transformación y ser firmes en las decisiones que son menester, a pesar del costo político, es algo que esquivan con guante blanco, ese que suaviza siempre los peores actos humanos.

Hemos abierto la puerta para que los cargos públicos más importante queden en manos de quienes en su vida solo han sabido agachar la cabeza ante el jefe de turno, incluso visitándolo en la cárcel para jurarle lealtad, a cambio de las migajas de un cargo que ya no será para servir sino para servirse de lo público. No en vano Juan Carlos Martínez, otrora senador con miles de votos en el Valle del Cauca, afirmaba que era mejor tener alcaldes que ser narcotraficante.

 

El problema no es la burocracia, el problema es que aceptamos a los “burrócratas” y nos alejamos cuando el pueblo les hace venia, en vez de denunciar con claridad su incompetencia.