COLOMBIA

EN PIE DE

GUERRA

Por: Jair Peña Gómez

“La guerra es la continuación de la política por otros medios”.
– Carl von Clausewitz –

La pregunta que Colombia debe hacerse no es si va a la guerra con Venezuela, la pregunta es cómo vencer a Venezuela en una guerra que ya empezó.

La idea de que la guerra es una confrontación bélica directa entre dos o más Estados es la más común y difundida entre las personas no especialistas en temas políticos, geoestratégicos o militares, y aunque no es errada, esa es la concepción en un sentido convencional. No obstante, desde la Segunda Guerra Mundial sólo unas cuantas guerras han conservado dichas características; la mayoría de guerras en el mundo desde 1945 han sido asimétricas o no convencionales. En otras palabras, han sido conflictos que se desarrollan sin una declaración formal de guerra entre las partes –en ocasiones es declarada sólo por una de las partes-, con la particularidad de que existe una desmesurada diferencia en la capacidad militar, logística, económica, diplomática, y en síntesis, disuasoria de los bandos.

Una guerra asimétrica no significa un enfrentamiento entre las fuerzas legítimas de los países implicados, sino más bien es un conflicto entre fuerzas legítimas de un país y las fuerzas insurgentes (guerrillas y grupos paramilitares) del otro. Un pertinente ejemplo de ello es Estados Unidos, la gran potencia tecnológica y militar del globo y el país con la mayor inversión en defensa de la historia, que antes de la Guerra Fría ganó todas las guerras en las que participó y que después de su inicio, y aún al término de esta, ha sufrido varias derrotas importantes, precisamente en guerras no convencionales. Algunas de estas derrotas se dieron en el marco de un mundo bipolar: Estados Unidos vs. Unión Soviética, y otras tantas después de la caída de la URSS.

Tómense como ejemplo de guerras asimétricas libradas y perdidas por EE.UU. la Guerra Civil de Laos, la Invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, la Guerra de Vietnam, la Guerra Civil Camboyana y la Guerra Civil Libanesa. Todas ellas guerras de guerrillas.

Es relevante mencionar que aquellas en las que EE.UU. ha logrado salir victorioso como las de Afganistán e Irak, han sido victorias pírricas, que han significado cuantiosas inversiones de recursos y numerosas pérdidas humanas, sin que el país norteamericano haya conseguido sus imperativos geopolíticos, como establecer gobiernos aliados en oriente medio que hagan un contrapeso a Irán en la región, o conformar democracias sólidas que redunden en un efecto dominó para lograr la democratización y liberalización del mundo islámico.

Con estas precisiones respecto a la mutación de la guerra y haciendo un análisis de la actualidad geopolítica colombiana, es irresponsable negar lo evidente: Colombia está en pie de guerra con Venezuela. No es un conflicto que Colombia buscó y tampoco es una guerra convencional. Los Sukhoi no sobrevolarán territorio colombiano y no van a bombardear Apiay, Larandia, CATAM o Palanquero. Los famosos tanques con los que constantemente amenazó Chávez a Colombia no invadirán La Guajira, ni a la Armada Bolivariana asediará Cartagena. En primera medida porque la crisis económica y social del país vecino impide que el régimen de Nicolás Maduro contemple siquiera la idea de atacar Colombia directamente, dado que no cuenta con la capacidad financiera, logística y operacional para mantener un conflicto. En segunda instancia porque, aunque en el papel Venezuela tiene mejor armamento, en la práctica Colombia tiene unas FF. MM. profesionales, que se cuentan entre las más versátiles y efectivas del mundo. En tercera y última medida, porque es innecesario, ya que es más eficiente atacar y desestabilizar el país por medio de las guerrillas de las FARC y ELN, que cuentan con el apoyo y beneplácito del régimen chavista.

Una amenaza clara

“Coca no es cocaína, cocaína es la que consumen en Estados Unidos, el primer consumidor de cocaína (…) Yo mastico coca, todos los días en la mañana y miren como estoy”, una frase no tan célebre del exdictador venezolano Hugo Chávez, a la que hoy alguien podría contestar desprevenidamente: “muerto”, y que –si se lee entrelíneas- denota un desafío a la lucha contra el narcotráfico que han librado EE.UU. y Colombia de forma mancomunada.

La relación de Chávez con el narcotráfico fue estrecha, al menos así lo confirman los testimonios de Alex Cifuentes, colaborador del Chapo Guzmán, que en el juicio adelantado por la justicia estadounidense al capo mexicano declaró que Hugo Chávez era identificado por este último bajo el alias de “Loco”, y que, en efecto, de Venezuela salían aviones cargados con droga rumbo a República Dominicana.

Lo cierto es que Venezuela ya no es un Estado auxiliador del narcotráfico como tal vez lo fue con Chávez, el país caribeño es ahora un narcoestado, basta mencionar el Cartel de los Soles, una organización narcotraficante integrada por oficiales de alto rango de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), encabezada por el presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, Diosdado Cabello, y que opera articuladamente con el Cartel de Sinaloa, Cartel del Atlántico, el Cartel de los Zetas, las FARC, el ELN, entre otros.

Pero eso sólo es la punta del iceberg, probablemente Venezuela sea en la actualidad la capital mundial del crimen transnacional organizado, todo tipo de acciones delictivas convergen y se entreveran allí. Es un país en el que operan bandas dedicadas a la trata de personas, a la venta y tráfico de armas, a la explotación y comercialización de Uranio –por eso el interés de Irán y Rusia más allá del petróleo- y al saqueo general de los recursos del país vecino.

Colombia por su parte representa la lucha radical contra las drogas, ya que ha sufrido de primera mano el flagelo de la violencia por parte de los distintos carteles del país y las guerrillas marxistas-leninistas del ELN y las FARC, que, dicho sea de paso, financian su lucha revolucionaria con dineros del narcotráfico.

En este instante más allá de los 2.219 km de frontera de Colombia con Venezuela se albergan miles de guerrilleros y narcotraficantes, ávidos de atacar al país con el fin de desestabilizarlo y generar crisis de gobernabilidad. Quizá no es de su interés dar un golpe de Estado e instaurar el socialismo, como ingenuamente podría creerse, sino distraer, desarticular y dispersar las energías nacionales en la lucha contra el crimen, el narcotráfico y el terrorismo. Azuzar la polarización, evitar consensos políticos y consensos como nación o “acuerdos sobre lo fundamental” en palabras de Álvaro Gómez. Generar temor y sensación de caos. Una Colombia fuerte representa para la dictadura venezolana, las guerrillas y los grupos narcotraficantes afines una seria dificultad para acometer sus negocios ilícitos.

Tampoco se puede despreciar la capacidad de infiltración que tiene el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) en Colombia, que aprovechando la crisis migratoria, con el apoyo de la Dirección de Inteligencia de Cuba (G2), hace presencia en Bogotá. Al menos así lo deja entrever Ethan Bronner, editor de Bloomberg News en el artículo titulado “Mercenaries, spies, and double agents gather en masse in Bogota” (Mercenarios, espías y agentes dobles se reúnen en masa en Bogotá). Sin duda, Miraflores está disponiendo de todos sus recursos políticos y diplomáticos para desestabilizar Colombia.

Vulnerabilidades

En palabras del experto en ciencias políticas Paulo Gregoire, “el primer imperativo geopolítico de un país es alcanzar el control estatal de todo su territorio”, y esto se debe dar no sólo militarmente, sino también institucionalmente. Desafortunadamente el Estado colombiano cuenta con una institucionalidad débil que no ha logrado hacer presencia a lo largo y ancho del país. No sólo existen terrenos inexplorados, inhabitados, poco poblados, relegados y a la suerte de Dios como Guainía, Vaupés o Chocó, por mencionar tres casos puntuales, sino que hay lugares vedados para la fuerza pública en donde el control lo ejercen grupos armados ilegales, imponiendo “la ley y el orden”; llegando a gozar de legitimidad y reconocimiento por parte de los pobladores.

A esta incapacidad de cumplir el más primario de sus imperativos, se le suman otros tantos desconocidos por la clase dirigente en una muestra más de ignorancia supina. Por ejemplo, Colombia es el único país con dos océanos en América del Sur, pero ha sido incapaz de desarrollar las industrias pesquera y turística, minería submarina, vastas zonas francas, centros de acopio y una flota mercante dignas de un país con vocación de potencia económica regional.

Esto hace a Colombia profundamente dependiente de las carreteras y aeropuertos, que en caso de ser atacados -como se sospecha que pueden serlo-, generarían serios problemas a la movilidad ciudadana, al transporte de mercancías e incluso al despliegue de las FF. MM. Son de esperar esos ataques a la infraestructura crítica del país: puentes, refinerías, hidroeléctricas, represas, torres de comunicación y demás, reitero, no por parte de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) sino por parte de las guerrillas.

Al mismo tiempo el país carece de una diplomacia sólida, que garantice que los intereses nacionales sean defendidos por personas idóneas, con altura, seriedad y firmeza. La diplomacia colombiana no es un talón de Aquiles, sino una pierna con gangrena. Históricamente la Cancillería ha hecho parte del tejemaneje de las administraciones de turno, y antes que servir a la defensa de los intereses del país, ha cumplido la función de pagar favores a propios y extraños u obtener réditos políticos. Esto explica en gran medida la pérdida de Panamá, Islas de los Monjes, mar de San Andrés, Mosquitia, los territorios amazónicos otrora colindantes con Brasil y Perú, etcétera.

La diplomacia colombiana cumple la labor del bombero y se dedica a apagar incendios, muestra de ello es la tardía reacción de Colombia a la crisis migratoria venezolana; no solicitó ayuda a la comunidad internacional para poder acoger a los millones de venezolanos y colombianos que huyen del Socialismo del Siglo XXI, y cuando lo hizo, la crisis superaba cualquier tipo de respuesta. Según información de Migración Colombia para el 30 de junio del presente año, la población venezolana en Colombia era de 1.408.055 habitantes. Una bomba social patente.

A su vez, Colombia cuenta con una frontera extensa, enmarañada y frondosa, que es imposible monitorear; el Disneyland para los grupos al margen de la ley. Allí se transporta la mayor cantidad de cocaína y marihuana en el mundo, drogas que luego serán enviadas desde Venezuela hasta las Antillas, Europa y el norte de África, esto no con la vista gorda de Caracas, sino con todo el respaldo. Después de todo son los mismos. Las guerrillas colombianas funcionan en el país petrolero como grupos paramilitares. Hay evidencia de que el ELN reparte en algunas regiones de Venezuela las bolsas del CLAP (ración de alimentos que entrega el régimen de Maduro a la población) e incluso en algunas de estas raciones aparece el sello del grupo terrorista.

En resumen, la incapacidad institucional del Estado colombiano para garantizar su soberanía con algo más que las armas, la crisis humanitaria venezolana que desborda la capacidad institucional y económica de acoger dignamente los migrantes, y la vastedad de la frontera, son la mayor debilidad del país y “una debilidad excesiva puede invitar a un ataque” (Waltz).

Riesgo

El mayor error del político es la arrogancia. La clase dirigente colombiana nunca tomó en serio las amenazas del país vecino, por considerar que unos pintorescos mandatarios tropicales no podían poner en jaque “la democracia más antigua de América Latina”, y esa arrogancia ha conducido a que Colombia haya entrado en una guerra de la que algunos aún no se enteran. La actitud displicente, confiada y poco diligente de la Casa de Nariño recuerda el profético discurso pronunciado por Churchill ante el Parlamento británico antes de la Segunda Guerra Mundial, “os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”.

Entendido el riesgo como la probabilidad de que la amenaza capitalice las vulnerabilidades, en este caso es del cien por ciento. El riesgo está en su culmen, los grupos insurgentes están en territorio propio. Venezuela no tiene que ingresar a Colombia, cuenta con unas guerrillas en franca lucha contra el Estado colombiano. Caracas podría declarar y hacer una guerra convencional, pero ¿para qué? Ya tienen milicianos dentro. Es la tercerización de la guerra, Venezuela contrató dos empresas transnacionales (ELN y FARC), ¿y Colombia con quién cuenta? Tal vez ni siquiera consigo misma.